I
Vienen los lobos. Se congregan para ver pasar a su víctima. Bestias de caza. No saben masticar solos. Necesitan olerse el sudor y las barrigas. Ahora sí. ¡Que empiece el desfile que tenemos hambre!
II
Las esposas esperan con la sopa caliente, los hijos almidonados y el calzón reventando esos labios tan deseados por él. Ellos merecen halagos. Ellos, los que arrastran su día y su cansancio, los que ladraron su furia entre los semáforos y mordieron a las hembras con su lenguaje. ¡Pero si son halagos! ¿Porqué la muchachita se queda tan seria?
III
Pero el dinero está en casa. El contrato de padre y esposo se renueva cada quincena. Se han ganado el derecho de nalguear a la mujer, golpearla si abandona la jaula, tener a la jovencita de quince al llegar a los cuarenta. Si les va bien, tendrán a la del sexo diminuto y cerrado, a la de los pezones erizos, listos para ser arrancados. Claro. Ellos no abusan, sólo protegen. ¿Quién duda de la buena voluntad de los patriarcas?
IV
Llegan los lobos. Rumiantes, estos reyes se deleitan. Dividen la carne tierna con su colmillo afilado. Las calles son suyas. El mercado de hembras les pertenece. Lobos de caza. ¡Nunca es demasiado tarde para comerse una niña!
Gritan los Pájaros Desde la Jaula
Gritan los pájaros desde la jaula. Se cuelgan nuevos picos para pelear un aleteo de más centímetros. Piensan volar sobre un punto fijo. Como trompos girando sobre los charcos resbaladizos de su biología. Se ven las alas rotas y piensan que es parte de su evolución gloriosa. Porque su vocación de encierro no la quiebran, ni los soles que se cuelgan como hilos ni los días arrugados por la mano de la niebla. Porque afilan cada día más su hambre, para no comer sólo las migajas de su nombre y devorar también la carne de los otros. Que no se diga que los encierros son sólo para los cobardes: tanta voluntad para el engaño, tanta entereza para la monotonía. Mira que entre tanto cielo, haberse construido una jaula diminuta y aún así creerse libres.
No Somos más que Sardinas
No somos más que sardinas. Apretujadas. Salpicándonos los jugos del propio vinagre. Atrapadas en una lata de orillas afiladas. Olvidadas en la boca negra de los aluminios. Sofocadas. Con el ojo abierto, recién muertas. Con el vientre dolido, contra el piso de otro vientre. Esperamos al hambre, no la propia, la ajena. Esperamos la lengua que se beba nuestras sales. Impávidas, bajo los techos húmedos y obscuros de una cueva producida en serie. Seremos devoradas deliciosamente. Nuestra carne tibia y deshuesada como aceitunas flotando en la saliva de un martini. Seremos devoradas, de un solo bocado. Juntas, siempre juntas, de una cueva a otra. Moriremos despedazadas en el fondo de un estómago desconocido.
Chaleco Salvavidas
Chaleco salvavidas debajo de su asiento a mí no hay nada que me salve de este llanto y este vértigo. De esta voluntad de comerme las horas para sacarte esa rabia cocida con hilos negros. Ya ves, mi mala costumbre de abrir corazones con la lengua enredada, con las manos hambrientas. Mi afán de no hablar, de sólo intuir, de pensar que basta un silencio cortando los labios para ser transparentes. Una advertencia bastante anunciada: ese diablo en tu pecho no es apto para turistas. No es un lugar que se deja, que se bebe en la esquina, que se olvide en la playa, en el cuarto de hotel o en las sábanas limpias. Porque uno corre el riesgo de anclarse, de marcharse sin ojos y ser uno más de los que dicen amar encerrados en casas. A mí no hay nada que me salve. Me sé muy bien esta historia de náufragos. No necesito instrucciones ni salvavidas.
Gema Santamaría. (Managua, 1979). Licenciada en Relaciones Internacionales. Actriz. Reside en México. Ha publicado: Piel de Poesía (Poesía, Opción y 400 Elefantes, 2002). Forma parte del consejo editorial de la revista Gaceta Literal en México.