El viejo canto de la vieja sirena

Sentado en casa, frente al televisor, seguí el acto central del FLSN del vigésimo séptimo aniversario del triunfo de la Revolución Sandinista. Vi el espectáculo. Escuché el discurso. Desafortunadamente, me embarga un sentimiento frustrante. Fuera de alusiones a situaciones temporales, se podría decir que, en general, era el mismo discurso del año pasado, el mismo […]

Sentado en casa, frente al televisor, seguí el acto central del FLSN del vigésimo séptimo aniversario del triunfo de la Revolución Sandinista. Vi el espectáculo. Escuché el discurso. Desafortunadamente, me embarga un sentimiento frustrante.

Fuera de alusiones a situaciones temporales, se podría decir que, en general, era el mismo discurso del año pasado, el mismo de hace dos años. Algunas líneas, las mismas de hace dos décadas. Cuesta creer que el dirigente protagonista de hace 27 años, sea hoy el mismo.

Hace 27 años, Nicaragua, América Latina y el mundo eran otros. Era la época de la Guerra Fría, del juego de suma cero de dos superpotencias.

Diez años después del triunfo sandinista, colapsó el sistema soviético, benefactor último y verdadero del régimen del FSLN, no obstante la influencia del barbudo comandante de La Habana.

Vino la “primavera de los pueblos” del Este europeo, con sus revoluciones de terciopelo como en la extinta Checoslovaquia, o con sangrientas revueltas palaciegas, como en Rumania, donde Nicolae Ceasescu y su mujer fueron fusilados por sus subalternos. Vino 1990 y el cambio democrático para Nicaragua.

A Ceasescu le tocó la peor suerte, pero todos los entonces secretarios generales de los partidos comunistas —es decir, los equivalentes de Daniel Ortega— se vieron desplazados del poder y mandados al basurero de la historia.

Hoy, algunos están muertos, como el alemán Erich Honecker y el búlgaro Todor Zhivkov; otros viven en el retiro y en la sombra, bien escribiendo sus memorias, o bien, con su salud quebrantada, ven sus últimos días, como el general polaco Wojciech Jaruzelski.

Pero ninguno de entre ellos está activo políticamente o encabeza a un respectivo partido postcomunista. Éstos existen y hasta han vuelto a gobernar, pero con nueva savia.

Desde luego, Cuba es un caso singular, pero no voy a discutirlo aquí.

Lo más triste no es que Ortega sigue siendo el máximo líder del FSLN. Es sin duda el político más poderoso de Nicaragua —gracias al pacto—, es uno de los más astutos y pragmáticos. Lo más triste es que todavía cuenta con un respaldo de una base numerosa. Su liderazgo demuestra la fortaleza y la vitalidad del sistema caudillista. Evidencia el anquilosamiento de la cultura política de la sociedad . Lo peor es lo que todo eso dice de nosotros. Tres décadas, el mismo líder.

En cuanto al 19 de julio, es lamentable que una fecha de tanta importancia en la historia nacional, siga siendo celebrada con actos partidistas. El derrocamiento de Somoza fue una obra del pueblo nicaragüense y la democracia de hoy no es ninguna generosa concesión del sandinismo.

Frustrante es el carácter eminentemente populista del mensaje del ex presidente y candidato. Fue un recetario de viejas fórmulas reprobadas.

Ofreció condonación. En los años 80, las condonaciones de las deudas de los productores contribuyeron al desastre fiscal y macroeconómico heredado por el sandinismo, dañaron el sentido de responsabilidad de aquéllos. Sus motivaciones eran meramente políticas, sin bases racionales económicas.

Habla de subsidios. Menciona que los países ricos —enumeró a EE.UU., la Unión Europea y Japón— subsidian a sus productores. Es cierto. Ese apoyo distorsiona el comercio mundial justo y es una barrera para el mundo en desarrollo. Pero Ortega no nos dijo de dónde sacará el dinero. Olvida decir que esas sociedades poseen cuantiosos recursos para distribuir, lo que no es nuestro caso.

Olvidó decir también el comandante que cualquier gobierno, ya sea el suyo u otro, tendrá que seguir las reglas del FMI y el Banco Mundial para disponer de fondos y de la ayuda de la comunidad donante.

En otra parte, Ortega dio a entender que cuestionará el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos —que define las reglas del juego extensamente—, que probablemente nos sacará de él y nos meterá al nebuloso ALBA que se inventaron Hugo Chávez y Fidel Castro, con reglas imprecisas y altamente dependiente de los petrodólares y los caprichos de Chávez. Es claro: vamos de nuevo a enfrentarnos a Estados Unidos.

Criticó al “capitalismo salvaje”, término acuñado —es verdad— por Juan Pablo II, el Pontífice que también llamó a la era sandinista, una “ noche oscura” en la misma plaza donde se desarrolló el acto del miércoles. ¿Se refería acaso Ortega a los negocios de la cúpula que le rodea, de banqueros, empresarios y terratenientes?

En cuanto a la parte artística, algunos números fueron de pobre gusto. Tras el mensaje del representante del Arzobispo, una danza de ofrecimiento indígena y hasta una “limpia” maya —eso me pareció, me disculparán si me equivoco—. Banderas de Nicaragua, del FSLN, del FMLN, de Irak y hasta de EE.UU. Amor, paz, reconciliación. Una verdadera fiesta ecléctica. Temo que todo esto es contraproducente, porque diluye el mensaje. ¿Qué quieren decir o al final qué representan?

Y el baile … Respeto al comandante Ortega por sus innegables habilidades políticas, pero el uso de la Bandera Nacional y la danza miskita no le lucieron, definitivamente.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí