- Las calles de Managua se han colmado de niños, adolescentes y adultos pidiendo dinero. Además de sus rostros tristes, ropa raída y piel tostada hay algo que desde hace algún tiempo caracteriza a las personas que piden en la calle: tienen alguna discapacidad o enfermedad
[/doap_box]
Desde hace cuatro años Modesto Román Campos Zúniga mantiene una rutina casi religiosa. Desde temprano abandona un pequeño cuarto que tiene en Altagracia, uno de los populosos barrios de Managua, para dirigirse al sector de la transitada Carretera a Masaya.
Una vez allí, escoge cualquiera de los semáforos ubicados en ese tramo de pista para iniciar su trabajo, siempre y cuando los conductores detengan sus automóviles al aparecer la luz roja.
Este lunes escogió el semáforo que está a pocos metros de la tienda Alke y para suerte de este hombre de mediana estatura, tostado y quemado por el sol, de pelo, bigote y barba montaraz, la fila de vehículos es bastante larga y no hay nadie que le haga competencia.
Se ubica frente a una elegante camioneta, cuyo conductor no parece distraerle su presencia, hasta que dibuja una cara de condolencia y con el dedo índice de su mano derecha señala un moñón de carne, el cual mueve con facilidad, y da pista de que antes tuvo su brazo izquierdo completo.
Como por arte de magia la ventana del automotor baja con suavidad y el hasta hace pocos momentos imperturbable conductor, cuyo bigote y gafas oscuras le daban un insensible aspecto, saca unas cuantas monedas que deja caer en la nada limpia y arrugada mano del necesitado hombre. La luz del semáforo se ha puesto en verde y todos los automóviles deben continuar su marcha.
SIN APROVECHAMIENTOS
Mientras espera con ansiedad nuevamente la aparición de la luz roja, Campos Zúniga cuenta que perdió parte de su brazo unos cuatro meses antes de concluir el año 2000, cuando una ruta de transporte urbano colectivo lo embistió en las inmediaciones del complejo de oficinas y negocios El Zumen, de la capital.
“No me dieron nada de dinero, no estaba asegurado, si me estuvieran dando unos 200 ó 500 pesos mensuales no anduviera pidiendo, estaría en la casa”, dice en voz baja justo cuando se acomoda una gorra color blanco que lleva sobre su alborotada cabellera para protegerse del ardiente sol.
También asegura que no se vale de su condición de discapacitado para causar lástima y obtener dinero fácil. “Trabajo no hay y lo que se consigue en la calle es poco”, dice. Sin embargo, en la actividad que realiza —según sus propias palabras— logra recoger a diario, al final de la tarde, entre 50 y 60 córdobas. Es decir que recolecta un promedio de 1,500 a 1,600 córdobas por mes.
La cifra supera el monto de pensión que puso como ejemplo y por la cual dijo que dejaría de pedir en las calles de Managua.
“Mucho lo regañan a uno en la calle, hay muchos taxistas que te gritan cosas muy feas por un peso, me dicen que vaya a trabajar, pero no hay trabajo o no me quieren dar”, aseguró el hombre que viste una transparente camisa que en algún momento fue blanca, un pantalón color caqui y unas terrosas botas negras.
La luz roja volvió a aparecer en el semáforo y Campos Zúñiga expresa que tiene que volver a “su trabajo”, para llevar un poco de dinero a su casa y así poder mantener a dos pequeñas hijas, de las cuales sólo dijo que estaban estudiando, aunque no especificó qué grado o año cursan ni dónde.
MENDICIDAD EN AUMENTO
Para el sociólogo Cirilo Otero, la mendicidad en Nicaragua ha crecido en los últimos años hasta alcanzar entre un 15 y 18 por ciento del total de la población, según estudios de organismos de la sociedad civil. Sin embargo, informes oficiales, expresa, todavía no existen.
El VIII Censo de Población y IV de Vivienda del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), dado a conocer hace pocas semanas, indica que somos un total de 5,142,098 nicaragüenses.
El porqué de tanta mendicidad, de acuerdo al especialista, tiene su respuesta en las pocas o inexistentes políticas gubernamentales que aseguren una mayor inversión en temas como educación y salud. Esto también se relaciona al alto índice de desempleo que ha imperado en el país con los últimos gobiernos.
Nicaragua, a pesar de haber incrementado su Producto Interno Bruto (PIB) a unos cinco mil 400 millones de dólares, debido a una mayor recaudación de impuestos y al perdón de la deuda externa, dispone apenas de un 8.8 por ciento en inversión social.
“El problema se ha agravado en países como Nicaragua porque no sólo tenemos mendicidad por personas que tengan alguna discapacidad, sino que hay mendicidad en niños, adolescentes, en personas mayores, de la tercera edad y aún quienes están en un período muy activo económicamente hablando”, expresó Otero.
UNIDOS TODO EL DIA
Como una pareja de recién casados José Roberto Cano y William Orozco caminan agarrados de la mano, de Norte a Sur y de Este a Oeste, en las inmediaciones del Hotel Intercontinental Metrocentro. Al igual que Modesto Román Campos Zúniga, el semáforo les garantiza la comida.
José Roberto vino al mundo hace 52 años, pero desde hace 20 sus ojos se apagaron para siempre. El carro en que viajaba fue impactado por un camión y su cabeza soportó el encontronazo. A partir de ese momento ha vivido de la caridad de algunos familiares y amigos como William.
Su moreno rostro es una viva y cruel evidencia de la tragedia. A veces luce cuadrado, deja ver algunas cicatrices, pero lo que más impresiona es que el ojo izquierdo no está y en su lugar se formó una especie de hueco con varios centímetros de profundidad. Aunque está cerrado impacta.
“Uno tiene que hacer el esfuerzo de andar en las calles porque si no no vamos a comer, el Gobierno no da nada. Me he movido a algunas instituciones pero dicen que están pobres, que no hay dinero, ponen trabas y hay que buscar por otro lado”, relata José Roberto, que aunque usa gorra ésta no lo protege de los rayos solares porque la visera —no explicó por qué— siempre la lleva hacia atrás.
Su acompañante tiene 38 años. Luce delgado y ágil para realizar cualquier tipo de labores. Algunos vendedores y vigilantes de la zona dijeron que era mejor que éste consiguiera algún trabajo para que José Roberto ya no saliera a las calles y aguantara más los embates del tiempo, conductores gruñones y delincuentes.
Sobre este punto William Orozco se defiende expresando que al trabajar, por ejemplo de vigilante apenas le pagarían unos 600 córdobas quincenales y ese dinero no sería suficiente para mantener sus gastos, los de su esposa y cinco hijos, más todos los que ocasiona su amigo.
“Recogemos de unos 50 a 60 córdobas diarios, pero los días buenos son cuando nos vamos a la casa —en el barrio Jorge Salazar— con unos 70 córdobas. Es cansado, a veces no salimos, los domingos es palmado, pero el día de pago es un poquito más regular”, asegura con rostro serio.
CAUSAN IMPACTO
Por las calles de Managua y resto de departamentos del país se ven a diario personas enyesadas, ciegas, con podredumbres en su cuerpo, las que muestran sin ningún pudor, pidiendo dinero o algo de comida. Para muchos la muestra de sus males es la mejor forma de conseguir lo que desean.
Para el sociólogo Cirilo Otero la realidad es otra. Asegura que dentro del grupo de mendigos que existe en el país “hay un grupo reducido que ha encontrado un modus vivendi explotando sus males”, pero la mayoría desearía incorporarse a alguna institución que les ayude a vivir mejor.
Sin embargo, está claro que cuando se ve a una persona con discapacidad o enferma en la calle, hay muchas veces “una conexión mental, sicológica”, que predispone al conductor o peatón a sacar algo de dinero de su bolsillo.
“La mendicidad se relaciona con los valores morales, con la autoestima de las personas, cuando hay una subvaloración del papel que tengo como integrante de la sociedad; está relacionada a personas que no tienen educación, salud, trabajo, perspectivas de vivienda, no tienen familia ni orientación gubernamental; entonces la sociedad las rechaza, su unidad familiar también. Esta persona multiplica la posibilidad de mendigar y encuentra allí una salida a sus problemas”, añadió Otero.
Quizás la principal manera de ir disminuyendo el índice de mendicidad en el país es que exista mayor inversión social. Las políticas públicas en salud, educación, vivienda, entre otras, deben ir enfocadas a las personas más necesitadas. Políticas que beneficien a las personas con capacidades diferentes, por ejemplo, que son entre el 10.5 y 12 por ciento de la población.
En los últimos 15 años se redujo el gasto público y eso obligó a una cadena de desatención. Aunque revertir este panorama no será “de la noche a la mañana”, Otero cree que se puede lograr una mejoría en poco tiempo.
“El otro problema es cuando el Gobierno, las alcaldías o las administraciones públicas no tienen una política dirigida a cierto sector, porque hay gente que tiene distintas capacidades y eso es lo que no se está recuperando, identificando. Hay que descubrir las capacidades de esas personas y allí dirigir toda la energía para el beneficio de las economías familiares”, indicó el sociólogo.
¿Venta de males, aprovechamiento o simple casualidad que las personas en estado de mendicidad están enfermas o son discapacitadas? Los entrevistados aseguran que no.