Entre los nuestros, sólo Leoncio Sáenz
sensible al pasado es el que ha persistido en
redescubrir las líneas soterradas de nuestro arte
precolombino. Vuelve, a pie, sobre las huellas de Acahualinca.
Desempolva tiestos, estudia códices y
obsesionado por la geometría escalonada, sube a
los temas de murales como a las pirámides truncadas.
Sus Guacamayas (1965) ilustraron la plaquette
del poeta quiteño Jorge Carrera Andrade.
Después de Benalcázar y del Montalvo de
Darío, éste es el único contacto que los
nicaragüenses hemos tenido con la cultura
incaica con su sol de oro.