Mi casa

Estaba cipote cuando decidí vivir en una isla solitaria; de casa me servía un caracol, un pedazo de palma era mi ropa y cocos con pescado crudo mi alimentación. Dormía en posición fetal al fondo de mi habitación, perdido a veces entre el laberinto espiral. Por el día, subía las olas más grandes y desde […]

Estaba cipote cuando decidí vivir en una isla solitaria; de casa me servía un caracol, un pedazo de palma era mi ropa y cocos con pescado crudo mi alimentación.

Dormía en posición fetal al fondo de mi habitación, perdido a veces entre el laberinto espiral.

Por el día, subía las olas más grandes y desde arriba hacía clavados en el agua como en una gran piscina. Una tortuga gigantesca era mi mascota y sobre el caparazón escribía uno por uno los días allí vividos. Conté mil más mil, más mil, hasta que ya no cupo una marca más sobre su concha, proseguí mi escritura en el techo de mi casa-caracol hasta cubrirlo por dentro y por fuera, convirtiéndolo en cueva tatuada.

Una noche de relámpagos y lluvia torrencial, las corrientes me llevaron al fondo del mar; viví ahí por muchos años entre peces dorados, pulpos color púrpura, medusas rojas, enormes caballos de mar color verde, además de ballenas y delfines con diversas tonalidades; hasta que una tarde, alguien desde un barco atrapó en sus redes a mi mascota. Yo me lancé con mi cueva a cuestas y me adosé fuertemente sobre la concha de mi tortuga, con mis garfios hundidos en su piel de carey. Luego ya no supe más. Ahora estoy aquí, sobre mi hueca isla caparazón de tortuga. Durante el día duermo poco pues tengo muchas pesadillas; por las noches atisbo en las afueras de mi casa-cueva y he podido observar que estoy en esta urna de vidrio, en el centro de un gran cuarto iluminado que sirve como galería de artes plásticas; con un letrero que dice: “Extraño instrumento musical encontrado en el fondo del Mar del Caribe”.

La Prensa Literaria

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