Joven matagalpina vestida de india en fiestas típicas.

Umanka: bella sukia de los matagalpas

Umanka era una india de la etnia matagalpa que vivió en esa región allá por los años 1510, un poco antes de la aparición de “los barbudos” en los dominios de su tribu. Umanka era nieta de Yaguare y Yasika, fundadores de los calpules de Matagalpa, etnia que tenía su propia cultura y lenguaje de […]

Umanka era una india de la etnia matagalpa que vivió en esa región allá por los años 1510, un poco antes de la aparición de “los barbudos” en los dominios de su tribu.

Umanka era nieta de Yaguare y Yasika, fundadores de los calpules de Matagalpa, etnia que tenía su propia cultura y lenguaje de origen macro- chibcha.

Umanka había heredado las cualidades de su abuela Yasika, es decir: don de mando, inteligente, bella y atlética. Añadía a esto que gustaba del comercio e interpretaba bien la música. De su abuelo, el cacique Yaguare, heredó su noble prestancia, su principesco atuendo y joyas que esta bella sukia lucía en ocasiones especiales.

Umanka había organizado a un grupo de jóvenes indios que debían de reunir esas mismas cualidades o adquirirlas con esfuerzo y práctica. Los indios sumos que habitaban detrás de la frontera de la selva, creían que Umanka era una sacerdotisa o bruja, por eso le llamaban en su idioma: sukia.

Por ejemplo, mientras el resto de su tribu se dedicaba a la agricultura, a la caza, pesca, y cocina, otros a la confección de tejidos de algodón y cocimiento de cerámica, ella y su grupo se dedicaban al comercio y para hacerlo mas efectivo practicaban la oratoria, aprendían lenguas de los vecinos como el náhuatl, y entretenían a sus clientes con música de flauta, pitos, quijongos, güirros y tambores mientras Umanka entonaba canciones en su melodioso lenguaje indio Matagalpa, llamado Popoluca por los nahoas.

Umanka tenía correos o mensajeros que le informaban del estado del comercio en regiones distantes, sus jóvenes atletas remaban cayucos río abajo el Ucumulali (río grande) y después caminaban hacia el sur, pasando por los poblados indios de Juigalpa, Livigüisca hasta llegar a la nación de los talamancas (ahora Costa Rica) donde hablaban una lengua similar a la suya. Allí negociaban sus productos y adquirían en pago pequeñas estatuillas de oro que los talamancas habían aprendido a fundir y moldear, una vez de regreso a su región vendían estas preciosas figuras a los visitantes pochtecas que procedían de México. Los pochtecas eran emisarios del emperador azteca que visitaban anualmente estas tierras haciendo comercio y cobrando diplomáticamente el tributo para su emperador. Los pochtecas de habla náhuatl entraban en territorio de los matagalpas por Teotecacinte, pasando por Yalagüina, Condega, Sébaco y de ahí a Muimui, Teustepe, Juigalpa y Lovigüisca. El poblado indio de Matagalpa, sin embargo, estaba en terreno más escarpado y rocoso, escapaba así de la ruta de los pochtecas, por eso Umanka enviaba sus emisarios y a veces ella personalmente los acompañaba a las plazas de comercio, especialmente el poblado de Sébaco y Condega, de la misma etnia matagalpa.

Estas estatuillas de oro eran buscadas afanosamente por los comerciantes aztecas, que indios e indias nobles usaban en sus collares, gorros y brazaletes. Las estatuillas tenían igual mercado entre los comerciantes aztecas así como las grandes pepitas de oro (llamadas por los españoles tamarindos de oro por su gran tamaño) que los indios matagalpas de Sébaco obtenían de una misteriosa cueva en la vecindad del cerro Oyanka, en la sierra de Totumbla (ahora Sierra Estrada).

Otros artículos que Umanka y su grupo comerciaba eran pendientes y collares de verdes esmeraldas provenientes del cercano valle de Cumaica, así como instrumentos de música que ellos fabricaban.

Cuando Umanka y sus cachorros llegaban a Sébaco, participaban en las competencias deportivas y musicales que anualmente ahí se desarrollaban en culto a la diosa de la Mujer Serpiente o Cihua-Cuatl, éstas se realizaban en honor a los visitantes del emperador azteca.

Cuando los españoles llegaron por esta región, allá por 1556 afectaron el tipo de vida de esos comerciantes, empezaron a imponer sus costumbres y religión; sin embargo, se sospecha que la lengua y costumbres de los matagalpas perduró hasta el año 1875.

Leyendas como esta de Oyanka, Yasika, Oyanka y Umanka se escuchan hasta esta fecha entre los ancianos de las comunidades indígenas de Matagalpa, Yucul, Sébaco y Muimui.

Los restos de Umnaka, así como de Yaguare y Yasoka yacen en la montaña de Apante, por eso se dice que ese cerro es la “Montaña que Canta”. Su tradición musical se ha preservado hasta la fecha, ahora con influencia centroeuropea se manifiesta en el “son matagalpino”, así como su interpretación moderna como sobaqueados y jamaquellos de esta región norteña.

La Prensa Literaria

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