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VÍCTIMA DE UNA INSEGURIDAD CONTAGIOSA
En el funeral de Brasil, no sigamos pidiéndole inspiraciones a su ataúd, como diría ese extraordinario escritor francés Alfonso Lamartime. Tampoco lloremos.
¿Qué Brasil veremos? Ese fue el título de una nota que publiqué en el cierre de mayo, y en la cual, mostré la serie de temores que rodeaban al técnico brasileño Carlos Alberto Parreira, y que de alguna manera, carcomían el exuberante favoritismo de Brasil, a pocos días de abrirse las puertas del Mundial.
¿Cuáles eran esos temores?
1) Ronaldinho había advertido que se sentía cansado después de someterse a un ajetreo de tan intenso desgaste como el Campeonato Español y la Liga de Campeones, y que sus músculos no estaban respondiendo con la prontitud deseada.
2) Las discusiones sobre la incidencia y trascendencia de un Ronaldo con su dinámica deteriorada, consecuencia de enfrentar un período de recuperación y un excedente de peso, se multiplicaban.
3) Las sospechas que aguijoneaban a Robinho, el impetuoso joven que salió de Brasil con los colores del arco iris, pero no logró el impacto deseado en el Real Madrid. ¿Estaba o no listo para responder a exigencias mayores?
4) La utilidad de Adriano, quien después de haber sido un implacable artillero en la fase clasificatoria, y baluarte del Internacional de Milán, perdió ritmo sorprendentemente, y su dimensión decreció agrietando los cálculos sobre su proyección.
5) ¿Qué podían ofrecer Roberto Carlos y Cafú, el primero deslizándose sigilosamente hacia el declive y no tan efectivo, y el otro jugando su cuarta Copa a los 35 años?
6) Si queríamos algo más, el técnico, Carlos Alberto Parreira, dijo: “No estaremos en un nivel ideal cuando se inicie la Copa. Es imposible comenzar en perfectas condiciones. Esta selección no ha jugado en ocho meses. No podemos hacer milagros. Nuestro propósito es ir mejorando a medida que avance el torneo para alcanzar nuestro máximo nivel. Pienso que después de la primera ronda, no podemos perder”.
7) El remate de Pelé: “Brasil es el favorito de todos, pero las Copas del Mundo han sido tumbas de favoritos”. El recuerdo más reciente de eso era la eliminación de Francia en el 2002 con el General Zidane y el genial Henry al frente.
Pese a todos estos señalamientos, nadie se atrevía a apostar contra los brasileños. Su favoritismo se mantuvo en pie contra terremotos y tempestades. Hasta que se demostrara lo contrario, como ocurrió en 1982 con un Brasil impresionante, después en 1990 y finalmente en 1998. Tres Copas amargas.
Así que, no lloren por Brasil, fue víctima de una inseguridad que se convirtió en contagiosa, y la prueba irrefutable de eso fue lo que vimos mientras moría ante Francia, precisamente cuando esperábamos, que como lo hizo Italia en 1982, comenzará a impactar en cuartos de final, que Ronaldinho, como Paolo Rossi, capturara “el botín de oro” de la Copa con un cierre espectacular.
Lamentablemente, Ronaldinho fue una pálida sombra de lo que ha sido en el Barcelona, y su comportamiento no estuvo en correspondencia con el reconocimiento que tiene como el mejor jugador del planeta y sus alrededores. No, no era ese el jugador inspirador y desequilibrante que siempre vimos.
El tan promocionado “cuadrado mágico”, nunca funcionó. Kaká arrancó bien y hasta llegó a hacernos creer que podría estar en capacidad de impactar, pero se fue diluyendo, hasta terminar entre escombros.
Cómo alarmó ver a Ronaldo tan inutilizado como lo estuvo en el primer juego contra Croacia. Le costaba moverse porque su flexibilidad había desaparecido. Mejoró progresivamente, pero no lo suficiente para conseguir la incidencia deseada.
La preocupación por el accionar de Adriano fue más allá de lo que se temía, y en Milán deben estar haciendo cálculos nada favorables para su futuro inmediato. Hasta se mostró exageradamente individualista, como en aquella maniobra en que no entregó una pelota 99 por ciento gol a Ronaldo, prefiriendo tratar de resolver un mano a mano con el arquero, sin poder hacerlo.
Roberto Carlos y Cafu, como es obvio, sienten el paso del tiempo y las embestidas del tiempo. Más allá del esfuerzo que realizaron, su última Copa no merece ser recordada.
Entre los rescatables, hay que mencionar a Robinho, quien aún sin magia, cada vez que ingresó, dinamizó la ofensiva brasileña imprimiéndole algunas atractivas variantes; Zé Roberto, un obrero incansable que utilizó un tercer pulmón para poder patrullar grandes extensiones recuperando y volcándose; y Dida, el arquero de llamativos reflejos y mucha seguridad, que tuvo pocos “pecados”, entre ellos, el no salir a buscar esa pelota de larga trayectoria que Zidane envió hacia Henry.
Un mediocampo de funcionamiento poco consistente y una defensa que se replegaba cediendo espacios peligrosamente, impidieron que Brasil transmitiera esa confianza que el mundo exige.
“Vamos a comenzar lentamente y hasta podemos perder, pero mejoraremos y cerraremos fuerte”, advirtió Parreira, pero lo que ocurrió es que Brasil arrancó lento y terminó así, con progresión limitada y pocas ideas, distante de lo que se esperaba.
Nada que ver con aquel equipo que goleó 4-1 a Argentina en la final de la Copa Confederaciones. Vimos un Brasil siempre pálido, pidiendo a gritos infructuosamente, una transfusión de sangre.