La autoridad no debe confundirse con el autoritarismo que reprime la iniciativa, impide el desarrollo y convierte al niño en conformista que acata los criterios de los demás
Los adultos no podemos comprender al niño si no somos capaces de colocarnos desde su punto de vista interior para ver las cosas como él nos ve, sólo con un grado elevado de empatía le comprendemos y aceptamos incondicionalmente.
El niño dispone de naturaleza sociable, está concebido para la convivencia, es capaz de asumir su responsabilidad como miembro de la sociedad y capaz de aportar a ésta su originalidad, que no debe confundirse con egoísmos caprichosos. Partiendo de esta base, y sabiendo que cuando nace el niño desconoce las normas y pautas de comportamiento de su grupo social, los padres, las madres y los educadores debemos ser facilitadores de experiencias y relaciones que estimulen su progresiva madurez social.
Si educamos al niño para la vida en sociedad, debemos reflexionar sobre el tipo de sociedad en la que va a desenvolverse, sus normas, pautas y valores, además de las pequeñas sutilezas implícitas en las relaciones positivas.
Determinando esta sociedad, sabremos el tipo de hombre o mujer que debemos promover y potenciar, pero siempre respetando su individualidad. No podemos imponer a los niños las pautas de comportamiento de los adultos, pretendiendo que actúen como “hombres y mujeres con tamaño reducido”.
PROMUEVA VALORES
La autoridad y la firmeza son necesarias para promover valores y capacidades. Es la actitud que facilita la interiorización de normas de conducta. La autoridad bien ejercida tiene el objetivo de alcanzar la progresiva madurez y responsabilidad de los niños y niñas. La autoridad no debe confundirse con el autoritarismo que reprime la iniciativa, impide el desarrollo de los recursos internos y convierte al niño en conformista que acata los criterios de los demás o en continuo rebelde.
LA DISCIPLINA
En el hogar hay que mantener la disciplina. Aunque este valor está desprestigiado, es imprescindible para establecer y conservar el orden, adaptando la conducta de los niños a las normas y restricciones que impone la convivencia en sociedad.
Los padres, las madres podemos y debemos fomentar la autoestima elevada en nuestros niños y niñas. Con intuición y habilidad de empatizar comprenderemos sinceramente desde su mundo interior los sentimientos y las emociones, cuidando de no lesionar la opinión que sobre sí mismo comienzan a forjar.
Esta pequeña muestra de actitudes puede resumirse en el deseo de crear un clima afectivo y de seguridad para los niños y niñas. Esto sólo puede conseguirse cuando sentimos valoración y sincero aprecio por los niños, simplemente porque existen, porque cada uno es un ser especial al que queremos, con independencia de que aprobemos o no lo que hace.
Si conseguimos que cada niño se sienta apreciado por como es no por como nos gustaría que fuese, si valoramos la cantidad y calidad de tiempo que les dedicamos en exclusiva con atención concentrada y abierta a sus cualidades individuales. Sobre todo cuando el niño siente que le decimos “me interesas y te quiero”.