Doña Chepita muestra el libro Mujeres notables de Las Segovias ()

La salerosa Chepita Calderón, de noventa y sigue tan galana

Allá camino de Estelí o de “Los Colgados”, que así le dicen, está el caserío de Pire, donde nació la catequista más alegre y bailadora de toda esa campiña. Y, como dice la gente, “genio y figura hasta la sepultura”, a los 91 años no se le quita lo bailado y la Chepita Calderón sigue […]

  • Allá camino de Estelí o de “Los Colgados”, que así le dicen, está el caserío de Pire, donde nació la catequista más alegre y bailadora de toda esa campiña. Y, como dice la gente, “genio y figura hasta la sepultura”, a los 91 años no se le quita lo bailado y la Chepita Calderón sigue tan “moza y fermosa” como “la vaquera de la Finojosa”
[doap_box title=»Cosas de la alfabetización» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]


“Yo soy la 'sirve más' de Condega. Y fíjese que participé aquí en la Cruzada de Alfabetización. Yo lo que quería era aprender y no enseñar. Como no teníamos casa, me mandaron donde un señor que vive con una sobrina mía, se llama Daniel Pacheco, ese nos estuvo dando clases varios meses”.

[/doap_box]

Josefa del Carmen Calderón Benavides no fue vaquera sino alfarera, pero bien podría haber inspirado otra “Serranilla” al Marqués de Santillana si éste la hubiese visto andar tan donosa entre humildes chozas, preparando el barro para hacer tinajas, ladrillos y loza.

Alegre como unas castañuelas, la maestra Chepita recuerda que el Pire de su juventud era un lugar de “pocos bailes”, a tal punto que ella y sus amigas tenían que caminar los diez kilómetros que lo separan de Condega para satisfacer las ganas de bailar.

“Al lugar donde nací le llamaban el Valle del Níspero, más para acá estaba el Valle de Santa Teresa y viniendo para acá, a mano derecha, la Laguna de los Hernández. En Pire casi todos éramos de una misma familia que pasaban de puros alfareros, unos pocos se dedicaban a la agricultura”.

Mujer notable de Condega

“Muy poco hacíamos ladrillos. Pero eso sí, mi mamá hacía trastos de cocina, lo que le encargaban, lo que le decían. Llegaban clientes: ‘Yo quiero que me haga cien platos porque quiero llevarlos a los cortes de café y darle comida a los cortadores en trastecitos de barro’. Y ahí estaba, pues, mi mamá, hacía lindos trastes. Mientras mi papá sólo a su agricultura, tenía ganado, bestias no tenía, hasta después compró. Como estamos para relaciones le diré que a mí me reconoció hasta los tres años y medio, era como abandonadito”.

¿Prácticamente, se crió con su mamá?

Sí, aquí está la lectura completa de todo lo que hicimos cuando me entrevistaron esas mujeres para hacer este libro sobre mi vida. (Con orgullo nos muestra un elegante libro a colores donde ella figura como elemento central de la proyección social de las mujeres de Condega).

Mi mamá se llamaba Escolástica Calderón Benavides y mi papá Justo Pastor Calderón Matute. Sólo tuve una hermana que era mayor que mí, me llevaba cinco años. Ese fue todo el “remolión” de mi mamá. Cosa rara, mi mamá sabía leer, pero no escribir, no ponía ni su nombre, pero leía muy bien. Ellos dos me querían mucho, pero no se les ocurría darme una cartilla para que yo aprendiera, ni siquiera ponerme en la escuela.

“Yo fui buena al machete”

“Un día llegó una tía que les pidió que me dieran para ella educarme. ‘Dame a la Chepita’, le decía a mi papá, ‘démela para ponerla en la escuela de Pueblo Nuevo’. Yo quería ir con mi tía, pero por mucho que lloré eternamente no me mandaron”.

¿No quisieron?

No quisieron, éramos mimadas. “Si se va ésta, la otra va a quedar muy triste”, dijeron. Tuve que seguir haciendo el barrito, las ollitas, los comalitos, las tinajitas y, bueno, lo que nos encargaban. También le ayudaba a mi papá con el trabajo del campo, aprendimos las dos hermanas a apersogar los bueyes, abrevarlos, uncirlos al arado hermoso que teníamos. En la mañanita íbamos a limpiar el campo, a sembrar el maíz, a levantarlo, a destusarlo y desgranarlo. Yo era buena al machete, ahora no parto pero ni una vara.

El Silabario Catón

¿Logró estudiar más?

Un día los tíos que tenía en Pueblo Nuevo vinieron cuando se casó mi mamá.

¿Se casó otra vez su mamá?

Sí, se casó con mi papá. Fue cuando éste me reconoció a mí de tres años y medio, ahí no más la trajo para Santa Lucía. Yo miraba que los muchachos iban a la escuela y le pedía: “Mándeme a mí también”. Pero él decía: “No, las mujeres no pueden andar revueltas con los chavalos”. Pero lo más duro para mí era mirar a los muchachos escribiendo y yo sólo podía leer el Canon Cristiano.

Una vida muy católica…

Ah, sí. Soy católica, tengo la fe hasta que muera, que nadie me va a engañar con otras cosas.

Un día le compran un silabario a mi hermana y a mí nada. A ella la sentaban aquí y yo me iba por detrás a ver lo que le enseñaban y lo aprendía primero.

A mi hermana no le gustaba aprender, lloraba eternamente. “Ay no mamita —decía—, es que yo gano más con hacer trastecitos y vender y tener riales”. Era amante a los riales. Bueno se quedó haciendo platos. Yo seguí aprendiendo de mi cuenta, no le voy a decir que fui tan estudiada, pero me volví autodidacta.

Entre rezos, cantos y bailes

“No se me olvida la alegría que me dio cuando mi tío me trajo un vasito con tinta, tintero le decían, con un empatador, un cuaderno y la pluma falcón. Era mi querido tío Eliseo Ramírez Morales, músico y filarmónico. ‘Esta niña no se va a quedar así no más sin aprender’, decía él. La esposa de él me daba costura y cursos de panadería”.

¿Cómo fue su juventud?

Mi mamá era amistosa con toda la gente. Cuando le decían: “Mire voy a hacer un rezo, un baile o un velorio”. Ella nos decía: “Vamos, todos alístense que tenemos que cumplir”. Usted viera, era llegando y después que rezábamos, cantábamos y nos poníamos a bailar. Aprendí todos los bailes. He tenido esa voluntad en toda mi vida. Un día la Emma me buscó: “Mire —me dice—, que las muchachas quieren aprender tal cosa”. Bueno allá voy. Llegaban varias muchachas, unas de El Brasilito, otras de aquí de San Diego. Viera qué bonito que aprendieron.

“Aquel bolo me gustó”

¿Por qué se vino a Condega?

Me trasladé cuando tenía como 60 años, ya tenía mi marido. Allá se quedó la casa casi botada y compramos aquí este solarcito y ahí luchando, luchando, hicimos la casita.

Tuvo problemas con sus padres cuando decidió casarse?

Ya no los tenía, ya habían muerto y era voluntad mía. Al principio yo decía, no me voy a meter con este hombre porque es muy bolo. Pero me gustaba y ahí le tengo un hijo. Un día se me ocurrió que me iba a Estelí con mi hijo a trabajar. Pero no pude porque también vivía mi suegra conmigo, 25 años vivió conmigo. Tanto que me cuidó esta señora cuando mi mamá murió y yo le voy a pagar dejándola ahí votada, no, mejor no me voy.

Pero al mismo tiempo ya estaban en Condega los capuchinos, el padre Andrés y todo eso. Y me fue entrando que yo me iba a casar por la Iglesia porque Dios eso me ordenaba. Eso de casarse es como la suerte, él tomaba bastante pero era un hombre bueno.

¿Ya murió?

Sí, hace unos 35 años.

¿Se compuso de los tragos al fin?

No, murió siendo bolo, lo mató un hombre por treinta pesos que nos debía. Como nosotros comprábamos chanchos para vender, teníamos clientes en Managua y en León. Pero ese hombre lo mató cuando él le llegó a cobrar los treinta pesos que nos debía.

Una zancadilla del diablo

¿Qué edad tiene en la actualidad?

91 años, estoy comenzando. Pues mire, yo me sentía muy bien, buena, buena. Pero como así es la suerte de uno que cuando menos se acuerda la cae el maliento. Un día vengo de misa a las ocho de la noche, porque teníamos reunión, aquí estaban los muchachitos que he recogido con la china que los cuida. Se me ocurre que tengo que cerrar la puerta, y cuando estaba en eso, me empujan la puerta desde atrás y me caigo con todo y barandilla.

¿No se fracturó nada?

Bueno, sí, me moradié, porque este huesito de la mano no se ha bajado muy bien, fue una zafadura. Pues yo digo que era Satanás el que la empujó, ese sopapo sí fue señor sopapo. Fíjese como mirarían que hasta los “celequitos” míos estaban lloraban al verme tendida en el suelo.

Bueno… ¿Y qué es lo que ha hecho para ser una mujer notable de Condega?

Pues, no me explico casi muy bien, porque mi carácter así es por una vida. Todas mis amistades, gracias a Dios, las conservo. Nunca he tenido un enemigo y eso me extraña.

Ha trabajado con la comunidad.

Sí, en la parroquia desde que vino Julio César Videa, que venía jovencito todavía, pues pude echarle la mano hasta que levantó la nueva iglesia. Se hacían miles de actividades para eso, gracias a Dios que al final se levantó.

En este libro aparece usted como una de las mujeres notable de Condega. ¿Quién lo hizo?

Fueron los miembros de una ONG que vinieron a preguntar por todas las mujeres de Las Segovias. Entrevistaron a treinta mujeres que dieron su opinión sobre muchas cosas. Pero casi todas tenemos la misma vida. Todas han sido pobres. Pero al mismo tiempo sostenemos que ser pobre no es una desgracia cuando hay tantas cosas que hacer. No es correcto que uno pase la vida tranquila, cuando hay tanto en qué ayudar. Que nadie me diga, vos pudiste hacerlo, vos pudiste ayudar y no lo hiciste.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí