“El amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros”.
(Benedicto XVI)
Sentirse amado, saberse amado a profundidad y sinceramente, dilata el corazón humano y, normalmente, hace amar a quien nos ama. Detrás de los grandes cambios en la vida de los hombres está un gran amor: de una madre, de una novia o esposa, de unos hijos, o el afecto de un buen amigo.
Cuando se llega a comprender la grandeza, anchura y profundidad del amor de Dios, de ese Dios que nos ama por gusto, se le llega a amar. ¿Quién es Dios? ¿Quién soy yo? son algunas de las preguntas que, ya explícita, ya implícitamente, nos formulamos al experimentar el amor de Dios. Y aunque ciertamente la grandeza de Dios nos abruma y nos volvemos más conscientes de nuestra pequeñez, de nuestra propia contingencia, nos sentimos elevados y agradecidos al darnos cuenta que en la vida misma del Señor significamos mucho más de los que podemos imaginarnos.
El Papa San León Magno exhortaba a los cristianos de su tiempo a no perder la conciencia de su propia dignidad. Y un pobre borrachito murió feliz en los brazos de Madre Teresa de Calcuta momentos antes de escuchar de labios de la Santa religiosa estas breves pero bellas palabras, profundas en contenido: “¡Dios te ama!”. El hombre le respondió: “Madre, he vivido toda mi vida como un desgraciado, pero muero como el hombre más feliz de la tierra”. Al saberse amado por Dios, este pobre hombre recuperó ante sus propios ojos su dignidad humana y expiró con una sonrisa de gozo.
Una vez me puse a reír con una muchacha muy pobre y ella se sintió feliz por eso… ¿No habré sido para ella una extensión de Jesucristo?