- El karaoke comienza a funcionar pero nadie se atreve a cantar. Ella salió altiva y sin aspavientos se plantó frente al aparato de televisión. A ese gesto arrogante daba más valor su atuendo: sombrero de cuero negro de “gavilana de TV” (una mezcla de tex-mex, cow boy, Cocodrilo Dundee y alón nicanorteño), chalequito de azulón y botines vaqueros de fino tacón alto. Firme y segura entonó: “Si nuestro amor se acaba, si nuestro amor termina, ya no me queda nada para vivir la vida…”
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Este invento del karaoke tiene más bemoles que aciertos, si por un lado no hay que pagar mariachis ni orquestas que acompañen a los bisoños cantantes, también es innegable que ante esa televisión musical cualquiera se cree “Juanga”. He visto a verdaderas “cañas rajadas” pelear por el micrófono porque, según ellos, son el Luis Miguel o la Rocío Dúrcal de Nicaragua.
Hasta hace poco tiempo los karaokeros, entre espumas de cerveza y volutas de cigarrillos, destrozaban los tímpanos del mejor caimán en los centros de diversión nocturna, pero el progreso tecnológico metió el karaoke al hogar para mayor alegría de quienes venden drogas contra la jaqueca, el dolor de oídos y los nervios convertidos en mechas de lampazo.
Lo dicho cae como anotación al margen de la libreta en el caso de Carol Rafael Munguía Altamirano, que con o sin karaoke posee excelentes dotes vocales para la canción popular. Si por el ala del sombrero se conoce al garrobero, la Carol es mujer de “ñeque”, de decisiones firmes, altiva en defensa de su género y valiente e indoblegable con sus principios y creencias.
Esta pequeña mujer, de rostro redondo, ojos grandes de azabache, cabellos de fibra de acero azul y boca pequeña parca en sonrisas, me mira directo a los ojos. Habla con firmeza, sin inhibiciones. “Tengo 46 años cumplidos, nací en el barrio Santa Ana, de Chinandega y todavía mantengo el gozo de vivir ahí”.
“Mis padres, que en paz descansen, fueron Juan Munguía Tercero, un orfebre, y Dominga Altamirano Cáceres, una agricultora que cultivó granos básicos y algodón en la época dorada de la industria algodonera. Tengo una hermana, Magda, quien vive en Estados Unidos, dos hermanos, Fulber, licenciado en administración de empresas, y Marlon, que siguió el oficio de mi papá”.
LAS PLAYAS DE JIQUILILLO
“Mi infancia fue feliz por cuanto mi padres siempre mantuvieron la unidad familiar. Generalmente cada quince días estábamos viajando a Jiquilillo o yendo a la finca, pero no sólo era pasear, también nos enseñaron cómo se cultiva el algodón, cómo se gana y se ahorra el dinero y, con el ejemplo, la forma de vivir de una manera honrada.
¿Qué impresiones causaban en tu ánimo los viajes a Jiquilillo?
Mi padre y mi madre habían comprado un solar a la orilla del mar. La alegría consistía en ir a sembrar arbolitos frutales, echarles agua, cuidarlos, podarlos a su tiempo, abonarlos y tener la esperanza de verlos crecer y producir. Siempre llegábamos alegres a corretear por la playa y bañarnos, pero también a barrer porque las hojas caían y se aglomeraban, podábamos, eliminábamos malezas y basuras. Mientras eso hacíamos, mi madre se esmeraba preparando deliciosos platillos a base de pescados y mariscos.
Yo aprovechaba esos viajes para ponerme los vestidos de baño más exóticos, era muy coqueta, presumía de tener buen cuerpo. Claro que aquella fiebre exhibicionista crecía cuando llegaba más gente, en la temporada de Semana Santa.
Jiquilillo era una de las mejores playas de Occidente, era visitada por la gente más conspicua de Chinandega y León. Tenía casas sencillas y elegantes, ranchos típicos muy grandes donde se celebraban fiestas que eran amenizadas por renombrados conjuntos musicales de León, Chinandega y Managua. En Jiquilillo se conjugaba el azul inmenso del mar con fulgurantes atardeceres, las noches de Luna Llena con las brisas del palmar, la unidad familiar y la camaradería social con los visitantes.
PERO TERMINÓ AQUEL FULGOR
Estás hablando en tiempo pasado. ¿Era o es así Jiquilillo?
Era. Jiquilillo desapareció con el avance del mar, el mar se fue comiendo las casas más lindas. Luego vino el maremoto del 1 de diciembre de 1991 que terminó con la infraestructura que pretendían transformar aquello en una bella zona turística.
De Jiquilillo sólo quedan algunos vestigios. Ahí no se puede construir porque es muy peligroso, la gente llega en buses, ocupa las playas pero sólo para pasar el día. Ya no es un balneario de primera, la gente en Semana Santa acude a Jiquilillo pero también a las siete u ocho playas que tiene Chinandega en el Pacífico, entre ellas Corinto, Santa María y el río Campusano.
¿Qué tipo de gente llegaba? ¿Se relacionaban con los visitantes?
Nuestra casa era muy visitada por personas que venían de Managua y de León. Les encantaba disfrutar de Jiquilillo porque eran playas vírgenes. Y ¡qué contraste! En la actualidad los pescadores usan esas playas para limpiar el pescado, pero dejan los residuos en la playa, esto produce un olor desagradable que ha alejado a la gente. Eso ocurre especialmente en La Bocana donde hay un rancho grande.
¿Recordás algunos nombres de las familias que llegaban?
Llegaban las familias Altamirano, Martínez, los Cuculiza Mántica, los Roa. Cuando llegaban no había ningún intercambio de relaciones, cada quien salía en grupos a bañarse o a recorrer la playa, pero ya en la noche, durante las fiestas, el baile y la alegría hacían germinar nuevas amistades… Había diversión sana, competencias de baile, competencias en trajes de baño. Recuerdo que las fiestas eran en el viejo restaurante Los Zorros, propiedad de un señor de apellido Plazaola…
¿Pero Los Zorros está algo distante de Jiquilillo?
Sí, pero imagínese, salíamos en grupos, bajo la noche de luna y nada importaba la distancia. La diversión era llegar a la fiesta y regresar a pie. Volvíamos totalmente agotados, pero felices.
UN PERIODISMO HUMANISTA
¿Qué tipo de estudios hiciste?
Comencé a estudiar a los cinco años, siempre me destaqué por mis buenas notas que eran el orgullo de mi padre. Él se sentía muy feliz de mostrar mis notas, mis medallas, las cintas que me colgaban al final de cada año. Estudié mi primaria en la Escuela Luis Alberto Cabrales, en Chinandega, y me gradué de bachiller en ciencias, letras y Contaduría Comercial en el Colegio Mercantil de Occidente. Esa fue mi primera carrera profesional, con ella pude pagar otra, la de Periodismo.
Estudié periodismo contrariando los deseos de mi mamá, ella quería de mí una gerente de banco. Me pagó la inscripción en Administración de Empresas en la Universidad, pero yo la engañé, y me inscribí en Periodismo. Esa mentira ella la descubrió dos años después.
¿Qué idea tenías del periodismo?
Yo recuerdo que cuando ocurrió el terremoto de 1972 miré la gran cantidad de tareas útiles que cumplieron los periodistas. Miraba en la TV la tarea heroica, agitada, de los periodistas y yo quería ser, si no enfermera, al menos relatar la tragedia y las dificultades que se estaban padeciendo. Pensaba que el periodismo es más servicio que profesión porque ayuda a la gente a resolver sus problemas o al menos a sentirse oída.
Me impresionó la muerte del doctor Pedro Joaquín Chamorro, ver como el pueblo se lanzó a las calles a manifestar su protesta y en medio de aquella situación estaban los periodistas narrando aquella decepción, aquella furia popular.
¿Se te ocurrió pensar que era una carrera llena de riesgos?
No la miraba así. Es hasta en estos últimos tiempos que he visto la peligrosidad que tiene. El pegón ocurre cuando hay intereses creados que intentan manipularte. Para el caso, la muerte de María José Bravo fue inesperada. Era una joven periodista que buscaba ser contratada por el Diario LA PRENSA, quería abrirse paso en el periodismo a través del profesionalismo y la ética. Me impactó la forma cruel como le arrebataron la vida, porque todo mundo piensa que puede morir en un accidente, de un infarto a consecuencia del calor. Pero cuando llega alguien y así a quemarropa te asesina, eso sí me parece trágico, inusual. Eso me hace ver el estado de vulnerabilidad en que están los periodistas, que en su gran mayoría carecen de todo. Estamos atravesando momentos de sumo peligro ante una corrupción que aumenta cada día.