Patricia del Carmen Márquez Gutiérrez, originaria de Managua, está en México y su sueño es construir su casa. (la prensa/j. garcía davish)

Mujeres desafían el peligro de emigrar

Buena parte de ellas logra cumplir con creces sus propósitos de un mejor porvenir [doap_box title=»Las migrantes» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Cada vez más mujeres viajan por su cuenta en busca de mejores mercados laborales. La incorporación de las mujeres al trabajo remunerado es uno de los factores que ha propiciado que el creciente fenómeno de la […]

  • Buena parte de ellas logra cumplir con creces sus propósitos de un mejor porvenir
[doap_box title=»Las migrantes» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Cada vez más mujeres viajan por su cuenta en busca de mejores mercados laborales.

La incorporación de las mujeres al trabajo remunerado es uno de los factores que ha propiciado que el creciente fenómeno de la migración internacional tienda a la feminización, según un reciente estudio de la Población de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Existe un significativo número de mujeres que cruza las fronteras a causa de conflictos armados, condiciones de pobreza, deterioro ambiental o desastres naturales.

En este campo destacan aquellas mujeres solteras, jóvenes y con formación profesional cuya decisión se basa en una preocupación por buscar un mejor porvenir.

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corresponsal/chiapas

Juan de Dios García Davish

Con más fuerza, valor y determinación que los hombres cada vez más las mujeres se lanzan a la peripecia de inmigrar. Ellas enfrentan abusos, humillaciones, maltrato, acoso, violaciones sexuales y muchas veces hasta la muerte, en un desesperado intento por mejorar sus condiciones de vida y evitar que sus hijos pasen hambre.

Una buena parte de las mujeres migrantes logra cumplir con creces sus propósitos de encontrar mejores mercados laborales por ser doblemente vulnerable por su misma condición de mujer y por ser migrantes.

El viaje hacia el “sueño americano” lo realizan entre la oscuridad, en un ambiente de tensión, incertidumbre y sobre todo de abusos tanto de la policía, coyotes y hasta de delincuentes.

DE TODAS LAS EDADES

En el albergue Jesús es Misericordioso, en el municipio de Arriaga, una veintena de mujeres, entre ellas Katy, una niña de tan sólo cinco años, de origen salvadoreño, suben al viejo y corroído ferrocarril que con sus fuertes y poderosas mandíbulas ha mutilado los “sueños” y el cuerpo de centenares de “sin papeles” que al perder el equilibrio o por falta de resistencia se sueltan y son mutilados por “la bestia de hierro”.

Las pequeñas manos de Katy parecen fundirse a las escaleras del viejo tren, sus ojos reflejan el miedo y temor, de la salvadoreña que viaja en la parte trasera del ferrocarril, junto con sus padres, Carlos e Isabel.

La pequeña confiesa que tiene miedo, pero sus padres aseguran que prefieren correr el riesgo a vivir en la pobreza. “Es mucha la pobreza en nuestro país, los gobiernos no hacen nada por sacar adelante el país y prefiero arriesgar la vida junto con mi hija”, señala Carlos.

Junto a ellos viajan ocho mujeres más, tres de Honduras, tres de Guatemala, una salvadoreñas y una nicaragüense.

EL SUEÑO DE UNA NICA

En este mismo grupo viaja la joven nicaragüense Patricia del Carmen Márquez Gutiérrez, de 28 años, originaria de Managua. Ella tiene una férrea voluntad de cumplir un sueño, construir una casa para su pequeña hija de 9 años, Paola del Socorro.

“Voy a Virginia, allá tengo una amiga, ella tiene un negocio, le va bien, con ella voy a trabajar, ahorrar dinero para poder comprarle una casa a mi hija”, dice.

La nica cuenta que ya estuvo en Costa Rica, trabajó mucho, pero nada cambió en su vida. “Allá en Managua, como jefa de costura, yo ganaba tres mil córdobas, por doce horas de trabajo, en una maquiladora. Ahora quiero probar en Virginia”, señala.

Márquez expresa que toda su familia sabe de viaje. “Pero el día que salí no quise despertar a mi hija, no la quise preocupar estaba dormida”.

Otras mujeres, que se encuentran a un costado de Patricia del Carmen, lloran en silencio. Ellas no saben los riesgos, pero van dispuestas a pagar el costo y piden a Dios que las proteja.

En el municipio de Huixtla otra nicaragüense procedente de Acoyapa y quien sólo se identificó con el sobrenombre de “Magnolia” hace tres meses trabaja en un centro nocturno de mesera, pero asegura que continuará su viaje a Estados Unidos. “Tengo dos hijos, uno de 3 y otro de 6 años, por eso estoy trabajando en esto, pero ya me voy a salir, voy a continuar mi viaje al norte. Un trailero me prometió llevarme a Tijuana. En San Francisco tengo familia”, cuenta.

Agrega que “esto es duro, doloroso y triste, la gente te ve con desprecio, se quieren aprovechar. En Ciudad Hidalgo —frontera de México con Guatemala— un policía me pidió que me acostara con él”.

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