Danilo Arbilla
La publicación de las caricaturas de Mahoma añade un nuevo argumento a los enemigos de la libertad de prensa y alienta en sus intentos a las fuerzas y tendencias que pugnan por limitar el derecho a la información. Siempre pasa; un ejemplo muy recordado fue el de la muerte de Lady Di.
Pero al mismo tiempo la decisión del diario danés de abordar un tema tan sensible y complejo más el aprovechamiento que de ello hicieron algunos imanes y grupos ortodoxos y fundamentalistas y las posteriores manifestaciones de violencia y muestras de fanatismo e intolerancia que provocaron, han dado pie a un positivo debate en torno a la libertad de expresión.
¿ Publicar o no publicar? ¿Cuál es el límite para la libertad de expresión? ¿ Hasta dónde llega el derecho a la información, esto es: el derecho de cada individuo a buscar, recibir y difundir información? Estas son las preguntas y esa es la cuestión.
Hay argumentos en contra de la publicación que son sólidos y muy atendibles y justifican la decisión de quienes han resuelto no difundir ese tipo de imágenes, sin perjuicio de su libertad y derecho a hacerlo, simplemente en función de su buen saber y entender . El respeto a las creencias y la fe religiosa, no meterse con sus símbolos y sus valores, deben marcar un límite a la libertad de expresión; tal lo que sustenta uno de esos planteos. Es respetable: ahora ¿cuáles son los límites que deben tener y cuáles admiten las religiones en sus avances contra las libertades y derechos de todos, —correligionarios o no—, que van desde “matar a los infieles” hasta prohibir el divorcio o negar el derecho de las parejas a decidir el número de hijos, según sea el nivel de fanatismo u ortodoxia de unas y de otras?
También tiene asidero la tesitura de quienes critican a los medios que publican caricaturas o lo que sea, que afectan a una determinada religión pero no lo hacen respecto a otras. Es un argumento fuerte, pero sólo válido para aquéllos que hacen ese tipo de selección.
A partir de la máxima de que “el pueblo tiene derecho a saber”, muchos se preguntan si era tan imperioso y tan importante para ese derecho de la gente realizar una caricaturización de Mahoma. Es una pregunta tan razonable como pertinente; sin embargo, la reacciones provocadas por las caricaturas, mas que respaldar a quienes piensan que no era necesario publicarlas, justifican su publicación. Las caricaturas sirvieron para que muchísima más gente tuviera conocimiento de una realidad , que no se puede tapar con un manto de miedo o de equivocada prudencia, que está ahí y que no fue creada ni inventada por las caricaturas. Nadie ignora esa realidad y las caricaturas lo único que han hecho es advertir que la solución no pasa por dar vuelta la cabeza.
La famosa periodista italiana Oriana Fallaci, en sus polémicos libros —La rabia y el orgullo, La Fuerza de la razón y Oriana Fallaci se entrevista a sí misma— escritos a partir de los atentados del 11 S carga con vehemencia contra el mundo musulmán y lo denuncia como el gran peligro para la civilización occidental. Desnuda allí la complacencia, los miedos y las hipocresías de los dirigentes y gobernantes europeos y particularmente de la izquierda. Los escupe y señala sus cobardías refugiadas en lo políticamente correcto. En sus ataques al Islam suena radical y maniqueísta y da la sensación que exagera. Puede que sea así, pero la publicación de las caricaturas y las reacciones que provocaron, hoy nos dicen que quizás no ha exagerado tanto.
¿Publicar o no publicar?; ante la duda, la libertad.
Pero la cuestión no es entre publicar o no publicar sino entre la libertad y la intolerancia, y frente a esta opción no puede haber dudas. Las libertades y derechos de los otros marcan el límite a los nuestros y es lo más que se puede admitir y cada uno es responsable de sus actos. Lo que jamás debe admitirse es que el fanatismo y la intolerancia de los otros nos fijen los límites, nos sometan, nos hagan callar y nos marquen lo que podemos publicar o no publicar.