- La primera Presidenta de Chile llega al poder con la promesa de igualar la cantidad de hombres y mujeres en su gabinete. El desafío real es que la paridad cruce al resto de la sociedad
Arly Faundes BerkhoffSANTIAGO DE CHILE
La imagen de la socialista Michelle Bachelet (54) sobre un tanque Mowag en junio de 2002 recorrió el mundo y marcó, sin quererlo, el inicio de su carrera presidencial. La primera mujer Ministra de Defensa de Chile visitaba las zonas inundadas de Santiago tras un crudo temporal. Iba al mando del vehículo militar y una dotación completamente masculina, un verdadero símbolo de la inclusión del género en el gobierno del país. Pero ella no era sólo un signo. Semanas después, Bachelet ocupaba el primer lugar entre los políticos mejor evaluados de Chile, según el Centro de Estudios Públicos, con un 66 por ciento de aprobación.
Desde entonces, y hasta el 15 de enero de 2006, cuando fue electa la primera Presidenta de Chile aventajando al empresario Sebastián Piñera, el crecimiento de su popularidad, sus dos campañas e incluso la pérdida de votantes que según las encuestas tuvo que recuperar para la segunda vuelta, pasaron más rápido que su propio convencimiento de que, efectivamente, lideraría su país. Ella misma había declarado que nunca buscó tan alto cargo, sino que más bien respondió a un llamado de la gente. Así y todo, el 11 de marzo recibirá la banda presidencial.
Bachelet presidenta es una demostración de que la ciudadanía chilena quiere cambios, inclusión social y diversidad. De hecho, fue la primera vez que la mayoría de las mujeres votantes, conservadoras e inclinadas a la derecha, apoyaron al candidato, en este caso otra mujer, de la Concertación. No es un caso único, sino comparable con la elección de un ex obrero metalúrgico en Brasil (Luiz Inácio Lula da Silva) o de un dirigente indígena, Evo Morales, en Bolivia. “La elección de Bachelet muestra un país que se está haciendo cargo de la demanda por mayor inclusión y diversidad, uno de los principales problemas de América Latina”, dice Patricio Navia, cientista político de la estadounidense New York University y la chilena Universidad Diego Portales.
Cada uno de esos dirigentes asumió o asume parte de esa demanda. Lula nombró como Ministro de Cultura a una celebridad de la música popular brasileña (Gilberto Gil), por ejemplo. Evo armó su gabinete con representantes del mundo campesino, indígenas e intelectuales de izquierda, como la Ministra de Justicia, Casimira Rodríguez, una quechua que fue representante de las empleadas domésticas del país.
Bachelet se preocupó de dar estas señales durante toda su campaña al prometer, una y otra vez, un gobierno inclusivo y paritario “de los mejores y las mejores”, enfatizando la participación femenina. A fines de enero, cumplió nombrando 10 mujeres ministras, un 50 por ciento del total. A diferencia de Morales, que procura un cambio en la élite gobernante de Bolivia, las ministras de Bachelet siguen el principio de continuidad de los tres gobiernos que sucedieron al dictador Augusto Pinochet, pues provienen de la clase política tradicional de Chile.
Bachelet innovó nombrando por primera vez a una mujer (la socialista Paulina Veloso) al frente de la Secretaría General de la Presidencia, uno de los ministerios más cercanos a la mandataria.
Bachelet ha conservado inicialmente el equilibrio político, y según el cientista político de la Universidad de Chile, Ricardo Israel, ha demostrado que existe capital femenino para lograrlo. (A tal punto que Lagos contó en su gabinete con un 30 por ciento de mujeres, algo más de la mitad de las que Bachelet tendrá ahora).
Sin embargo, lograr que la inclusión de la mujer llegue a los cargos medios y al Congreso es una tarea todavía lejana en Chile. “(Bachelet) ha dado un paso gigantesco, pero llevar más mujeres al Parlamento implica un cambio social y cultural”, dice Israel. Según un estudio de World Guide to Woman Leadership, entre 1940 y enero del 2006, Colombia registra la mayor cantidad de mujeres en ministerios (52) de América Latina, seguido por Venezuela (46). Incluidas las diez que asumirán en marzo, Chile sólo registra 25 ministras.
A nivel parlamentario, Argentina es el país pionero de la región merced a una ley de cuotas que garantiza un 30 por ciento de los escaños expectables a las mujeres.
Bachelet enfrentará difíciles litigios para empujar mayor participación. Aunque hay militantes, son pocas las mujeres que ocupan la cúpula del poder en los grupos políticos chilenos.
Según Valeria Ambrosio, encargada de género del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Chile, los partidos serán, de hecho, la mayor barrera para el paritarismo de la Presidenta.
Sin embargo, la expectativa general es que Bachelet marque la diferencia y genere un cambio más profundo como ejemplo de una mujer que alcanzó la Presidencia sin tener parentesco con un padrino poderoso —como ha ocurrido en los demás casos de presidentas latinoamericanas— y posea una forma distinta de enfrentar el poder, con más independencia de la oligarquía tradicional. “La paridad es un tema de Bachelet y no de los partidos políticos”, dice Navia. “Pero podría funcionar igual que Michelle: los partidos no la querían como candidata, pero la escogieron porque ella sumaba votos y el tema de la paridad los suma”.
Con la colaboración de María Jesús Rioseco.