Naohito Watanabe en la Academia

Jorge Eduardo Arellano

Entre los intelectuales nacidos en otros países —y que no pueden ser para nosotros simples extranjeros— cuatro personalidades creadoras han ingresado a la Academia Nicaragüense de la Lengua en la categoría de Miembros Correspondientes. Me refiero a dos españoles (el filósofo e historiador Mario Hernández Sánchez-Barba y el director de la Academia Norteamericana de la Lengua Odón Betanzos Palacios), a una francesa (la crítica y especialista en literatura centroamericana Claire Pailler), a un alemán (el mayor experto europeo en Rubén Darío) y a un estadounidense (el poeta, traductor y también estudioso y difusor de nuestras letras Steven White).

Ahora le corresponde ese honor a un japonés. Diplomático de carrera graduado en España, conoce a fondo nuestra lengua y oculta en su alma una fibra poética. Este amplio conocimiento y esta fibra vibrante lo condujeron a donarnos las traducciones, en los caracteres de su idioma materno, de dos obras claves de nuestro padre y nuestro mágico. En 1994, cuando se desempeñaba como Primer Secretario de la Embajada de su país: El viaje a Nicaragua e intermezzo tropical (crónicas y poemario) y este año, siendo Consejero, o segundo hombre de su misión diplomática: Azul…, en su versión definitiva de 1905.

Realmente, esta labor de traducción al japonés de Rubén Darío la llevó a cabo Nahoito Watanabe durante más de una década, resultando pionera y admirable (hay reseñas en español y por compatriotas suyos, como la de Talcayuki Shinotsulca), labor que los nicaragüenses, sobre todo quienes trabajamos en el ámbito de las humanidades y de la cultura en general, debemos reconocer. Y nuestra corporación lo hace con sumo agrado recibiéndolo entre sus miembros.

En uno de los prólogos de la edición nipona de Azul…, el canciller Norman Caldera dejó constancia oficial de nuestra gratitud a Watanabe “por estrechar aún más las relaciones literarias entre nuestros dos pueblos hermanos”, en el contexto del setenta aniversario de las diplomáticas, celebrando el hecho como un hito, “porque sabemos que en la sociedad japonesa —puntualiza— la cultura tiene su alta expresión en la forma escrita antes que en la palabra hablada, habiendo mantenido una tradición ininterrumpida desde el siglo VIII, cuando se escribió la leyenda de la familia imperial, hasta nuestros días”.

Desde luego, nuestro Rubén ha sido el compatriota con mayor información sobre el Imperio del Sol Naciente —hoy la segunda potencia económica del mundo— y quien ha redactado el mayor número de páginas sobre su literatura e imagen. Todavía son desconocidas, por ejemplo, sus dos primeras y extensas crónicas publicadas en el diario La Nación de Buenos Aires el 9 y el 20 de agosto de 1894 bajo el título de Viaje al país de los crisantemos. Schmigalle me hizo llegar fotocopias de ambas, en los cuales Darío se anticipa a Enrique Gómez Carrillo como orientalista a través de Francia. En concreto, siguiendo el ejemplo de Victor Hugo en L’ Orient (1877), Teófilo Gautier y su hija Judith, Pierre Loti (autor de Madame Chrisanthème) y de los hermanos Goncourt. Ellos, alcanzaron celebridad por describir con precisión visual objetos de arte, captando la atmósfera de su entorno. Japonerías fue uno de los nombres que recibieron esos objetos y así figuran en Azul… (1888).

Desde entonces, el alma oriental de Darío, si bien carecía de la vivencia originaria (la Urenlebnis según los alemanes) se sustentaba en la vivencia formativa y nutricia de la lectura (la Bildungerlebnis), hasta el punto de proyectarse en estas estrofas de Divagación, uno de los poemas cardinales de Prosas profanas (1896) y todo “un curso de geografía erótica e invitación al amor bajo todos los soles y todos los tiempos”: “Ámame, japonesa, japonesa/antigua, que no sepa de naciones/occidentales: tal una princesa/con las pupilas llenas de visiones,// que aun ignorase en la sagrada Kioto,/en su labrado camarín de plata/ornada al par de crisantemo y loto,/la civilización de Yamagata”.

En un verso de Cantos de vida y esperanza (1905), el poeta aludió a la guerra ruso-japonesa que consolidaría al Japón como potencia militar moderna: “Se asesinan los hombres en el extremo Este”: pero antes, el 2 de octubre de 1904, ya se había pronunciado sobre ese proceso optando por el viejo y tradicional Japón en un artículo que, diez años más tarde, reprodujo en su revista Mundial con algunas ilustraciones. Y en 1912 prologó el libro de Gómez Carrillo De Marsella a Tokio. “Juntos —decía— hemos admirado a Utamaro y Hosukay (famosos pintores y grabadores), y a todos los artistas que nos revelaban los Goncourt (…), el Yoshivara (nombre que en Tokio y otras ciudades se daba al barrio de las prostitutas), los puentes de bambú y las lindas muñecas todas sedas y genuflexiones y sonrisas, que apenas he podido amar en los biombos, abanicos y lacas de los ichi-banes (artes de composición de flores decorativas) de occidente, y en las secciones exóticas de las exposiciones universales”.

La cita de Lafcadio Hearn —naturalizado japonés con el nombre de Koizumi Yakume— no podía faltar en ese prólogo. Precisamente lo termina con la versión en prosa de un sabio y breve poema: “En este mundo es peligroso preocuparse demasiado, y el medio de pasar una vida feliz y sin agitaciones, es el no preocuparse demasiado de las cosas”. “Seamos, pues, cuerdos”, concluía Darío.

Sin embargo su sensibilidad le impedía seguir tal consejo y se deleitaba hablando de los novelistas japoneses del siglo XIX como Bakin —el más famoso y fecundo—, basado en las noticias del intérprete de la legación francesa en Tokio: Jules Adam. O sobre Jippensha Samba, “hombre —informaba— de un carácter independiente, de ideas extrañas, que profesaba gran desprecio por las convenciones sociales”.

Podría poner otros ejemplos del orientalismo nipón de nuestro Darío. Pero no cabe en esta laudatio del recipendario: un hombre de 49 años, fino y servicial, español consorte y enamorado de Nicaragua. Nuestro pequeño país, enaltecido por su máximo valor y héroe sin fusil, ha tenido la suerte de encontrar un alma afín, un homólogo quizás tardío, pero auténtico; que ha sabido transmitir a un idioma extraño para los latinoamericanos su riqueza lírica, arte narrativo y pensamiento identitario.

Réstame transcribir las siguientes líneas sobre El viaje a Nicaragua e intermezzo tropical del referido Shinotsulka: “Esta obra posee un ritmo entusiástico y musical propio del autor. Su traducción mantiene los matices del original a través de un japonés expresivo. Por todo ello se puede afirmar que invita a los japoneses para conocer el mundo tropical y misterioso de Nicaragua”. O sea: la revelación poética del cosmos que es aún nuestra desventurada tierra. ¡Arígato Watanabe San!

El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

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