Antídoto a un temor natural

Migdonio Blandón B.

En la sección Frases de Valor del Diario LA PRENSA del 14 de enero corriente, está la del poeta español Antonio Machado, con su definición de la muerte así: “La muerte es algo que no debemos temer, porque mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”.

Dicha aseveración en lo físico y lo anímico es una absoluta realidad, por lo que teóricamente no amerita por ningún punto abrigar tal temor, como alguien también ha dicho: “Morir es consecuencia de haber nacido”, ya que en la humanidad entera, de manera especial en la generalidad de los seres vivientes, nadie ha habido ni habrá, a excepción de la Virgen María que habiendo nacido no tenga que morir.

Incluso, Nuestro Señor Jesucristo que vino para redimirnos y enseñarnos el camino de la salvación, siendo Dios-Hombre resucitó al tercer día, sin tener ninguna otra excepción que ser limpio de todo pecado, no quiso eludir el ineludible final de la muerte física del elemento material (en su caso incorruptible), que con la vida y la subsistencia Dios a todos nos da, por el tiempo que para cada quien, sólo Él determina.

Con mi manía de pensar en voz alta, podría decir que el temor a ese inesperado pero seguro final que como humanos, en mayor o menor grado, todos llevamos en el subconsciente y hasta los seres irracionales instintivamente en casos especiales lo demuestran eludiendo manifiestos peligros.

El antídoto único para que no lleve al ser humano gradualmente hasta situaciones absurdas y desesperantes es la gracia de la fe cristiana. Cuando sin ella el raciocinio, parte esencial del don de la inteligencia que Dios nos da, se utiliza llevándolo al grado mental de considerarse autosuficiente, desestimando e ignorando el poder omnipotente del Creador de todo lo que existe que es a quien todo se lo debemos.

Estando así, desnudos y áridos de la gracia de la fe, la frialdad de la mente es invadida por desordenados sentimientos, siendo que no sólo en el subconsciente está latente el predominio del temor a la muerte, ya que con tal falta no se tiene definición clara del destino que se ha de tener al término de la vida terrena, manifestándose dicho temor de diferentes maneras.

Mas, cuando se ha recibido la gracia de la fe, que sólo Dios sabe dar a quien con humildad se la pide y se tiene la seguridad de que por todos los medios se está tratando de aplicar a la vida esa fe recibida; la muerte física, se espera como una transición a una vida mejor que trasciende a la eternidad, el temor natural anterior a hacer vivencia esa fe, día a día se va minimizando hasta su abolición total, al llegarse a alcanzar el orden necesario para vivir como Dios ha querido que vivamos.

En la historia del cristianismo ha habido ejemplos por millares. Además del santoral de la Iglesia, en la vida real con frecuencia se ven tales casos, muy a pesar que el mundo secular con los grandes avances tecnológicos ha llevado a gran parte de la humanidad a la ególatra autosuficiencia, cayéndose en ocasiones en la idolatría de deificarse a sí mismo a otros o a lo material adquirido.

Tal situación acrecienta el temor, que como se ha dicho, aunque es natural, “cada quien es dueño de su propio miedo”. Por lo que vale la pena recurrir al antídoto eficaz, que es la fe cristiana, acercándose al único que puede librarnos de todos los males y al mismo tiempo que erradica la miseria integral propicia la verdadera paz. Él es el que todo lo puede y si le aceptamos como único Señor de nuestra vida, como súbditos de su Reino, desde acá, con Él lo estaremos disfrutando.

Dios quiera que el año que comienza aceptando su Señorío sin temores todos le sigamos.

El autor es miembro del Foro Eduquemos

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