¿Los Chamorro o los Chamorros?

Jorge Eduardo Arellano

Tema muy debatido en la historia del español es la pluralización de los apellidos. ¿Hay que seguir la categórica prescripción de la Academia? O sea: ¿debe escribirse los Chamorros (en plural) y no los Chamorro (en singular)? Y contesto: en casos ya consagrados por la tradición, conviene mantener la forma de plural. El periodista “tico” Pío Víquez, en su crónica de la visita del presidente y general Bernardo Soto a su colega “nica” Evaristo Carazo en 1887, se refiere a “los Chamorros”. Y en su libro sobre la familia Zavala y la política del comercio en Centroamérica (1972), José Coronel Urtecho no duda en aludir decena de veces a “los Cuadras”, “los Selvas”, “los Sacasas”, “los Somozas”, “los Zavalas”, y, desde luego, a “los Chamorros”.

El uso en España, hasta 1900 aproximadamente, confirmaba esa tendencia en favor de la flexión pluralizadora. Su ejemplo más elocuente ha sido el de Cervantes. Al ser preguntado Don Quijote por la alcurnia de su Dulcinea, el hidalgo responde: “—No es de los antiguos Curios, Gracos y Cipiones romanos, ni de los modernos Colonas y Ursinos… (y, con evidente intención irónica, acumula otros veinte apellidos en plural), pero es del Toboso de la Mancha”. Tal era la norma castellana general, como prolongación de la latina: Pisones, Scipiones, etc. Pero el latín carecía de artículo y la pluralización debía recaer forzosamente en el nombre.

En 1864 el filólogo colombiano Miguel Antonio Caro, sustentando la misma tendencia, adujo el uso constante de los apellidos en plural desde el latín hasta su tiempo. Rufino José Cuervo abordó el tema en sus Apuntaciones (1878), manifestándose asimismo por la pluralización, respaldada por incontables autoridades desde los tiempos más remotos: salvo uno que otro “moderno escritorzuelo” que optaba por la invariabilidad del apellido. Un caso en Nicaragua fue el de Francisco Ortega Arancibia, quien consignó —al hablar del prócer centroamericano Manual José Arce y su pacificación de nuestro país en 1825-39 apellidos en singular, entre ellos “los Chamorro”.

En su Gramática, Andrés Bello razona que los apellidos de personas tienen plural, como Guzmán (Guzmanes) y Villarreal (Villarreales), con la excepción de los agudos terminados en /z/: Díaz, González y Gutiérrez (Valparaíso, Imprenta del Mercurio, 1876). Mariano Fiallos Gil proporciona dos ejemplos en su cuento El coyote y la Elsita; La finca de los González y Ellos y los Ramírez (Horizonte quebrado, 1959). A ellos añado Núñez y Sánchez, pensando en los amigos León y Luis. Bello especificaba que los nombres propios de personas se usan en plural cuando alteran su significación, transformándose en verdaderos apelativos: los Homeros, los Virgilios, etc. Durante el siglo XIX era común leerlos en nuestro país. Rigoberto Cabezas, en la defensa judicial de su hermano Diego, afirmaba: “No nacen todos los días Sócrates, Epictetos, Marco Aurelios”. Uso que se extendía a los apellidos: en un discurso impreso en León (1875), con motivo del 15 de septiembre, Gregorio Juárez colocaba como epígrafe estos dudosos versos: “Salve, salve, Nicaragua, / Salve Patria de los Cerdas, de los Oranes i Argüellos, / de los Rochas y Lacayos, / de los Escobares y Meléndez, / Reyes, Robelos y Osejos”.

En cuanto a los apellidos extranjeros, don Andrés enseña que no varían en plural aquellos que conservan su forma nativa: Canning, Washington, “a menos que su terminación sea la de los familiares al castellano, y que los pronunciamos como si fueran palabras castellanas: los Racines, los Newtones”. Pero ninguna persona culta se atreve hoy a pronunciar o escribir los Racines y los Newtones, ni los Hítleres ni los Bushes. Hoy se respeta la forma original. Y esta tendencia a la invariabilidad del apellido se ha producido tanto en España como en América Latina. Lo ha demostrado Ángel Rosemblat, sobre todo en Venezuela, al transcribir numerosos ejemplos de grandes escritores.

Pasando a la grafía literaria de mi apellido, se ha recurrido a la forma en singular. “Turris eburnea e los Arellano” —llama en un endecasílabo a la tía bisabuela Elena, bienhechora de Granada, el poeta Enrique Fernández Morales; mientras su hijo Francisco de Asís titula uno de sus poemas familiosos: “Arellanos”. Nada menos que Rubén Darío lo avala cuando adoptó la forma en plural: “Hombres de cierto influjo, como los Arellanos, de Granada…” (“El fin de Nicaragua”, La Nación, Buenos Aires, 28 de septiembre, 1912). Pero Darío prefería la forma en singular: “Poetas de España / Los hermanos Machado” (Idem, 15 de junio, 1909), aunque haya dejado en verso: “la canalla escritora mancha la lengua / que escribieron Cervantes y Calderones” (“A Colón”, 1892).

Entre nosotros predomina el uso de apellidos en plural. “Dos familias se odiaban a muerte: la de los Ñoriongues y las de los Ñurindas” —inicia una de sus estampas nicaragüenses (1948) Apolonio Palacio. Y en su morfología de nuestra habla, Carlos Mántica registra estas frases: “Don Carmen vive de donde los Malteces tres cuadras a la Montaña” y “Los Corrioles son gente muy brava”. Lo mismo puede asegurarse de la forma grupal, añade Mántica: “Allí va la Sacasada a bañar a la mar salada” (Ge-erre-ene). “Toda la Lacayada y el Argüellerío llegó a la vela” (1973: 46). A Guillermo Rothschuh Tablada le he oído expresarse del “Incerillo” —en alusión a los cultos e inteligentes miembros de la familia Íncer de Boaco.

Por supuesto, no es posible aconsejar una norma inflexible. Personalmente me inclino por la tendencia moderna de la invariabilidad del apellido. Mas, si la forma pluralizada continúa mereciendo la atención de plumas reconocidas o de prestigio, resulta también válida. Porque la libertad es lo que cabe defender en esta materia de nombres propios, los cuales constituyen una categoría especial: la originaria de los nombres —según Bröndal— y tienen comportamiento especial. Más aún los apellidos, que hasta adquieren fueros ortográficos. Por ejemplo, Icaza, Montalbán, Tijerino y Vigil se escriben igualmente con /y/, /v/, /g/ y /j/.

En fin, se le deja resolver el asunto a la discreción y habilidad de la gente culta. Desde principios del siglo XVI lo planteaba Miguel de Cervantes: “La discreción es la gramática del buen lenguaje —puntualizó—, que se acompaña con el uso”.

El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua

Editorial
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