- Trabajó como cortador una semana
- “Infiltrado” en los fríos cafetales de Jinotega
- No todos los días se logra convivir con los cortadores de café en plena faena, sin una grabadora y una cámara de por medio, razón por la que LA PRENSA quiso sentar un precedente y palpar la realidad de los trabajadores que garantizan el corte de uno de los principales rubros económicos del país. Salimos a la aventura que a continuación relatamos…
Ricardo Guerrero [email protected]
Mi único equipo eran tres mochilas cargadas de ropa, vieja por supuesto; mi misión, emplearme en un cafetal para escudriñar la vida de los cortadores del grano.
Jamás me identifique como periodista ni di a conocer la misión que tenía asignada.
Los cortadores duermen en cuartos donde predomina el olor a sudor, se bañan a las cuatro de la mañana con agua que a cualquiera de la capital dejaría congelado. Comen arroz, frijoles y un guineo, aunque a veces los “buenos” patrones les dan un trozo de cuajada o un huevo.
Si los cafetaleros se hubieran enterado de que había un periodista “infiltrado” entre sus cortadores, habrían aparentado dar un mejor trato a los campesinos.
Llegué con el entusiasmo por conocer cómo trabajan los cortadores, que provienen de todo el país.
Pasé cuatro días en los fríos cafetales del norte de Jinotega, donde en esta temporada reina la esperanza por un futuro mejor, aunque tras los cortes retorna la desolación.
El primer día, provisto de un saco de yute, el cual coloqué en el suelo, me dispuse a cortar los granos de café, sin sospechar lo largo y duro que serían esos cuatro días.
Mercado Mayoreo, Managua. A las diez y media de la mañana del 13 de diciembre me preparo a abordar un bus que me llevará a los cafetales de Jinotega, donde se concentra casi el 50 por ciento de la producción del grano en el país.
Son las once de la mañana y la temperatura es de aproximadamente 38 grados centígrados. Me preparo a abordar el bus expreso que llegará a Jinotega, según el ayudante del mismo, a las dos de la tarde.
Con algunas provisiones en mis tres maletas me preparo para una experiencia única: Pasar una semana en alguna hacienda o finca cafetalera para observar y luego describir el ajetreo y duro vivir de los miles de campesinos que por estos días llegan a las zonas cafetaleras en busca del pan de cada día.
Tres horas más tarde estaba en Jinotega, el cambio de clima fue impresionante, inmediatamente introduje las manos en las bolsas de mis pantalones para darles un poco de calor.
Mi primera mala impresión fue ver los malos caminos y carreteras que existen en la zona.
LOS MALOS CAMINOS HACEN QUE EL CAFÉ PIERDA CALIDAD
Para movilizarse desde el centro de Jinotega hasta las principales haciendas cafetaleras que se encuentran a 30 kilómetros unas y a 50 kilómetros otras un vehículo, por lo general un camión tarda hasta tres y cuatro horas, es decir que corre a una velocidad de 10 y 15 kilómetros por hora. Un tiempo digno para estar en las páginas de los Guines récords.
“Los pésimos caminos hacen que el café pierda calidad, todos saben eso, sin embargo, ni los productores ni el gobierno hacen nada por mejorarlos”, indicó Justo Chavarría, dueño de un camión que se encarga de trasladar café de algunas fincas cafetaleras hasta los beneficios de la zona.
Chavarría contó a LA PRENSA el calvario que tiene que pasar todos los días para poder llegar a un beneficio ubicado en La Dalia. “Tengo que llevar conmigo a por lo menos unos diez hombres para que ayuden a desatollar el camión”, indicó.
Lo que me contó Chavarría lo pude constatar en mi travesía rumbo a una hacienda cafetalera, la tarde del 13 de diciembre. Era la primera vez que conocería los cafetales de la zona de Jinotega, donde se cultiva el 50 por ciento del café nacional. Temblando de frío en mi “uniforme de campechano” —una camisa viejita, manga larga de aquellas que utilizaban los muchachos cuando andaban combatiendo y un pantalón negro de corduroy— pasé el tiempo contando los buses, camiones y carretas de varios tamaños que hacían el recorrido desde las diferentes comarcas hasta el centro de la ciudad y viceversa.
En menos de una hora observé cómo varios camiones habían quedado atascados. Me pareció que transitaba por las arterias de Managua en las horas picos, había una larga fila de camiones, camionetas, buses, carretas y hasta carretones, todos esperaban que el vehículo que iba delante saliera del atolladero. Por un momento imaginé que por estos lados también existía el serio problema de transporte público que afecta la capital, sin embargo, todo se debía al deplorable estado de los caminos rurales del lugar.
Algunos pasajeros del bus donde viajaba se mostraban un poco molestos y vociferaban en contra del gobierno, “hasta cuando éstos… repararán los caminos, como que no pagáramos impuestos”, gritó una señora que prefirió bajarse del bus y empezar a caminar rumbo a su destino: Pantasma.
Esta es la situación que existe actualmente en las zonas cafetaleras de Jinotega, debido a los caminos que conducen a las haciendas y a los beneficios, “este es un problema de nunca acabar, no se trata de si la cosecha se va a caer o si se va a perder, sino de cómo se sacará”, indicó Harnefer Rivera, una joven secretaria de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos (UNAG) de Jinotega.
Rivera con quien tuve el placer de viajar desde Managua hasta Jinotega, me explicó que todos los años cuando se avecina la temporada de cosecha el gobierno envía la maquinaria para que reparen los caminos que conducen a las principales fincas cafetaleras de la zona, sin embargo, “esta vez al parecer se olvidaron que ya está saliendo la cosecha o simplemente no les interesa, que creo es lo más probable”, señaló la joven secretaria .
PRODUCCIÓN SALE A LOMO
“Cuando un camión que traslada café queda estancado y es imposible moverlo, inmediatamente se empieza a descargar, saco por saco en un trabajo que dura horas y esto hace que la calidad del producto ya no sea la misma”, indicó Orlando González, dueño de una pequeña finca cafetalera ubicada en los alrededores de Pantasma.
“Esto tiene como consecuencia una pérdida en la calidad —afirma— es posible que los volúmenes se mantengan pero la calidad baja al dificultarse el traslado a los beneficios”.
González afirmó que su producción la tienen que sacar sus trabajadores, lo que le conlleva más gastos, ya que este es un trabajo aparte y por lo tanto, otro pago. “Tengo que pagarle a unos 10 hombres para que a punto de lomo me saquen de la finca alrededor de 150 quintales de café, ellos tienen que recorrer unos 500 metros hasta donde los espera el camión que hará el traslado al beneficio”.
Señaló que en condiciones normales el café no debe tardar más de una hora en ser trasladado al beneficio, pero con los malos caminos esta operación puede durar más de cuatro horas, “nunca habían estado tan deteriorados los caminos cafetaleros”, agregó.
Don Orlando González considera que esta merma en la calidad significará menos ingresos para él y su familia, porque los exportadores ya están aplicando un diferencial por la calidad del producto que, según ellos, ronda los 10 dólares por quintal.
SOBREVIVIR DEL CAFÉ YA NO ES GARANTÍA
La producción del fruto más preciado del país dejó de ser garantía para cientos de familias. “Pensar que con las ganancias que nos dejará la cosecha vamos a comprar la ropa para los chavalos, el gasto de la comida o el pago de las deudas que tenemos es un sueño”, señaló Mario Jarquín, dueño de una finca ubicada a 20 kilómetros al norte de Jinotega, en un lugar conocido como Los Papales.
Según Jarquín, los cafetales ya dejaron de ser la principal fuente de empleo, y por ende, de subsistencia. “Es cierto que por estos tiempos (diciembre) la cuestión se mejora, pero sin embargo, miles de familias optan por emigrar a la ciudad en busca de mejores condiciones y se olvidan de los cafetales”.
Uno de los principales problemas para este productor, lo constituyen los malos caminos, la mala paga a los trabajadores —aunque esta vez se logró mejorar el salario— no obstante, ni las fincas ni los caminos prestan las condiciones de supervivencia para las miles de familias. Así de dramática se ha vuelto la subsistencia en estas alturas, indicó el productor.
El peregrinar de hombres y mujeres significa en estos tiempos de escasez, una búsqueda constante de trabajo. Los que logran encontrarlo saben que trabajarán una o dos quincenas y luego serán nuevamente desempleados. “Antes todo el año se trabajaba, pero ahora la gente pasa meses sin trabajo”, dice Adela Estrada, una anciana chinandegana que llegó a la zona a cortar café.
Estrada llegó desde la comunidad de Cinco Pinos, con la compañía de cinco nietos y dos de sus hijas.
“El primer día me tocó duro, como llegamos por nuestra cuenta y bien caída la noche tuvimos que dormir en las bancas del parque, ya que para ir a una finca era demasiado tarde”, cuenta la anciana mientras revisa a uno de sus nietos que siente picazón en la entrepierna.
Deben ser lo aradores —dice Amalia— una de las hijas de doña Adela, mientras saca un frasco de cofal que untará en la parte afectada.
El cipote sigue su trajín para completar la meta del día. Cortar, por lo menos, cinco latas de café que al final del día se traducen en 60 córdobas.
COSECHA CON MANO «EXTRANJERA»
Según los pobladores que habitan a orillas de las fincas cafetaleras por estos días, la mayoría de los jornaleros son “extranjeros”, es decir que provienen de otras partes del país, menos de la zona.
“Es común ver gente de todas partes, principalmente de las zonas de Chinandega, León y hasta de Carazo. Esto se debe a que miles de familias reciben remesas y no necesitan o no quieren trabajar. Muchos jóvenes de las zonas rurales no están interesados en participar de las labores agrícolas y deciden buscar mejor vida en Costa Rica, donde laboran, en su mayoría de guardas de seguridad”, indicó, Humberto Dávila, habitante de Jinotega.
“La primera generación de migrantes era la que estaba acostumbrada a trabajar, los jóvenes de ahora están acostumbrados sólo a recibir el dinero, no saben lo que es el trabajo”, manifestó.
Las nuevas generaciones ya no quieren trabajar en el campo porque les resulta una tarea muy dura, además de la poca remuneración que obtienen. El estancamiento en el salario agrícola, ha mermado el interés de los campesinos en estas labores.
A los campesinos de la zona ya no es común verlos en las faenas del corte del café, porque consideran que es una actividad que no les genera grandes ingresos, además que es temporal; esto obliga a muchos de ellos a buscar otras formas de sustento.
Para José Gutiérrez, dueño de una pequeña finca de la zona de El Cuá-Bocay, estas migraciones son parte de una paradoja. “Así como los nicaragüenses llegan a Estados Unidos a realizar los trabajos que los estadounidenses ya no quieren hacer, los habitantes de otras zonas ajenas a esta región, vienen acá a trabajar en las labores que los Jinoteganos no quieren realizar”, apuntó.
Por lo general, los conpatriotas llegan a otro país para realizar labores agrícolas, las mismas que han dejado de hacer en su tierra de origen, pero con mejores salarios.
Otro aspecto —de acuerdo con los entrevistados— que podría haber repercutido en la fuga de mano de obra es la presencia de fenómenos climáticos como el huracán Beta. Luego de las constantes lluvias, los cultivos quedaron seriamente dañados, y algunos fueron destruidos por la saturación de agua. Esto provocó el desempleo de cientos de campesinos, quienes tuvieron que buscar otros lugares de trabajo. Algunos optan por emigrar a la ciudad y otros más aventureros o aventados se marchan del país.
LOS ROSTROS DE LA CRISIS
En las zonas cafetaleras de Jinotega y Matagalpa esconden un drama con nombre y apellido: pobreza y desesperanza.
Con nombres de hombres curtidos al sol entre las plantaciones que cada año acogen a miles de familias, con nombre de niñas que aprendieron a ser mujeres cuando apenas sabían leer y escribir, con nombre de niños desnutridos y con un futuro más escabroso que los caminos que llevan hasta sus caseríos y fincas.
En estos lugares, la crisis del café se ha llevado todo, hasta la esperanza. Familias acostumbradas a vivir a expensas de lo que conseguían cada temporada en los cortes de café, ahora ven cómo, poco a poco, la poca ganancia que les deja la cosecha les quita la oportunidad de darle a sus hijos un mejor futuro.
Sólo así se explica la baja escolaridad en la zona. “¡Qué va a ganar con el estudio!”, dice Eustaquio Escoto mientras observa a su vástago, de unos ocho años, que lo ayuda a separar el café verde del maduro.
“Suficiente que sepa leer y escribir”, remata con determinación.
De ahí que parezca un espejismo el ver a niños recorrer todo el cerro —unas dos horas a pie— para asistir a clases. Sin embargo, sólo les alcanza para llegar al tercer grado o, los más afortunados, hasta el quinto. Después de eso, los varones se dedican a las pocas tareas que les demanda el campo y las niñas, a ser madres. Es común ver a mujercitas que no aparentan tener más de 15 años cargando y amamantando a sus hijos por los caminos de los caseríos. Ahí, el juego está prohibido para los infantes.
En estos lugares, el infierno se esconde tras un rostro paradisíaco. Pues desde lo más alto de la montaña se puede observar un hermoso paisaje verde.
HAY QUE METERSE AL CAFETAL PARA DESCUBRIR LA VERDAD
Las muchas veces que conversé con los campesinos, los que cortan el cultivo para los cafetaleros de la zona, cuentan la historia de sus sufrimientos y constantes zozobras.
Se lamentan de la crisis, de la comida que les sirven y del lugar que ocupan para dormir, pero al mismo tiempo, y con curiosa resignación, aceptan el poco trabajo y la exigua remuneración, que en ocasiones consiguen, y que apenas les alcanza para mal comer o “para que la familia no se muera de hambre”.
“La verdad es que en las zonas rurales de Jinotega no hay pobreza, sino extrema pobreza. En los últimos años, y a consecuencia de los bajos precios del café, el poco apoyo gubernamental y los desastres naturales, han venido a generar un mayor índice de miseria. Da lástima ir a un caserío donde los niños están comiendo tortillas con sal, desnudos”, dice Germán Flores Abarca, habitante del municipio de Pantasma, mientras su mirada se detiene en un niño que acarrea sobre sus hombros desnutridos, un saco conteniendo café en pulpa.
La economía de estos municipios ha girado siempre en torno a la producción del café. Ahora, el sueldo de cada quincena (unos 200 córdobas) es tan esquelético como el físico de los niños de la zona.
SÓLO ARROZ Y FRIJOLES
Es común escuchar a los cortadores quejarse por la alimentación que los cafetaleros brindan en sus fincas.
“Ayer nos dieron de almuerzo arroz, frijoles y un guineo verde, mientras que en la cena nos sirvieron frijoles fritos”, indicó uno de los cortadores de la hacienda La Quinta, una de las más grandes de la zona.
En la cena, —continúa— fue un milagro que nos hayan dado frijoles fritos y huevos —murmura entre dientes, mientras observa que nadie más lo escuche.
“Aunque algunos patrones son buenos, pues de vez en cuando nos dan sopa, un pedazo de pollo o de carne y a veces hasta espagueti”, indicó.
ESTE TRABAJO ANTES ERA RENTABLE, AHORA NO
Doña María Cerda recuerda que el trabajo en los cafetales le posibilitó dar los estudios a su hijo José Alberto, hasta sexto grado. En las temporadas de vacaciones ‘Josesito’ se integraba a las labores del corte.
A sus 22 años cumplidos, el hijo de doña María ha tenido que emigrar hacia Costa Rica.
A falta de dinero, no logró avanzar más allá del sexto y como él hay muchos más en la zona donde se cultiva el 50 por ciento del principal rubro de exportación del país.
El poco trabajo en las fincas dejó de ser oportunidad de vida para los pobladores.
Ante el escaso trabajo en las fincas, María ha tenido que separarse de su hijo quien emigró en busca de mejor suerte económica.
“Acá pocos nos enteramos de las noticias. He escuchado decir a la gente que el gobierno y los cafetaleros aumentaron el salario a los cortadores, pero aún con ese aumento los campesinos de estos lugares no quieren cortar café”, indicó la anciana.
DUERMEN EN EL SUELO
Al principio la asignación me pareció muy fácil, porque pensé que cortar café no requería de ninguna habilidad especial. Más tarde me enteraría de que estaba equivocado.
Cuando llegó la hora de visitar los dormitorios me quedé sin aliento. Se trataba de unos galerones largos y fríos. Los lugareños les llaman minifaldas, porque la mitad es de piedra y el resto de madera. En esos galerones alcanzaban a dormir hasta 300 personas, la mayoría en sus camas hechas de plástico negro y hojas de chagüite y otros pocos en catres de madera. Por la gran aglomeración de personas, el olor a sudor era notorio.
A pesar de que el reloj apenas marcaba las 8:30 p.m., la mayoría de los trabajadores ya estaban acostados, vencidos por el cansancio.
Esa noche y por problemas de espacio decidí dormir casi a la entrada de la puerta principal, luego me di cuenta de que había sido una mala idea, las corrientes de aire congelado no me dejaron dormir.
Las ráfagas de viento golpeaban sin descanso las láminas de zinc, mientras a lo lejos, un trabajador escuchaba, en una radio de baterías, canciones de Pepe Aguilar.
Justo cuando faltaban diez minutos para las cuatro de la mañana, el cuchicheo de las demás personas hicieron que me levantara. Sería mi primer día de corte. El frío calaba hasta los huesos. En ningún momento me costó integrarme al grupo, ya que todas son personas muy amables.
QUIERO CORTAR MÁS Y MÁS
Armando Guevara, llegó a los cafetales de Jinotega proveniente de El Sauce, León. Él llevaba la ilusión y la meta de ganar más de dos mil córdobas en tres semanas y poder comprar alguna ropita a sus cuatro hijos y a su esposa. En las primeras dos semanas llevaba 1,300 córdobas, pero tenía que cortar los días domingo.
Así como Guevara conocí la historia de muchas personas que llegan desde lugares remotos en busca de un poco de dinero, algunos para los regalos y ropas de sus hijos, pero la mayoría para comprar el alimento.
Debo confesar que aunque al principio pensé que cortar café era una tarea fácil, cambié de idea. Me dolían las piernas, los brazos, la espalda y las yemas de los dedos. El cansancio y el sueño se apoderaban de mí a cada instante.
No se desanime —don Ricardo— ya que así nos va la primera vez que empezamos a cortar, decía un vecino cortador.
Sin duda aprendí una lección al ser testigo de la laboriosidad de los cortadores. Este no es un trabajo fácil, sino que requiere de mucho esfuerzo, dedicación y mucha energía, que realizan no sólo hombres, sino mujeres y niños.
EL CAPORAL O CAPATAZ
Esta es una persona que por lo general tiene la misión de dirigir a todos los cortadores que les fueron asignados.
Sólo sé que le decían Juancho, tal vez será porque se llamaba Juan. Este señor era el que dirigía el grupo donde yo andaba.
Juancho me explicó que en el corte debe tenerse mucho cuidado al separar los granos defectuosos de los buenos. “No debe dejar pasar más de 30 días entre corte y corte, para evitar la sobremaduración, lo ideal es 3 semanas, aquí se cosechan las mejores calidades de café”, decía orgulloso de su trabajo.
En el último corte, señaló que debe prestarse atención especial a escoger y separar el grano verde del maduro.“En los primeros y últimos cortes, el grano es pobre en miel por lo que necesita más tiempo en las pilas de fermentación aumentándose el riesgo de afectar la calidad”, indicó.
“A mí me asignan el manejo máximo de 30 personas por cuadrilla de corte. Mi trabajo es supervisar a cada cortador”.
Juancho explicó que el campo, a los cortadores les tiene que asignar un surco de corte, esto dependerá del tamaño de la finca. De la misma manera, muchas veces se encarga de recibir y medir el café de acuerdo a la cuadrilla que le asignaron. El salario de un capataz es diferente al de los cortadores, gana 50 córdobas por día.
EL BAÑO Y LA COMIDA
La repartición del almuerzo fue el punto que más esperé. No por el hambre, sino por la curiosidad, que al final fue lo que esperaba, arroz, frijoles, un guineo y una borona de queso. En los días siguientes la dieta fue la misma. Para que los trabajadores se bañen existe una pila donde los campesinos tienen que llegar y hacer fila a partir de las cuatro de la mañana, y dos baños para las mujeres que tenían que hacer fila y esperar su turno.