Sida, abstinencia y razón

P. René Grimaldi*[email protected]

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Sida, abstinencia y razón


P. René Grimaldi*
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El pasado 30 de noviembre, el Papa Benedicto XVI —con motivo de la Jornada Mundial del Sida promovida por la ONU— pidió de la comunidad internacional “un renovado compromiso en la obra de prevención y en la asistencia solidaria hacia aquéllos que han quedado golpeados (por la enfermedad)”; luego, levantando la voz dijo: “¡Las cifras difundidas son alarmantes!”.

Efectivamente, en la actualidad el sida se ha extendido por todo el mundo y se estima que hay 40.3 millones de personas afectadas, de las cuales 3.1 millones murieron este año. Por otra parte, cada año aumenta el número de contagios, tal que en 2005 el virus fue contraído por 4.9 millones de personas, entre ellos 700 mil jóvenes menores de 15 años.

Desde los años ochenta se han implementado varias iniciativas para frenar los contagios, reduciéndose considerablemente dos de las causas de infección: las transfusiones de sangre (o contactos con la sangre de enfermos) y la vía materno-filial, en el caso de madres portadoras del virus. La tercera vía, la de transmisión sexual, continúa aumentando, siendo favorecida por una especie de cultura pansexual que quita valor a la sexualidad, reduciéndola a un simple placer.

Para muchas personas, la solución al problema es repartir preservativos masivamente, pero eso no funciona, porque —como dijo a fines de 1994 el doctor Joannes Lelkens, anestesiólogo holandés, experto en tema del sida— “el preservativo no preserva”, pues el diámetro del virus del sida es tan pequeño (0.1 micras, es decir, 0.0001 milímetros), que en muchas ocasiones atraviesa las paredes de dichos artefactos, ya sea por defectos no detectados o por roturas en la utilización (Revista Mundo Cristiano, n. 409, febrero-1996). Por otra parte, el National Institutes of Health´s (USA) afirma que el índice de falla del preservativo es de 15 por ciento (20-VII-2001).

De hecho, un comentario publicado el 27-XII-2004 en The Lancet (revista médica n. 1 en Europa), recogía el reconocimiento del valor de promover la abstinencia, en vez de sólo confiar en los preservativos. Escrito por un grupo de expertos médicos, el artículo observaba que cuando las campañas tienen como objetivo a la gente joven que no ha iniciado su actividad sexual, “la primera prioridad debería ser animarles a la abstinencia o al retraso en el comienzo de su actividad sexual, acentuando, por lo tanto, el evitar el riesgo como la mejor forma de prevenir el VIH y otras infecciones de transmisión sexual, así como el embarazo indeseado”.

El artículo apoyaba el uso del preservativo, pero también precisaba que incluso para quienes ya tienen una actividad sexual, “volver a la abstinencia o a ser mutuamente fieles con una pareja no infectada son las formas más efectivas de evitar la infección”. Esto vale incluso para los adultos: “Cuando se tiene como objetivo a adultos sexualmente activos, la primera prioridad debería ser promover la fidelidad mutua con una pareja no infectada como la mejor forma de asegurar que se evita la infección de VIH”.

Un país líder en la prevención eficaz de la epidemia es Uganda, que desde 1986 comenzó a educar a la población para que viviera la virtud de la castidad, animando a un cambio de fondo en la conducta sexual. El mensaje que las autoridades difunden es: “Si no estás casado, espera hasta el matrimonio para tener relaciones sexuales (Abstinence); Si estás casado, sé fiel a tu pareja (Be faithful); Si falla lo anterior, usa el preservativo (Condom)”. A este método le llaman ABC, por las iniciales en inglés de los tres comportamientos, jerarquizando que lo realmente seguro es A y B.

De hecho, en julio del año pasado, el Presidente de Uganda —Yoweri Museveni— abordó el tema directamente en la XV Conferencia Internacional sobre el Sida, diciendo que la abstinencia sexual es la mejor forma de frenar el virus del sida y “considero los condones como una improvisación, no una solución” (Reuters).

Por otra parte, también en Estados Unidos, Tanzania y Rusia se está optando por centrarse en la alternativa de la castidad, pues los preservativos —además de no impedir totalmente los contagios— difunden una cultura de permisivismo sexual, que facilita las infidelidades matrimoniales y la fornicación entre jóvenes, con un aumento enorme de enfermedades de transmisión sexual (ETS), tanto así que hace unos meses, la Presidenta de la Comisión para la Sanidad dijo en el Parlamento ruso (Duma): “Lo que debemos incentivar ahora es la abstinencia total antes del matrimonio”, así como difundir unos carteles que digan “Familia sana, defensa contra el sida” y “No existe el sexo seguro” (Revista Palabra, julio-2005).

Con estos datos, sorprende que algunos acusen a la Iglesia Católica de obstaculizar la prevención del sida por no favorecer el uso de los artefactos mencionados, cuando la ciencia misma —y el sentido común— están demostrando que lo que funciona, como siempre, es la virtud, en este caso la castidad. Por otra parte, actualmente más de la cuarta (26.7 por ciento) parte de los centros de atención del sida en el mundo son católicos.

Algunas personas son pesimistas y piensan que es imposible cambiar el comportamiento sexual de adultos y jóvenes: sin embargo, desde hace varios años hay muchos miles de jóvenes que están despertando y apostando por la virginidad hasta el matrimonio, que les facilitará también la fidelidad y felicidad en el mismo (Newsweek, 9-XII-2002); en el caso de Uganda, las estadísticas —y los resultados— hablan de un alto porcentaje de personas viviendo esta opción correcta y liberadora (Aceprensa 50/03), que además toma en cuenta la dignidad del ser humano.

Ojalá estas reflexiones sirvan para iluminar la razón de las personas que tienen capacidad de decisión en la prevención del sida, sabiendo que la castidad es sanidad, la castidad es felicidad.

* El autor es Sacerdote.

Editorial
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