Cómo hablan los adolescentes en Nicaragua

Róger Matus Lazo

El adolescente recurre a la formación de las palabras —como dice André Martinet— con “los procedimientos más habituales para enriquecer el vocabulario” en el sistema general de la lengua: la derivación y la composición. Además, hecha mano de otros recursos como el truncamiento, el empleo de siglas, asimilación de préstamos extranjeros, etc. En realidad, los recursos más comunes abundan sobre todo en el lenguaje familiar, como las onomatopeyas y la creación lexical mediante sílabas iniciales o finales de la palabra original, alteración de fonemas y sílabas, repetición de sílabas, y hasta agregado de otras sílabas a la palabra original.

En este breve artículo vamos a referirnos a los recursos semántico-estilísticos que consisten en matizar el significado de un término existente en la lengua, ya sea ampliando, restringiendo, o incluso alterando su contenido semántico. El más importante es la metáfora, pero existen otros, como la creación de términos eufemísticos y disfemísticos, la ampliación o reducción del sentido, etc. Todos estos recursos son muy frecuentes en la lengua y constituyen un factor de cambio y enriquecimiento del idioma.

La metáfora. La metáfora —el tropo por excelencia— constituye un recurso utilísimo en la evolución y enriquecimiento del idioma. Desde el punto de vista etimológico, metáfora viene del latín metaphora, y del griego metaphorá: traslación, transferencia, cambiar de meta. De ahí su definición: “Figura retórica que consiste en trasladar una voz de su sentido recto a uno figurado por una comparación tácita (por ejemplo, el invierno de la vida)”. Guido Gómez de Silva (1998: 453): Breve diccionario etimológico de la lengua española. 2ª. Ed., México, Fondo de Cultura Económica.

Ya el clásico de la semántica —Ullmann, S. (1967: 242-244): Semántica. Introducción a la ciencia del significado. Madrid, Editorial Aguilar—, establece una clasificación particularmente interesante:

Metáforas antropomórficas, las que se refieren a objetos inanimados y que “están tomadas traslaticiamente del cuerpo humano y de sus partes, de los sentidos humanos y de las pasiones humanas”, como abanico (“las costillas”), macanas (“los dientes”), cántaros (“senos de la mujer”), que utilizan nuestros adolescentes.

Metáforas animales que sobresalen especialmente las que se transfieren a la esfera humana, “en donde adquieren connotaciones humorísticas, irónicas, peyorativas o incluso grotescas”, como las denominaciones que con frecuencia los adolescentes hacen de una persona: ballena (“obeso”), perro viejo (“individuo cualquiera”), caballo (“persona estúpida”), etc.

Metáforas de lo abstracto a lo concreto (y viceversa), que consiste en “traducir experiencias abstractas en términos concretos”, como hacerse un colocho (“volverse complejo o difícil algo”), arrastrar la cobija (“enamorarse perdidamente de alguien”), resbalársele la inteligencia (“ser tonto o volverse tonto”), etc.

Metáforas sinestésicas, que se basan en “la transposición de un sentido a otro: del oído a la vista, del tacto al oído”, etc., como pipián (“mujer joven y bonita”), rico (“fácil de hacer o resolver”), etc.

Manuel Gayol Fernández (1962:113), en su Teoría literaria, establece tres tipos de relaciones de significado: de semejanza, de causalidad y de contigüidad.

Por la semejanza. Las siguientes metáforas están clasificadas por la semejanza: forma, función, color, sonido y olor entre el nombre y el objeto.

Por la forma: chocorrón (“helicóptero”), forro (“cuerpo femenino”), lengua de yoyo (“chismoso”).

Por la función: aceite (“arribista”), amortiguador (“zapato”), argolla (“amigo”), chimenea (“fumador”), calzón eléctrico (“prostituta”).

Por el color: carbonear (indisponer o malquistar), coloradearse (desprestigiarse), darse color (adquirir mala fama).

Por el sonido: bocina (gritón), chillón (radiotransmisor), motorazo (alocado).

Por el olor: ácido (problema de consideración), agrio (odioso, bayunco), podrido (inmoral).

Por la causalidad: alaste (“escurridizo”), borrarse (“alejarse rápidamente”), chicloso (“fastidioso”), chirre (“desanimado”).

Por la contigüidad: cráneo (“cerebro, inteligente”), bómper (“cuerpo escultural de una mujer”).

Tabúes, eufemismos y disfemismos. En todo idioma existen ciertas palabras cuyo empleo se haya restringido o impedido porque la sociedad considera prohibido, por razones varias, “nombrar” la cosa directamente. Al miembro viril de los niños, por ejemplo, no se le dice pene sino que se recurre a otro vocablo, como palomita. La palabra “prohibida” se denomina tabú. En su Diccionario de lingüística, Jean Dubois (1994: 595) habla de “tabú lingüístico” y explica que la palabra existe, pero no debe emplearse porque está prohibido nombrar la cosa. El término que sustituye a la palabra tabú se denomina eufemismo.

La prohibición responde al conjunto de convenciones sociales (superstición, pudor, intencionalidad política, educación, etc.) que existe en toda comunidad. Las áreas prohibidas o tabuizadas son, generalmente, el sexo, las excreciones corporales, las deformaciones físicas, las carencias mentales, las debilidades morales, la edad avanzada, las enfermedades incurables, la muerte, etc.

Nuestros adolescentes recurren a una serie de eufemismos para suavizar términos que se sienten como groseros; por ejemplo, al individuo bruto, torpe, ignorante (“caballo”), le dicen caballero; al trasero, chispero; al ladrón, risueño; al sordo, sorbete, al órgano sexual femenino, pomada.

Hipérboles. La hipérbole consiste en exagerar o minimizar de modo extraordinario las características de un ser o su forma de actividad. Es una tendencia muy propia del ser humano

Nuestros adolescentes, por su edad, son muy dados a exagerar los hechos de la realidad, una forma común y espontánea de expresión de los sentimientos. Como que hay un afán de deformar los hechos y las cosas. Así, una simple espinilla es un volcán, una persona seria o triste tiene la sonrisa congelada, algo bueno o excelente es salvaje o bestial, un hombre malvado es un sarnoso, una persona inútil es un saco de desgracia.

Préstamos. Los préstamos tienen también su lugar en el lenguaje del adolescente. Se trata de un recurso muy frecuente y natural en una lengua, que recibe voces forasteras apenas queda abierto el camino de la comunicación y relación entre un pueblo y otro. En la lengua —como en otros aspectos de la vida—, se suele imitar a las personas a quienes se les profesa admiración o afecto. Y nuestros adolescentes imitan, de una u otra manera, a los artistas y cantantes favoritos. A las estrellas del cine y la televisión. Nuevas experiencias y nuevos objetos se incorporan a sus prácticas de vida. Así trasplantan modas y acomodan voces extranjeras en su terminología. Citamos, a manera de ejemplos, blue, “quien no está a la moda”; niúper, “nuevo”; pipol, “gente”, etc. Incluimos las formas híbridas como el verbo flitear (del ingl. fleet, “flota pesquera”) y el morfema español -ear: “perder el control por los efectos de la droga”.

Son dignos de mencionar también los préstamos del malespín —nuestro vernáculo argot—, de uso frecuente entre adolescentes. Además de nelfis (“caderas”) y tuani (“bueno, excelente”, etc.), que han pasado a formar parte del habla popular nicaragüense, son comunes los préstamos que se refieren a la familia (arpeni, “hermano”); las relaciones humanas (pofi, “amigo”); las condiciones físicas de una persona (frendi, “fuerte, corpulento”); los alimentos (fellone, “frijoles”); los animales (marri, “perro”); el transporte (cirri, “carro”); las partes del cuerpo (limones, “senos de la mujer joven”); los estados afectivos (pudín, “miedo o temor”); las alhajas (rienda, “cadena”); los nombres de ciudades (Frenedi, “Granada”).

Sin duda, los préstamos entre variantes dialectales tienen igualmente un valor significativo. Se trata de términos compartidos con otras hablas, como la de Cuba (ladilla, “fastidioso”); Uruguay (machona, “hombruna”); Argentina (bombear, “tener relaciones sexuales”); México (rajarse, “claudicar”); Costa Rica (carbonear, “indisponer”); y de Venezuela, chévere (“muy bueno o excelente”), un término común también en las islas caribeñas.

Esa es la voz de nuestros adolescentes, surgida en el torbellino de la vida moderna, que se distingue con sus rasgos propios: anárquica unas veces, rebelde otras veces, irreverente casi siempre; pero sobre todo creativa y llena de expresividad.

El autor es Miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí