Fernando Centeno Chiong
Según médicos miembros de la Asociación Nacional contra la Diabetes, Nicaragua ocupa uno de los primeros lugares en el consumo de aguas gaseosas a nivel latinoamericano, lo que incide en un alto nivel de desnutrición, a pesar que nuestra variedad de frutas es una de las más diversas de la región.
La ingestión de aguas gaseosas y refrescos de cola ha llegado a tales niveles que no sólo se producen en el país, hasta en envases de tres litros, sino que se están importando de América del Sur y México, ya sea en latas o en plásticos, lo que aumenta la contaminación ambiental, producto de los desechos que se acumulan en nuestros lagos y lagunas.
Somos tan excelentes consumidores de las “colas” que una empresa importadora de las mismas nos ha felicitado por “la gran acogida” que hemos dado a su producto. Esto hace suponer que pronto tendremos la posibilidad de obtenerlo en bidones (cuatro litros), o bien en botellones o a granel para satisfacer el gran mercado nicaragüense, a precios irrisorios si lo comparamos con el valor del agua purificada .
Estudios científicos revelan que el ingrediente activo de las gaseosas, especialmente las colas, es el ácido fosfórico, el cual es dañino para el calcio de los huesos y contribuye al aumento de la osteoporosis.
Algunos experimentos han demostrado que el ácido cítrico de las colas remueve las manchas de óxido, limpia las terminales de los acumuladores de vehículos, remueve las manchas de grasa y combinada con detergente elimina lo sucio de las lavadoras.
Se ha demostrado también que el excesivo consumo de estos productos altera el nivel de glóbulos rojos en la sangre, provocando anemia, acidez estomacal, insomnio, depresiones en algunos casos y otras manifestaciones que normalmente se le adjudican a situaciones de estrés u otras de origen sicosomático.
Es lamentable cómo mediante la incisiva publicidad, los hábitos de consumo y la falta de una cultura alimentaria y el conformismo, estamos siendo invadidos por una gran cantidad de “comida chatarra” y de productos líquidos que han venido a sustituir ante la complicidad y complacencia en los hogares los tradicionales refrescos naturales, el pinol, pinolillo, pozol, cebada, horchata, y otros tan excelentes para la alimentación, y en última instancia hasta el agua.
Demos la bienvenida entonces a las nuevas formas de distribución y venta de las aguas gaseosas, especialmente las colas y esperemos más felicitaciones por el honroso lugar que estamos ocupando a la par de los niveles de pobreza y desnutrición, aunque aún tenemos tiempo de ejecutar acciones para que las futuras generaciones procedan al rescate de nuestros refrescos criollos, o en última instancia tomar una decisión entre la cola o el agua.
El autor es periodista y catedrático universitario.