Jean Paul Sartre: la filosofía y el drama de la existencia

Alejandro Serrano Caldera*[email protected]

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Jean Paul Sartre: la filosofía y el drama de la existencia


Alejandro Serrano Caldera*
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En un artículo publicado en LA PRENSA en ocasión de los cien años del nacimiento de Jean Paul Sartre, 21 de junio de 1905, hicimos referencia a parte de su obra centrada en relatos como La Náusea y El Muro que sitúan al ser humano en aspectos deleznables de la existencia y también comentamos parte de su pensamiento y acción política, cuyo impacto fue considerable en la generación de 1968 en Francia y en todo el mundo.

Ahora quisiéramos dirigir nuestra atención a algunos temas medulares de su filosofía, tratados, sobre todo, en sus obras El ser y la nada, El existencialismo es un humanismo y Crítica de la razón dialéctica, alrededor de la que se abrió uno de los debates más encarnizados del siglo XX. El existencialismo, y sobre todo la versión sartreana, es una de las filosofías que más impacto ha tenido en su tiempo, aunque su permanencia haya sido efímera, al menos en lo que hace a la fuerza y pasión que despertó en su momento, de la que ha quedado más que todo una imagen nostálgica y lejana, desdibujada entre los opacos colores de una vieja fotografía.

Es irrebatible que el marxismo y el liberalismo dominaron la escena mundial durante los siglos XIX y XX, y que sus filosofías respectivas se transformaron en sistemas políticos, económicos y sociales enfrentados a través de sus potencias representativas y que el planeta se partió en dos hasta la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del sistema comunista, no obstante, ninguna filosofía influyó tanto en la vida privada, en las costumbres, en la moda y en la literatura, como lo hizo el existencialismo sartreano en sucesivas generaciones que desde el final de la Segunda Guerra Mundial, hasta la aparición arrolladora del neoliberalismo, fue profesada como una religión y una forma de vida, desde los escombros humeantes de las ciudades destruidas por los bombardeos, hasta las caves de París, desde los cafetines del barrio latino hasta las cátedras de las universidades.

A través de sus muchas obras y de la pluralidad y diversidad del género de sus escritos, quizás puedan destacarse con suficiente propiedad algunas de las tesis de su pensamiento consideradas fundamentales. En este sentido, la idea de la libertad constituye un punto medular de su filosofía, entendida como el desafío ineludible de todo ser humano sumido en su orfandad metafísica y teológica

Por esa razón, piensa Sartre, “el hombre está condenado a ser libre” y la libertad consiste en la necesidad inevitable del ser individual de decidir sobre cada una de sus acciones. La idea de la libertad, a su vez, deriva del postulado fundamental del existencialismo y que consiste en afirmar que la existencia es anterior a la esencia, o quizás formulado de forma más radical, en la negación de la esencia como tal.

Sartre entiende el existencialismo como la doctrina que hace posible la vida y que declara la subjetividad como su condición universal, en la que, según Sartre, coinciden todas las diferentes corrientes de la filosofía existencialista, la católica de Jasper y Gabriel Marcel; la atea de Heidegger, de los existencialistas franceses y del propio Sartre.

La angustia, otro concepto importante de la filosofía existencialista, resulta, para Sartre, precisamente, de la orfandad divina y axiológica en que transcurre su vida el ser humano. El hombre es angustia, pues “el hombre que asume un compromiso y es consciente de ser no sólo lo que decide ser, sino un legislador que escoge, al mismo tiempo, para sí y para la humanidad entera, no puede escapar al sentimiento de la propia, completa y profunda responsabilidad”.

El radicalismo francés en el siglo XIX, proclamó junto al ateísmo la continuidad de la vigencia a priori de la ética y los valores morales, los que, continuarían existiendo, aunque Dios no existiera. El existencialismo, en cambio, señala Sartre, piensa que si Dios no existe, tampoco existe un bien a priori, porque “no hay ninguna conciencia infinita y perfecta para pensarlo; no está escrito en ningún lado que el bien existe, que es necesario ser honestos y que no se debe mentir”.

“Dostoievski ha escrito: Si Dios no existe todo está permitido. He ahí el punto de partida del existencialismo. Así, no tenemos ni delante de nosotros ni detrás de nosotros, en el luminoso reino de los valores, justificación o excusa. Estamos solos, sin pretextos. Situación que puede caracterizarse diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado porque no se ha creado por si solo, y libre, porque una vez lanzado en el mundo, es responsable de todo lo que hace”.

Sartre rechaza con toda claridad aquellas interpretaciones que atribuyen al existencialismo una actitud quietista, asumiendo que la ausencia de Dios, de valores, de moral, junto a la angustia que produce la sensación de extravío en un mundo extraño, sin paradigmas ni referencias y sin esperanzas en un Dios piadoso que nos salve del naufragio, conduce inexorablemente a un desentendimiento de la vida, a una indolencia del espíritu y a la muerte de la esperanza y de la acción.

Por el contrario, afirma Sartre, no hay realidad más que en la acción. “El hombre no es nada más que aquello que proyecta ser; no existe más que en la medida en que se pone en acción; no es, por tanto, otra cosa que la suma de sus actos, nada más que su vida”.

La subjetividad del existencialismo es realmente intersubjetividad. El ser como existir sólo puede ser definido en relación con el otro, con los otros, el otro es indispensable para el yo, sin él mi propia posibilidad subjetiva y personal se desvanece. El ser, entonces, es un tejido de relaciones que establece más que la naturaleza humana, la condición humana, que supone una determinada situación histórica y social del sujeto, de la que depende su propia condición personal.

En lo que concierne a la posición de Sartre con respecto al marxismo, cabría decir que asume la dialéctica como el método verdadero de la filosofía y como la realidad en su propio desarrollo.

La dialéctica de Marx, a diferencia de la de Hegel, que parte del desarrollo de la idea, arranca de la realidad misma que es verdaderamente cambiante, y en ese sentido no establece un saber definitivo y absoluto que englobe todas las realidades, sino un proceso en el cual se va realizando la historia, la vida y el ser humano.

No obstante, el marxismo, o más preciso aún, las interpretaciones marxistas de la época, desnaturalizan sus propios planteamientos al exigir una adecuación de la realidad a una verdad preestablecida y dogmática, a cuyos conceptos y categorías la realidad debe amoldarse.

La separación de la teoría de la práctica hizo de ésta un puro proceder empírico y de aquella, un saber estancado y sin vitalidad. La filosofía marxista, derivada de sus epígonos e intérpretes, en vez de reflejar los procesos históricos y el desarrollo de la realidad, expresaba más bien, las ideas preestablecidas de un dogma filosófico devenido también de un dogma político.

Las ideas vacías de realidad se transformaron en mandatos imperativos que debían cumplirse, sacrificando a un dogma la riqueza de la experiencia y a partir de ahí, la riqueza del propio pensamiento filosófico.

En esta forma se cambia sustancialmente su sentido, pues la finalidad de la misma ha dejado de ser la adquisición de conocimientos a partir del estudio de la realidad histórica, para convertirse en un a priori, en un saber absoluto al cual amoldar esos acontecimientos.

Estos intentos de totalización de la verdad contradicen el espíritu del pensamiento de Sartre y de la filosofía existencialista para quienes la verdad es un devenir y no un catálogo de dogmas congelados. Para Sartre, el existencialismo busca una filosofía viva y no una teología laica, una estructura de pensamiento que trata de comprender, y como decía Marx en la undécima tesis sobre Feuerbach, de transformar la realidad, y no un cuerpo de ideas absolutas administradas por los sumos sacerdotes del poder y la política.

* El autor es filósofo nicaragüense

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