Tanque vacío, bomba cargada

Sin inversión en exploración y producción de gas y crudo, ¿cómo se crece a mediano plazo? Gustavo Stok BUENOS AIRES, ARGENTINA.- Para quien quiera pagar barata la energía, una opción a tener en cuenta es radicarse en Argentina. Los números hablan. Un usuario residencial chileno paga por el gas natural una tarifa nueve veces mayor […]

  • Sin inversión en exploración y producción de gas y crudo, ¿cómo se crece a mediano plazo?

Gustavo Stok

BUENOS AIRES, ARGENTINA.- Para quien quiera pagar barata la energía, una opción a tener en cuenta es radicarse en Argentina. Los números hablan. Un usuario residencial chileno paga por el gas natural una tarifa nueve veces mayor a la de un argentino y un brasileño, 14 veces más. En las industrias las distancias también son abismales: dos y media veces más. ¿Y qué pasa con la electricidad? El llamado “precio nudo”, que cobran las generadoras a las distribuidoras, ronda en Argentina los US$20, un tercio del valor pagado tras la cordillera.

¿Todos estos números significan que Argentina está nadando en la abundancia energética y que la creciente oferta es lo que reduce sus valores? Nada de eso. Según el estatal Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), mientras entre enero y septiembre pasados la producción de gas se mantuvo estable en Argentina, la de crudo cayó 3.6 por ciento respecto del mismo período del 2004. Ocurre que, sin inversiones en exploración y con el consumo energético al alza por la recuperación económica, las reservas hacen el camino inverso: van en caída libre. El inventario gasífero, que equivalía a 21 años de producción en el 2000, habrá bajado a nueve a fin de año, según el consenso de los analistas. En materia de crudo, las reservas cayeron entre 1999 y 2004 un 19.3 por ciento, equivalentes a 9.7 años de consumo. De mantenerse la caída, Argentina deberá importar crudo en el 2008; 20 años después de haber dejado de hacerlo en tiempos de la estatal YPF.

Las causas de la crisis no tienen misterios. Para morigerar el impacto de la explosión económica, a comienzos del 2002 el gobierno de Eduardo Duhalde convirtió a pesos argentinos y congeló las tarifas de la energía eléctrica y el gas, excepto para los 4.5 millones de hogares, mayoritariamente de condición humilde, que consumen gas licuado por garrafas o balones, cuyos precios aumentaron 140 por ciento entre 2002 y 2004. Su sucesor, Néstor Kirchner, mantuvo el esquema con algunas excepciones, como el incremento de los precios del gas que pagan las industrias en boca de pozo. El resultado de esa distorsión de valores, que estimula el consumo y desalienta la inversión, es la actual escasez.

El problema es que ahora el déficit energético está poniendo un techo bajo a mediano plazo a la recuperación económica del país. Con un cerrado cuello de botella en disponibilidad de energía previsto para el 2007, las grandes decisiones de inversión, que son imprescindibles para sostener elevado el crecimiento, están siendo demoradas a la espera de que se resuelvan las incertidumbres del sector. “Si Argentina no tuviera problemas energéticos, podría crecer en los próximos años entre uno o dos puntos más que lo proyectado”, dice Sergio Fuentes, analista de Standard & Poor’s, en Buenos Aires.

AUTISMO ENERGÉTICO

Hasta ahora, la respuesta del Gobierno ha consistido en minimizar las dificultades y patear la pelota hacia delante. “Pasamos del autismo cambiario de los noventa al autismo energético actual”, dice Daniel Montamat, ex secretario de Energía del país y titular de Montamat Consultores, en Buenos Aires. “La energía es rehén del corto plazo político: dado que se postergan las decisiones en función de los turnos electorales, la posibilidad de corregir las distorsiones es cada vez más complicada”.

Ese es el escenario que miran con lupa las empresas que quieren hundir inversiones para abrir nuevas plantas o ampliar las existentes. Quienes se arriesgan están buscando formas alternativas de mitigar la escasez de gas del invierno sudamericano. Es, por ejemplo, el caso de la brasileña Camargo Corrêa, que se hizo cargo en julio pasado de Loma Negra, la mayor cementera argentina. Para evitar el cierre temporal de algunas de esas plantas por la falta de gas, está estudiando inversiones en biocombustible a base de coque de petróleo. En los últimos dos inviernos, Loma Negra, al igual que otras empresas, sufrió cortes en sus contratos con servicios interrumpibles, aquellos que pagan menos por la energía.

Si la tendencia se mantiene, esos cortes pueden intensificarse en los próximos años. “La proyección es que la oferta eléctrica deje de acompañar el crecimiento de la economía en 2007”, dice Roberto Carnicer, analista de Freyre & Asociados, representantes en Argentina de la consultora estadounidense Purvin & Gertz. El Gobierno argentino espera que para 2007 estén en operación dos centrales eléctricas que empezarán a construirse a comienzos del año próximo y que aportarán 1,600 megavatios, un 7 por ciento de la capacidad instalada actual. ¿Esa ampliación de la capacidad significa que los privados, pese a todo, están invirtiendo? A medias. Los más de US$800 millones que requerirá la inversión serán afrontados casi en partes iguales entre el Estado y las empresas. Pero la decisión de los privados está lejos de ser libre, pues, como una forma segura de cobrar, cedieron para la construcción de las centrales los US$400 millones que el Estado les adeuda a las generadoras por liquidaciones atrasadas. De no adherir al plan oficial, las empresas recién empezarían a cobrar en el 2007.

La duda es si el Estado, que declaró su quiebra hace sólo cuatro años y debe enfrentar un duro cronograma de vencimientos de deuda pública y una enorme deuda social, está en condiciones de destinar más de US$2,000 millones anuales sólo para evitar que la producción de gas al menos no decline.

Como pasó tantas veces en su historia reciente, Argentina vive el presente mientras acumula explosivos a mediano plazo.

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