- Las pandillas o maras, y la inseguridad son uno de los temas centrales de la campaña electoral en Honduras donde este domingo se elige al nuevo presidente. Un periodista de la agencia AFP habló con jefes de las maras y esto es lo que piensan del problema y lo que hacen las autoridades
Arturo GudiñoAFP
PENITENCIARÍA NACIONAL, HONDURAS.- Convertidos en el centro de la campaña de los dos candidatos favoritos de la derecha hondureña, que anuncian mayor represión contra las maras, los pandilleros dicen que les importa “un pepino” las elecciones generales del próximo domingo.
“A nosotros nos importa un pepino las elecciones del domingo, no tienen nada que ver con nosotros. Ningún gobierno está dispuesto a preocuparse por nuestras vidas”, dice a la AFP un jefe de la Mara 18, recluido en la Penitenciaría Nacional de Honduras, 30 km al norte de la capital.
Allí se encuentran recluidos 190 miembros de la M-18, una de las más temidas de esta nación centroamericana de siete millones de habitantes.
La mayoría son jóvenes, que visten anchas ropas y chaquetas de marca, zapatos tenis a la última moda, y que se pasan el día escuchando música o viendo televisión, jugando con una pelota de basket o simplemente haciendo nada.
“Aquí no existen campañas de rehabilitación. Lo único que recibimos son clases de inglés que nos dan algunas organizaciones civiles, pero del Estado no recibimos ninguna atención”, señala uno de ellos, que exige no dar a conocer su nombre o seudónimo porque puede haber represalias de las autoridades.
Un edificio de bloques de cemento, donde hasta hace unos años funcionaba una empresa textilera junto a la Penitenciaría es el albergue “inexpugnable” de la M-18. Le llaman “La Maquila” y allí no entran los policías.
Los jefes de la M-18 accedieron a conversar a la AFP tras gestiones de una activista de derechos humanos que les conoce desde hace varios años.
“Eso sí, aquí no se toman fotos”, advierte uno de los jefes, un joven de unos 27 años, que viste chaqueta de cuero negra, jeans azules y tenis, y cubre su cabeza con un gorro negro.
La advertencia la hace desde una estrecha ventanilla de una puerta de acero que los divide de la entrada, donde se encuentran ocho policías fuertemente armados con fusiles de asalto y sus rostros cubiertos con pasamontañas.
Uno de los jefes fue estudiante universitario, el otro hijo de un coronel del ejército, un tercero, de unos 35 años, el único que luce completamente tatuado en sus brazos, cuello y frente, dice que se hizo pandillero en Nueva York, de donde fue deportado en 1998.
“Las pandillas están integradas por gente que busca sentirse aceptada, tener una familia. Uno siente que eso lo trae en la sangre, porque la sociedad no te da oportunidades, hay falta de empleos y mucha pobreza, no hay amor en muchos hogares”, asegura el más joven, de unos 22 años.
De las elecciones del próximo domingo, en la que los hondureños elegirán un presidente, 128 diputados y las autoridades municipales, no les interesa hablar.
“Mire, aquí hay mucha gente con talento para las artes, pero ningún gobierno te va a buscar rehabilitar”, dice el pandillero deportado de Nueva York, mientras vuelve su mirada hacia las paredes, que lucen pinturas y lemas en negro de la M-18, junto a la figura de Cristo o de la Virgen María, estas últimas llenas de colorido.
NIEGAN LAZOS CON TERRORISTAS
Sobre las acusaciones del gobierno de Ricardo Maduro de que algunas de las pandillas podrían llegar a vincularse con grupos terroristas, responden que eso “es pura paja”.
“Nosotros no tenemos nada que ver con los grupos terroristas. Eso es pura paja. Ellos son terroristas y tendrán sus ideales, nosotros somos pandilleros, nosotros cuidamos el barrio”, dice con cierto desprecio el pandillero de chaqueta de cuero.
Estos tres jefes, sobre todos los más jóvenes, provienen de familias de clase media, según la activista, y la manera de expresarse y sus modales así lo reflejan.
Los jefes mareros tampoco permitieron recorrer el edificio, y atendieron a la AFP a unos cuantos metros de la entrada.
UN DEBATE INEXISTENTE
El combate a la corrupción, la pobreza y el desempleo, principales problemas junto con la inseguridad y las pandillas, fueron los grandes ausentes de la campaña electoral de Honduras, que culminará con los comicios generales de mañana domingo, de acuerdo con los analistas.
Los candidatos presidenciales favoritos para ganar los comicios: Manuel Zelaya, del Partido Liberal, y Porfirio Lobo, del Partido Nacional (PN), ambos de derecha, tocaron de manera tangencial esos temas, ofreciendo “soluciones”, pero sin precisar cómo van a lograrlo.
Según estudios oficiales, más del 70% de los siete millones de hondureños vive por debajo de la línea de pobreza, hacinados en cinturones de miseria alrededor de la capital o en el interior del país, sin contar con los más mínimos servicios públicos.
El desempleo aqueja a más del 30% de la Población Económicamente Activa, mientras que la corrupción es uno de los principales problemas de esta nación centroamericana, de acuerdo con mediciones de organismos internacionales.
El Foro Social de Deuda Externa y Desarrollo Social de Honduras (FOSDEH), integrado por economistas y profesionales, señaló este fin de semana que “lo que debió ser la agenda electoral” durante la campaña “terminó siendo oculta”.
Las pandillas juveniles, conocidas como maras, que según FOSDEH suman unas 45,000 personas, y según el gobierno 100,000, fueron convertidas en “el principal problema del país, por encima de la pobreza, miseria, corrupción, débil economía, migración, falta de empleos e inconformidad social”, indicó el organismo de economistas.
El Tribunal Supremo Electoral (TSE) garantizó el viernes la limpieza de los comicios generales a realizarse el domingo en Honduras, en los que más de 3.9 de los siete millones de habitantes están habilitados para votar.
¿CUÁNTOS SON?
Las pandillas o maras se convirtieron en el centro de la campaña electoral hondureña. Las autoridades estiman que unos 100,000 jóvenes las integran. Otros estimados ponen la cifra en entre unos 40 mil a 60 mil. La mayoría, por lo general de origen humilde, comienza a integrarse después de los 10 años de edad.
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