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Ética, estética y verdad
Como seres sociales no podemos dejar de emitir criterios o juicios de valor. Al leer los periódicos o ver la televisión casi de manera automática avalamos o condenamos los hechos u opiniones de este o aquel individuo. Ante la corrupción de los funcionarios públicos es imposible permanecer neutrales. Hasta nuestro silencio o nuestra inercia comunican un juicio de valor. Además, como seres éticos, nos preocupa lo que los demás piensan de nosotros.
Cuando hemos hecho algo “malo” nuestra conciencia nos da testimonio de que no hemos alcanzado el “ideal”, el cual existe de manera objetiva y es distinto e independiente de nosotros. Ese ideal moral fue creado por Dios e infundido en la conciencia de todos los seres humanos.
Así se explica que en cualquier lugar y cultura los seres humanos puedan distinguir entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Las pocas diferencias que existen en el criterio moral de una y otra cultura se explican por los distintos niveles de madurez y de educación que tienen.
Con el desarrollo de estos aspectos aumenta el entendimiento y la unidad de los criterios morales. Que las personas tengan conciencia de las normas morales no significa que las cumplan. Pero ese es otro asunto. Así, pues, los argumentos a favor de la naturaleza subjetiva de la moralidad no tienen base histórica ni sociológica. Si la moralidad fuera algo subjetivo se la podría tratar como una simple cuestión de preferencia personal. Así como alguien prefiere uvas y no peras pero alguien más peras y no uvas, una persona podría optar por robar toda su vida en vez de trabajar y no sentir por ello ningún remordimiento de conciencia. Si la moralidad fuera algo subjetivo, todos tendríamos siempre la razón con respecto a cualquier asunto de esta naturaleza. Nadie jamás estaría equivocado. Pero nuestra experiencia cotidiana enseña que esto sería absurdo.
Lo mismo podemos afirmar con respecto a los juicios estéticos. Todos tenemos un criterio con respecto a cualquier manifestación artística. Pero ¿quién está más cerca de la verdad? ¿Se puede hablar de verdad estética? ¿Existe algún criterio para diferenciar lo bello de lo menos bello o de lo que no lo es? ¿O es cierto el dicho que “en gustos no hay disgustos”? ¿Cómo explicarnos las diferencias de gustos estéticos entre las personas? Por ejemplo, ¿por qué más personas de esta generación prefieren escuchar un reggaeton de Daddy Yankee a, digamos, Claire de lune, de Debussy? ¿Por qué muchos ven con más simpatía un graffiti de un pintor reciente que un Rembrandt? ¿Por qué James Joyce o Thomas Mann son menos leídos que Dan Brown (El código Da Vinci) o John Grisham (El cliente, El informe pelícano, El jurado)?
La respuesta es sencilla, por la misma razón que explica las divergencias de los criterios morales: la diferencia en los niveles de madurez y de educación de las personas. Que la mayoría prefiera algo estéticamente inferior no significa que esté en lo correcto ni que haya llegado a un mejor entendimiento de la verdad estética. Asimismo, que algo esté de moda no quiere decir que sea bello.
Sino, preguntémonos ¿qué tienen de bello los pantalones “cholo”’ que usan muchos adolescentes hoy día con el tiro en las rodillas y el ruedo barriendo las calles por donde caminan? ¿Qué tiene de bello el arete en la nariz, en la frente, los labios o las cejas de una estudiante universitaria? Se trata simplemente de la moda. ¿Y qué es la moda? Un criterio forzado por intereses mercantilistas, criterio que se vende a personas incautas e inmaduras. Moda y verdad estética no comulgan necesariamente.
Establecer la posibilidad de saber distinguir la verdad en cuestiones ético-morales y estéticas es fundamental para poder guiar a nuestros hijos en la toma de decisiones. Frases como “no hay que juzgar a nadie”, “yo no digo que esté bueno o malo”, “no importa qué escojas, lo importante es escoger algo”, etc. son un reflejo de la confusión y caos que prevalece en muchas mentes.
La juventud —sobre todo— necesita entender que hay una verdad y una mentira ética y estética. Que los actos humanos son buenos o malos y que hemos sido dotados para distinguir y escoger entre unos y otros, y que por supuesto, nuestras decisiones tienen consecuencias en nuestras vidas y en la de los demás.