- Con la excepción de los granos de cacao, las monedas que circularon en Nicaragua antes del primer billete nacional —emitido en 1879— fueron metálicas. En este trabajo —leído como ponencia en junio de 2001, durante un encuentro de numismáticos e historiadores latinoamericanos celebrado en San José de Costa Rica— se estudian a la luz de los contextos y hechos históricos. El autor agradece al BCN la asistencia a dicho encuentro y reconoce el aporte de los especialistas en numismática centroamericana: Oscar de la Cruz, Allan Ludeking y Guillermo de la Rocha. JEA
EL CACAO MESOAMERICANO DE LOS NICARAGUAS
El cacao fue la primera moneda que circuló en Nicaragua, o mejor dicho, entre las culturas aborígenes que habitaban el territorio a la llegada de los españoles. De origen silvestre, su expansión se dio desde la selva amazónica, llegando a ser característico de Mesoamérica. Los Nicaraos, establecidos en el istmo de Rivas, monopolizaron su cultivo e impusieron sus granos como base de intercambio. Con 100 granos se adquiría un esclavo, con 10 un conejo, con otros 10 el servicio de una guatepol (prostituta) y con 2 una paloma.
El cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo describe el cuidado que los Nicaraos ponían el árbol a la sombra de otro más grande (madre cacao), cuyas ramas más altas eran dobladas sobre el pequeño para protegerlo de los directos rayos del sol. El mismo cuidado desplegaban los indígenas que no eran caciques, ni capitanes ni sacerdotes —los únicos que podían beberlo en forma de chocolate— al falsificarlo extrayendo la pulpa —mediante el taladro de la almendra con espinas— y rellenando la cáscara con tierra.
Única moneda bebible en el mundo, el cacao fue elevado a categoría de dios (Cacahuat) y se le tributaba, al final de la recolección del grano, una ceremonia conocida como Juego del Volador. Por lo demás, su importancia posterior fue tal que se mantuvo como unidad monetaria hasta muy avanzado el siglo XIX.
Las monedas españolas: maravedí, ducado, real de plata
Durante la época colonial, la provincia española de Nicaragua no acuñó ninguna moneda, pues carecía de autorización real para ello. La primera que se introdujo desde la península ibérica fue el “maravedí de plata”. A esta moneda siguió el ducado de oro que lo recibían como salario únicamente los altos funcionarios. Fue el caso de Rodrigo de Contreras, tercer gobernador de la provincia, que tenía como salario anual 1,500 ducados; el 4 de marzo de 1534 una cédula real le autorizó a cobrar, como “ayuda de costa”, otros 200 ducados, llegando a sumar sus ingresos 900,000 maravedíes, medio millón más que los diezmos anuales de la Iglesia. De ahí su conflicto con el obispo Antonio de Valdivieso, quien terminó siendo asesinado por el hijo mayor de Contreras.
Los salarios se pagaban “por tercios”, es decir, cada cuatro meses y en maravedí. Pero esta moneda, hacia 1550, ya había perdido su valor original y 34 de ellos constituían un real sencillo de plata, moneda que circuló —aunque escasamente— a lo largo de casi tres siglos. Ocho reales valían un peso pero en 1580 una inflación acosaba a la provincia, de manera que los oficiales reales de León se quejaban “de ser la tierra tan cara y valer las cosas della y las de Castilla a excesivos precios…tanto que fuera de ella (la provincia de Nicaragua) no vale siete reales el peso ni quieren recibir tal moneda fuera de dicha provincia…” En realidad, esta situación no era sino reflejo de la permanente crisis económica que experimentó el imperio español en América.
Un real de plata sencillo: 200 granos de cacao
En el siglo XVII, un real de plata sencilla valía 200 granos de cacao y los indios recibían a la semana como pago 6 reales de plata, pero algunos hacendados les pagaban sólo 3 reales de plata 600 granos de cacao y esta costumbre fue aprobada por las autoridades de la Capitanía General de Guatemala.
LA PRIMERA MONEDA ORDENADA DESDE NICARAGUA
Otras monedas españolas que aquí circulaban, todas de plata, eran acuñadas en las respectivas Casas de Moneda de los virreinatos de México y Perú; y, a partir de 1733, en la capital del Reino de Guatemala. Allí se acuñó la llamada “primera moneda nicaragüense”, que ordenó desde León en 1808 el gobernador José Salvador. Era circular y tenía grabado en el anverso el busto de Carlos IV y la inscripción: FERNANDO. VII. REY. DE. ESP. E. IN. 1808; mientras en el reverso figuraban las armas de León y la inscripción: PROCLA. EN. LA. C. DE. LEON. DE. NICAR. Se conoce esta moneda como la de la Proclamación de Fernando Séptimo, acontecida en 1808. Su diámetro era de 21 milímetros y su peso: 3.2 gramos.
LA PROCLAMACIÓN DE ITURBIDE
Una segunda moneda, ordenada por las autoridades de la provincia de Nicaragua —esta vez imperiales, o sea, adscritas al Imperio de Agustín de Iturbide de México— tenía de anverso el busto de Iturbide, rodeado de la inscripción: AGUST. I. EMP. DE MEXICO. 1822 y en el reverso aparecía un león rampante apoyado en un volcán dentro de un círculo de laureles, todo circundado de esta otra inscripción: PROCLAM. EN LEON DE NICAR. A. 2. DE LA INDEP. Medía 20 milímetros y su peso era, como la anterior, de 3.2 gramos. También se acuñó en la Casa de Moneda de la capital del Reino.
En resumen, la provincia de Nicaragua no acuñó ninguna moneda. El cacao aborigen siguió utilizándose. Sin embargo, el imperio español —que padecía de una crisis económica de carácter crónico— hizo circular en ella, aunque escasamente, las monedas acuñadas tanto en la península como en los virreinatos de México y del Perú y en la Capitanía General o Reino de Guatemala.
Reactivación de la Casa de la Moneda de Guatemala
Recién independizado dicho Reino, continuó operando la única Casa de Moneda que en su capital se había establecido a principios del siglo XVIII. Allí, como vimos, se acuñaba el numerario requerido para realizar las transacciones comerciales y pagar los impuestos en todo el Reino, donde tenían curso legal otras monedas no sólo originarias de España sino de otros territorios americanos. Entonces, durante los casi diecisiete meses que duraría la Anexión a México, dicha Casa fue reactivada y en 1822 y 1823 acuñó monedas imperiales. Simultáneamente, Honduras —conocida por su tradición minera— acuñó ese mismo año su moneda propia del tipo “macaco”.
Ya en marcha la República Federal con el nombre de Provincias Unidas del Centro de América, visitó la ciudad de Guatemala el inglés G. A. Thompson, comisionado para informar al gobierno británico de sus primeros pasos. En el libro que dejó de su misión oficial, Thompson cuenta que estuvo en la Casa de Moneda cuyo Director, don Benito Muñoz, le mostró todo el establecimiento. “Es un edificio de mediano tamaño y había dos máquinas trabajando en la acuñación de la moneda de la República”. Y añade que satisfacía la pequeña demanda de numerario, aunque oyó que se planeaba “montar una máquina de vapor en lugar del aparato tosco y movido por mulas como el de México; pero, siendo así que a doscientas yardas de la plaza hay una buena cantidad de agua, indiqué la baratura y facilidad de emplear ese elemento en vez del sistema actual…Antes de salir de la capital —concluye— tuve el gusto de saber que el plan indicado por mí había sido discutido por las personas competentes y se consideraba factible y ventajoso”.
LA MONEDA CONMEMORATIVA DE LA INDEPENDENCIA
La nueva moneda de la República —a la que se refería Thompson— estuvo precedida por una de carácter conmemorativo: para perpetuar el significativo acontecimiento de la Independencia, como lo habían dispuesto —y encomendado al Ayuntamiento— los firmantes del Acta emancipadora. Se trataba, por tanto, de la primera pieza numismática de la Centroamérica republicana.
La pieza tenía los siguientes emblemas. Por el anverso, en el centro, se representa la Historia en figura de una matrona, con un martillo en una mano y un cincel en la otra, en actitud de esculpir en el pedestal de la pirámide la inscripción de la fecha memorable y el nombre y apellido del gobernador español que propició la proclamación: “15 de septiembre de 1821 Gabino Gaínza”. Delante de sí, la figura femenina tiene puestos en el suelo un rollo de papel y un libro, símbolo de la Historia general de todos los países; la pirámide referida, que ocupa el primer término, significa el momento triunfal que ese día consiguió Guatemala, y por eso se halla condecorado con sus armas. Las otras pirámides, vislumbradas a lo lejos, son monumentos de iguales triunfos, obtenidos en los demás estados americanos, por lo que se hallan marcadas sus bases con las iniciales de los nombres a que corresponden, como la M y la L, respectivamente, de México y Lima. En su orla contiene este lema: “Guatemala libre e independiente”.
Por su reverso, también en el centro, se estampa una figura alada, en representación del Genio de la libertad americana, coronado de laurel y ceñido con un tahalí de plumas, con su carcax a la espalda, separando con ambos brazos y el mayor esfuerzo, los dos mundos, desunidas ya las manos que hacían dependientes al nuevo del viejo; pero, al mismo tiempo, ofrece a éste su amistad y paz por medio del olivo que porta en la misma mano que le separa; y aquél —el nuevo— la próspera abundancia en el cuerno de la fertilidad que derrama sobre él en manifestación de que han concluido los obstáculos que la impedían. La leyenda de la orla no podía ser más lapidaria: “El libre ofrece paz, pero el siervo jamás”.
LA PRIMERA MONEDA DE LA FEDERACIÓN
Pero la primera moneda efectiva de las Provincias Unidas del Centro de América —según acuerdo del 19 de marzo de 1824— comenzó a circular en 1826. Tiene, en el anverso, una cordillera de cinco volcanes, y a su lado izquierdo, un sol naciente como símbolo del inicio emancipador. En el reverso, aparece un árbol —la ceiba, árbol cosmogónico de la mitología maya— con la leyenda: “Libre Cresca Fecundo”, su lugar de acuñamiento NG: Nueva Guatemala (las anteriores a 1773 consignaban G: Guatemala), 10 Ds: diez décimos y 20 Gs: veinte gramos de plata. Esto era válido para las monedas de ocho reales de plata. Su diferencia con la de oro estaba en el cordoncillo y en el sitio del sol naciente.
En su artículo primero, el acuerdo citado prohibía “la acuñación de toda clase de monedas con el busto, escudo de armas u otros, cualesquiera emblemas que sean propios y distintivos de la monarquía española”. Sin embargo, en su artículo segundo establecía que toda moneda de oro y plata que se acuñase en cualquiera de los Estados de la Federación “será del peso y ley que le asignaba el gobierno español, sin que en este punto haya de modo alguno la menor diferencia”. Además, indicaba las características grabadas ya descritas. Para el anverso, la cordillera de cinco volcanes y al lado izquierdo “un sol comenzando a descubrirse por detrás de la misma cordillera”, más una leyenda circular: “República del Centro de América”, y entre el principio y el fin de ella “estará indicado en números arábigos el año de acuñación”. Y para el reverso “…un árbol como emblema de la libertad. A los lados del tronco del árbol se colocarán el número y cifra que denoten el valor de cada pieza: en la circunferencia, la inscripción: Libre, Cresca Fecundo, y las letras iniciales de los nombres del ensayador y del lugar donde se hubiere verificado la monedación y los números que indiquen la ley de la plata o de oro, según sea la moneda”.
LA FEDERACIÓN Y EL EMPRÉSTITO INGLÉS DE 1824
Esta moneda no debió aliviar la crítica situación financiera en que se mantuvo, durante su corta existencia —catorce años— la Federación Centroamericana. En realidad, el dinero dejado por la administración colonial fue la “simbólica” suma de sesenta pesos. Pero lo más grave es que no se previeron los gastos que la nueva república iba a requerir como nación independiente. Sin el recurso tradicional del tributo indígena suprimido en 1811 por las Cortes de Cádiz, —restablecido y suprimido de nuevo a raíz de la Independencia— la situación ya era deficitaria al instalarse el primer gobierno federal.
Por eso se decretó el 6 de diciembre de 1824 que autorizaba a éste contratar un empréstito con la Casa Barclay, Herring y Richardson. Su valor nominal era de 7,148.000 millones de pesos, de los cuales sólo llegaron 328,316 a Centroamérica. Conocido por “la deuda inglesa”, su objetivo era sostener los gastos del ejército y el pago de los sueldos de los empleados. Al quebrar la firma contratante en 1826, los acreedores pasaron a estar representados por Reid, Irving and Company. En fin, los resultados del empréstito fueron desastrosos: “El dinero que llegó no tuvo inversión productiva y el pago de intereses dio origen a más de una protesta (e incluso intervención armada) del cónsul británico (Frederick) Chatfield. Al disolverse la Federación, cada Estado se hizo cargo de una parte proporcional de la deuda, la cual sólo se saldó definitivamente en 1945”.
LAS «MACUQUINAS» RESELLADAS
Mientras tanto, el caos monetario definió el período federal tanto en la capital —Guatemala— como en el Estado de Nicaragua. Las “macuquinas”, recogidas y reselladas, circularon ampliamente. Thompson las describió como “monedas recortadas de todas formas y dimensiones” y que “variaban” desde la mitad del tamaño de una pieza de seis peniques hasta el de una media corona”. Y agrega, refiriéndose a su circulación en Guatemala: “Era casi imposible saber su valor relativo; no obstante, el público no tenía dificultad en dárselos mediante algunas marcas toscas que llevan casi siempre borradas y, a pesar del desgaste y de los recortes evidentes que habían padecido, continuaban corriendo por su valor nominal y con tan buena fe de parte del público, que a menudo me devolvieron piezas por valer solamente medio real, en tanto que otras, de la mitad de su tamaño, las tomaban por uno. Así no es raro que hubiese vehementemente deseos de tener una nueva moneda acuñada”.
En Nicaragua también circuló, muy pronto, la “macuquina” resellada. En efecto, fue autorizada por el decreto del 14 de enero de 1826 que, asimismo, facultaba a los administradores de Rentas públicas y demás funcionarios de Hacienda a perseguir a los “monederos falsos”: individuos dedicados a su falsificación y a la de otras monedas. A éstos, una vez capturados y juzgados, se les castigaba “con diez años de presidio en la fortaleza de San Carlos”; y a sus acusadores o denunciantes se les premiaba con cincuenta pesos “de los bienes del acusado y si éste fuere pobre, del erario público del Estado”. Las “monedas falsas”, sin embargo, nunca pudieron eliminarse de las transacciones, ya que a mediados de 1835 los mismos funcionarios de Hacienda las usaban para negociar y medrar con ellas.
LAS «MACUQUILAS» DE LEÓN Y GRANADA
No fueron los casos de algunas monedas acuñadas en León y Granada. Luis Cuadra Cea refiere su existencia afirmando que eran acuñadas por maestros plateros “y aceptadas en Costa Rica como de buen ley; y viceversa, era recibida en Nicaragua la acuñada en Cartago desde 1822…Todas estas monedas eran defectuosas, de difícil imitación”. En realidad, caben dentro de la clasificación de “macuquinas”, si recurrimos a la definición de Humberto F. Burzio en su Diccionario de la moneda hispanoamericana:
“Dase el nombre de macuquina a la moneda colonial hispanoamericana de plata u oro, batida en cospelas irregulares sin cordoncillo, de bordas recortadas, espesor y módulo variables y de tosca acuñación, que con el nombre de corriente circuló en América con un valor menor respecto a la de cordoncillo de los tipos columnario y de busto, llamado fuerte”.
Según el documento de hacienda 982 del Archivo Nacional de Costa Rica, correspondiente a la sesión del 9 de febrero de 1824, ambas monedas tenían “figura de cortadas y las armas que usaba españa en la moneda macuquina (sic)…” En otras palabras, circulaban en el Estado vecino de acuerdo con los convenios entre la Junta Gubernativa del mismo Estado y las de Granada y León, firmados respectivamente el 9 y el 24 de septiembre de 1823. Para esa fecha, “la moneda hecha por el Gobierno” y acuñada en León corría por toda la provincia de Nicaragua llevando el “quinto” o sea, una marca que la identificaba como buena, dando el peso y la ley correctos.
Oscar de la Cruz, en su monografía sobre el tema, informa que Mariano Montealegre —Enviado especial del gobierno de Costa Rica para cobrar una deuda con el gobierno de León por venta de tabaco— recibió tres mil pesos en esa moneda legítima. Pero después fueron introducidos otros miles de pesos en moneda “contrahecha por los modelos de las de Tegucigalpa y León”. El peso fuerte equivalía a una moneda de ocho reales plata. Sin embargo, nadie ha visto ni posee una pieza con ese valor.
En cuanto a las macuquinas de Granada, Montealegre hizo una devolución de ellas a la Junta Gubernativa de esa ciudad. (Nicaragua, entonces, era gobernada por dos ciudades en pugna, a raíz de la disolución del Imperio Mexicano en junio de 1823). Y la causa era que no cumplían con el peso, la ley ambas, siendo rechazadas por los comerciantes costarricenses. Más de setecientos pesos fuertes sumaba el valor de las monedas devueltas.
Allan Luedeking, experto en numismática nicaragüense, afirma que no se conocen monedas de dos reales plata con el emblema de la granada, pese a que alude a ella el Jefe de Estado de Costa Rica en carta del 3 de abril de 1825. Las de León —reproducidas en el catálogo de Krause y Mishler y en el de Luis H. Flores— corresponden a monedas de medio real plata y de dos reales plata, ambas del año 1823. Físicamente ninguna de las auténticas ni las falsificadas se encuentran al alcance de los coleccionistas e investigadores. Con todo, no hay duda que existieron.
LAS MONEDAS DE LAS JUNTAS DE EL VIEJO Y DE GRANADA
También existieron —y se han fotografiado— las monedas de las Juntas de El Viejo y de Granada que se acuñaron en 1824 durante la guerra civil de ese año. Pero son sumamente escasas. Luedeking posee una de El Viejo y sólo conoce tres piezas, todas diferentes y de 1824. Dos de ellas, con el valor de dos reales plata, tienen un anverso diferente: en una, la cruz; y en otra tres volcanes. Hay un tipo distinto en el catálogo de H. Schulman de la colección Gibbs de 1964: la presencia del gorro frigio que refleja la repercusión francesa.
En Granada también se acuñaron en 1824 monedas de dos reales plata, de un real plata y de medio real plata. En la esquina inferior izquierda y en la superior derecha de este medio real plata se aprecian la cruz y el emblema de la ciudad: una granada. Se han dibujado en el capítulo “Mintage Manual for Nicaragua” (enero, 1963) de la serie The Numismatie Scrapbook Magazine.
EL CAOS MONETARIO
Como se constata en el decreto ejecutivo del 11 de agosto de 1837, el signo del caos monetario que se vivía era casi babélico: según ese documento, circulaban entonces la federal, las de Colombia y Zacatecas, las “de oro o de plata desde un cuartillo hasta una onza”, las apodas caliente, piruja y vaciada; y la provisional de Honduras. Con la excepción de ésta, las restantes fueron autorizadas “para ser recibidas en cambio, compras y en todo aquello para que fueron fabricados, bajo la pena de ser multado el que la repugne en igual cantidad a la que no quieran tomar”.
Después de separada Nicaragua de la Federación, se dispuso “el modo con que deben correr las monedas del Perú, Bolivia, Arequipa y el Cuzco”, según otro decreto, dado en León el 27 de enero de 1840. Dos años más tarde, ya se planteaba establecer una Casa de Moneda en el Estado a través de un contrato que no llegó a constituirse con el señor Alejo Mora. Y el 4 de septiembre de 1844 se autorizó la circulación de la moneda llamada Chilacate, o sea, la legítima de peso diminuto por su desgaste.
UN PAR DE CAITES: DIEZ CENTAVOS DE DÓLAR
Entre los numerosos decretos monetarios de la época, destaca el que ordena el centavo circunscrito al Mercado de León, emitido el 12 de septiembre de 1859. Su valor se establecía en relación a la moneda de diez centavos de dólar de los Estados Unidos, o dime, que circulaba ampliamente desde la instalación de la Compañía del Tránsito —entre San Juan del Norte y San del Sur— en 1851. Por ejemplo, con 1 dime se podía comprar un caite, como lo refiere esta retahíla que popularizó en León un fabricante artesanal de esta sandalia rústica que usaba la mayoría de la gente:
Cimiento de buey,
unto de venado,
troza la lima,
soca el maguey,
sasome daime
para esta tuerta caraja.
O sea: preparaba la materia prima: cuero de ganado vacuno, untándole la grasa del venado para descrudizarlo; luego le daba forma a cada caite con la lima o cuchilla y le incorporaba la fibra vegetal de maguey como cordones. Y, por fin, expresaba: “Sasone daime” (coseché diez centavos de dólar) que iban a parar a su mujer (la “tuerta caraja”).
FUENTES:
Arellano Jorge Eduardo: Síntesis histórica de la moneda en Nicaragua. RAGHN, Tomo LX, marzo 2003 pp. 3-73.
Banco Central de Nicaragua: Del cacao al córdoba oro. Managua, agosto 1990 y La Moneda en Nicaragua: Reseña histórica. Managua, 2000.
Flores, Luis H: Nicaragua/ITS COINS/PAPER MONEY/MEDALS/TOKENS, Managua, 2002.