“Ambiciones que matan”

Joaquín Absalón Pastora*[email protected]

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“Ambiciones que matan”


Joaquín Absalón Pastora*
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Este es el título de un clásico del celuloide y es también el título de una corrosiva enfermedad. Ésta se ensaña contra los seres humanos que muestran una insaciable disconformidad con lo que tienen. Como si fuese una llaga opuesta a la tersura de la felicidad, el ansia de subirle “la parada” a los goces de la fortuna, del poder y de la vanidad, los mantiene atados a un infinito: “ser más, tener más, ver al resto como “simples mortales”, mientras ellos intoxicados por la ponzoña quieren ser como los dioses.

Las consecuencias del trastorno pueden ser tan fatales, como las de perder en el riesgo la propia vida y las equilibradas dosis de tristezas y alegrías del común denominador, con tal de conseguir los objetivos y si éstos son saciados, buscar posteriormente otros en la cadena sucesiva e interminable, sin alcanzar nunca la complacencia capaz de llenar el “buche” de cualquier ponderado racionalista de este planeta.

Póngase el más fresco ejemplo de esta afectación. Se llama Alberto Fujimori. Qué más pedirle a la vida diría el conforme. Tuvo poder en el Perú no obstante haberlo maltratado en el segundo período con el cual no quedó satisfecho pues necesitaba abrir las puertas del tercero y ahí se dio contra la cabeza.

Figura de escasa repercusión en la vida pública del Perú, Fujimori logró derribar la celebridad en política que venía levantando Mario Vargas Llosa, dejándole sus glorias literarias. Si no lo hubiesen asaltado los zamarrazos de la ambición con sólo el primer período —sin volver jamás— hubiera honrado el cofre de los buenos recuerdos. Pero siguió adelante, incontenible, aplicando codazos contra cualquier pretendiente y rompió la elegante tradición protocolaria de renunciar en el palacio para hacerlo vía fax desde el distante exilio.

Más japonés que peruano —peruano por accidente y nipón por sangre— se fue a su levante donde recibió el intenso cariño reservado para los dilectos. Ahí tenía todo; seguridad, salud, dinero y el exquisito postre de una novia cuyo corazón ha quedado roto por la imprudencia, implícito su enternecedor optimismo según propia declaración: “todo saldrá bien, Alberto logrará lo que se propone”.

Si los cálculos dentro de los cuales estaban incluidos los de la cárcel, le salen favorables, —podría ocurrir dentro de lo insólito— haber caído en “la boca del lobo” de la gendarmería será siempre una actitud temeraria.

¿A qué se atiene? Al poder del Japón? ¿A que él es intocable ciudadano japonés? Japón tiene plata pero en este caso ante la solidez de la judicatura chilena, veo improbable emplear exitosamente la tonadilla de que “el que tiene plata platica”.

Negada la libertad provisional, los caminos conducen a la extradición cuyo trámite ya se ha iniciado salvo que ocurra lo inesperado a través de una resolución de la Corte Suprema de Justicia.

A su situación se agrega la certeza de no querer el presidente Ricardo Lagos aumentar la confrontación con su vecino geográfico a través del litis sostenido desde hace mucho tiempo.

El Poder Judicial del Perú está luchando intensamente contra el tiempo para atrapar a la presa no como un acto de venganza si no para que responda por los desafueros cometidos después de transitar por cuatro largos años de gestión ante el Japón infructuosamente porque el convicto es pertenencia ciudadana de esa tierra.

“Detrás de una gran fortuna hay un crimen”, afirma Honorato de Balzac. La frase vuelve cada vez que un tagarote de esa naturaleza se ve envuelto en el estrépito.

¿Quedará impune el crimen?

* El autor es periodista

Editorial
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