Fuente y cumbre de vida

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Durante las semanas recién pasadas, en Roma, el Santo Padre Benedicto XVI, reunido en Sínodo, nos invitó para que la Eucaristía siga siendo fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia.

Es la Santísima Eucaristía el más grande y el más excelso de todos los sacramentos, pues es la mayor acción de gracias que podemos ofrecer a Dios Padre, pues en la Eucaristía se contiene a Jesucristo, se ofrece a Jesucristo y se recibe a Jesucristo.

Desde aquella tarde bendita del Jueves Santo, el mismo Hijo de Dios instituyó tan augusto Sacramento, y se quedó en su Cuerpo y en su Sangre, como lo proclama nuestro dogma de fe, basado en la Sagrada Escritura.

Es la fuente, porque es el manantial de donde se nutre la vida de la Iglesia. Es la cumbre, porque no hay don tan grande ni misterio tan adorable como la presencia real de Jesucristo en la hostia consagrada.

Es a los pies del Santísimo Sacramento en donde podemos encontrar la paz, la alegría, la concordia, la iluminación en todos los momentos de duda, la fortaleza en los momentos de debilidad y de dolor, la esperanza para seguir adelante en la misión que el divino Maestro nos ha dado para seguir proclamando la buena noticia, que Jesucristo está con nosotros siempre, hasta la consumación de los siglos.

Hace algún tiempo leí una historia muy hermosa sobre una Iglesia que fue profanada en Europa en tiempos de guerra. Al sacerdote lo apresaron dentro de la misma Iglesia, y desde el lugar donde se encontraba prisionero, miró cómo se profanaron las especies eucarísticas. El sacerdote sabía que habían treinta hostias consagradas que habían sido sacrílegamente tiradas al piso por aquellos bárbaros, y observó desde su celda improvisada, cómo cada atardecer, de manera inexplicable, porque la Iglesia estaba custodiada por soldados, se introducía una niña de unos 11 años, que el mismo sacerdote prisionero en ese momento, tiempo antes le había dado la Primera Comunión.

Eran los tiempos cuando la sagrada forma, se daba únicamente en la boca. Miró cómo aquella niña, burlando la férrea vigilancia, cada día, durante un mes, llegaba y se arrodillaba, se inclinaba y con su lengua recogía una hostia consagrada. Así durante un mes. El día 30, cuando solamente quedaba una hostia consagrada en el piso, llegó la niña, fervorosamente la consumió de la misma manera que las anteriores 29, y cuando hubo consumido la última hostia, fue descubierta por aquellos sacrílegos profanadores de la Divina Eucaristía, quienes inmediatamente la acribillaron, dejándola muerta. Cuántos mártires por defender la Divina Eucaristía, cuántos milagros en el transcurso de dos milenios, cuánta ternura derramada en tan grande don de Jesús.

Pidamos a la Virgen María, que fue la primera Custodia, porque en su vientre purísimo estuvo Jesús, que nos ayude a ser cada día más adoradores, más fervorosos, más ardientes, y podamos decir como los discípulos de Emaus: “Sentíamos como una llama en el corazón cuando estábamos con Él, cuando reconocieron a Jesús al partir el pan”.

l autor es sacerdote, pertenece a la Congregación de Jesús y María.

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