Roman, Times, serif»>
Degradación de la democracia
El dictador venezolano Hugo Chávez continúa su avance represivo y demoledor contra la libertad de prensa y los periodistas independientes. Así lo demuestra el hecho de que la editora del diario El Nuevo País, Patricia Poleo, y el dueño del canal de TV Globovisión, Nelson Mezerhane, fueron acusados esta semana de ser autores intelectuales del asesinato del fiscal Danilo Anderson, ocurrido a fines del 2004. A este respecto, el presidente de la Comisión de Libertad de Prensa e Información de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Gonzalo Marroquín, director del diario Prensa Libre de Guatemala, informó que Patricia Poleo ha estado en la mira del régimen de Chávez desde hace varios años y recordó que en enero pasado su casa de habitación fue allanada por autoridades chavistas, en busca de documentación sobre las fuentes que ella habría utilizado en la información que publicó sobre supuestos actos de corrupción cometidos por el fiscal Anderson.
De manera que según Gonzalo Marroquín “existe un patrón de conducta en el que el Ministerio Público (venezolano), sin muchas pruebas, la ha acusado de diferentes delitos en los últimos años”. Y advirtió el directivo de la SIP, que “la falta de independencia del Poder Judicial y la ligereza con que se ha señalado en otras oportunidades a Poleo y a otros periodistas demuestran una sistemática persecución contra los periodistas en Venezuela, especialmente contra aquéllos que denuncian irregularidades cometidas por el oficialismo”.
En realidad, Hugo Chávez se ha convertido en el peor enemigo de la libertad de prensa en Venezuela y América Latina, después del dictador comunista Fidel Castro que hizo de Cuba la cárcel de periodistas más grande del mundo. Y esa fobia contra la libertad de información y los periodistas independientes se explica en que una prensa libre es el principal obstáculo al afianzamiento del totalitarismo.
Los defensores y propagandistas oficiales y oficiosos de Chávez alardean de que éste goza de gran popularidad y que practica una verdadera democracia, que es la “democracia popular” o populista. Pero aún suponiendo que sea cierto que favorece a las masas populares y es aclamado por ellas —lo cual por lo menos es muy discutible—, eso no autoriza a Chávez ni a nadie a atropellar los derechos de los demás ni a hacer de la arbitrariedad un patrón de conducta política. La arbitrariedad, aunque sea la revolucionaria y socialista, no puede ser fuente de derecho, como se pretendió en Nicaragua en los fatídicos años ochenta del siglo recién pasado y se hace ahora en Venezuela.
“El Presidente de Venezuela —ha escrito el periodista argentino Alberto Benegas Linch, columnista de la Agencia Internacional de Prensa Económica (AIPE) cuyos artículos se publican en el Diario LA PRENSA— constituye el ejemplo más claro de la caricatura y la degradación de la democracia. Ha demolido la división horizontal de poderes, ha decapitado todo vestigio de contraloría republicana al aparato estatal y se burla de los derechos de las minorías (ante las valientes marchas opositoras el oficialismo coloca francotiradores para dispersarlas). Podemos informarnos merced a la tenaz y corajuda conducta de periodistas independientes que ahora sufren un nuevo embate por parte del Consejo Nacional de Telecomunicaciones”.
Con eso último Benegas Linch se refiere a que Chávez está empeñado en eliminar la televisión privada de Venezuela, para lo cual ordenó abrir un proceso administrativo de investigación en el que las televisoras independientes “expliquen el uso que hacen del espectro radioeléctrico.” Las empresas de TV deben demostrar que utilizan correctamente el espacio radioeléctrico, según el criterio totalitario de la dictadura chavista, o perder el derecho a usarlo.
El ex Presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, dijo en unas declaraciones que publicó esta semana el periódico de Asunción del Paraguay, ABC Color, que la conducta y las palabras de Hugo Chávez “son expresiones de inmadurez que revelan la sobrevivencia de una sicología populista que cree en una democracia de asamblea y de gritería”. Es cierto lo que dice el ex presidente Sanguinetti. Pero ojalá fuera sólo eso. Chávez y sus admiradores pueden creer lo que quieran, pero no tienen derecho a suprimir la libertad de los demás, ni a atropellar el sacrosanto derecho a la libre expresión del pensamiento y a la libertad de prensa.