Guillermo Rothschuh [email protected]
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Dos autores sobre la globalización
Guillermo Rothschuh Villanueva
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Sobre la globalización se han escrito millares de libros. Unos para denostarle y otros para hacerla aparecer como una panacea para los males que aquejan al mundo. Según la expresión de Carlos Fuentes, como Jano, tiene dos caras. Una buena y otra mala y contrario a lo que muchos piensan su visión siendo crítica es rescatable. Todavía pueden introducirse cambios en su funcionamiento. Entre este sinnúmero de autores quiero destacar a dos por las semejanzas en sus planteamientos pese a sus diferencias de formación y a los escenarios en que se desenvuelven. El prestigiado académico británico Anthony Giddens y el icono del periodismo mundial, Ryszard Kapuscinski.
El término globalización en su sentido moderno fue introducido a finales de la década de los ochenta por el británico Roland Robertson. Los escenarios en que Giddens y Kapuscinski se mueven son diferentes. El primero disertó para las conferencias Reith de la BBC en 1999, emitidas en la radio para el servicio mundial en Londres. Kapuscinski hizo sus consideraciones en Buenos Aires en el 2002 en un taller periodístico de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Las primeras semejanzas son en cuanto al su origen de la globalización. El tema comenzó a debatirse cuando la guerra fría llegó a su fin. Tiene como uno de sus ejes propulsores la revolución electrónica y los cambios profundos introducidos en los sistemas de comunicación, siendo el resultado de la victoria de las vertientes neoliberales.
Ambos autores la entienden como procesos de carácter mundial. Coinciden en que la globalización no tiene una dirección clara que permita definir este periodo de transición en que vivimos. La globalización trasciende las operaciones financieras internacionales porque tiene también un carácter político, tecnológico y cultural. Donde su coincidencia es plena es que la globalización está influida por cambios en los sistemas de comunicación. Con certeza afirman que la comunicación instantánea no es sólo una forma de transmitir noticias, altera la textura de nuestras vidas. Forma parte de nuestro discurrir cotidiano. No es cuestión de quererlo o no. Giddens y Kapuscinski están convencidos de que la globalización presiona hacia arriba y hacia abajo. En ambos casos, para debilitar al Estado. Para Kapuscinski, el Estado desde arriba sufre los embates de las corporaciones y los organismos internacionales. Kapuscinski señala que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional son quienes toman las decisiones más importantes. Para Kapuscinski se trata de un “autoritarismo oculto”. Giddens no hace ni una sola mención de estas entidades. Coinciden en que la globalización profundiza las desigualdades. Experto en el tema, Giddens se siente tentado a ofrecer cifras. Las estadísticas son angustiosas. La porción de renta global de la quinta parte más pobre de la población mundial se ha reducido en 2.3 por 100 al 1.4 por 100 entre 1989 y 1998. En cuanto a los riesgos futuros provenientes de la globalización, Giddens apunta el riesgo ecológico relacionándolo con la creciente desigualdad, mientras Kapuscinski alude al tema del agua y de la contaminación. Luego viajan en diferentes direcciones. Kapuscinski alude a la privatización de la violencia que sustrae al Estado su monopolio y enumera la multiplicación de organizaciones criminales como el narcotráfico, el lavado de dinero sucio y el narcotráfico, el surgimiento de instituciones de seguridad privada. Un tema muy caro a Norberto Bobbio. Para Giddens, la globalización sólo por ahora forma parte de la occidentalización y cada vez más está descentrándose y no se encuentra bajo el control de un grupo de naciones y menos aun, de empresas extranjeras. En este punto las diferencias de apreciación son enormes.
Los Estados Nación están en la mira de la globalización. Les cantan un réquiem. Una de sus mayores consecuencias es que la política económica nacional pierde eficacia. En esto radica la pérdida de fuerza de los políticos nacionales y el creciente desinterés de las masas por la política. Ahora nos gobierna otro tipo de poder cuyos centros se crean y crecen fuera de las fronteras nacionales. Giddens guarda juicio. Vuelven a coincidir en que la desaparición de las fronteras nacionales es una realidad irreversible. Finalmente, concluyen en la necesidad de pasar de una mentalidad de aldea a una visión universal. Vivimos, como lo afirma Giddens en “una sociedad cosmopolita mundial”. ¿Qué hacer? Ante los desafíos planteados queda el camino de la creación y reinvención de nuevas instituciones. No hay vuelta de hoja: la globalización “es la manera en que vivimos ahora”. En conclusión, uno se ve enfrentado a dos autores distintos con una visión muy parecida. Un signo más de los tiempos modernos. Vale la pena leerlos.