Edwin Mauricio Mejía Baltodano
¿Un problema de arte, composición e instalación? ¿Un problema de patrimonio nacional versus patrimonio histórico? ¿Un problema de propiedad privada de capital extranjero versus propiedad intelectual nacional? ¿Un problema de competencia estatal, gremial y ética? ¿Un problema de pobreza extrema estatal o de incompetencia extrema estatal? o ¿una ecuación resuelta hace 50 años pero, reviviendo nuevas incógnitas y negándose a aceptar resultado?
La pintora Luvy Rappaccioli cree que la obra de Peñalba fue muy moderna para su tiempo (Pie de foto Sección Revista, página 10 B, diario LA PRENSA, 1 octubre). Quizás todavía lo sea (muy moderno en el siglo XXI nicaragüense) y vuelva a ser censurada. A finales de los años cincuenta y en los primeros de la década de los sesenta fui testigo de la realización de más de una actividad de arte clásico en la Basílica de San Antonio, pues sólo tenía que caminar unos cuantos metros desde mi casa para poder ver ejecutar a don Juan Fuchs su trabajo artístico.
Don Juan Fuchs era en apariencia un pequeño hombre de aspecto germánico, pelo claro, lacio, engrasado y peinado hacia atrás que en horas de trabajo normalmente vestía un sobretodo azul de tirantes sin mangas que permitía dejar ver parte de una camiseta blanca o su torso semicubierto y, calzado o en sandalias capuchinas correctamente pringadas de los colores de la luz cuando atraviesan el prisma y sus variantes mezclas.
Verlo era como tener la visión del clásico artista, pues de ese uniforme —o del grueso delantal que ocasionalmente también usaba— sobresalían bolsas de las que a su vez salían pinceles, brochas y manchados trapos de trabajo. Cuando don Juan no estaba pintando sobre un pequeño andamio, a unos dos metros de altura, lo estaba haciendo sobre uno más grande quizá a más de ocho metros del nivel del piso, o directamente sobre barrocos ladrillos de cemento de muchos colores vivos, o en última instancia se encontraba retocando columnas, pila bautismal, altares, lavatorio de la sacristía, imágenes, murales interiores o cualquier otra tarea propia de un hombre con el oficio de artista.
Las fotos de rostros suministradas —a su solicitud— de niños y niñas de familias cercanas y devotas eran incorporadas a sus angelicales y eclesiásticas obras, en calidad de: querubines o angelitos de entorno a las pintadas figuras santas o divinas en paisajes celestiales. Don Juan Fuchs, desde mi perspectiva era un “pintor de oficio” que manejaba correctas relaciones con una institución tan severa y exigente como lo es la Iglesia Católica, su liturgia y su feligresía.
Sobre su maestría y calidad sólo se puede afirmar destreza absoluta para un arte tan particular como lo es el arte sacro, bellas ejecuciones en paredes, columnas, altares, bóvedas, cúpulas, nichos y demás elementos propios de una iglesia neogótica. Como no conozco la vida privada de este hombre —aunque sé que dejó su apellido e historia personal en Nicaragua—, sólo puedo suponer que su área de influencia artística se pudo haber limitado a la restauración de imágenes, pinturas religiosas de encargo, y demás actividades propias de artista de oficio al servicio de la Iglesia, aunque también pudo haber dedicado tiempo a la escultura, si es que es de su autoría una hermosa imagen de San Antonio que estuvo en el atrio de esa Basílica hasta diciembre de 1972 y desconozco su paradero.
El dueño o propietario de ambas obras se llama Iglesia Católica Apostólica y Romana, compleja institución religiosa extendida por todo el mundo a lo largo de 2,005 años y con sede política en el Estado Libre del Vaticano, Estado éste que ocupa parte del centro de Roma, ciudad capital de Italia.
Y es que “todos los caminos van a Roma”, es la oración con que se tipificaba a Roma como centro del mundo, en un tiempo antiguo por su poderío bélico imperial sobre un limitado viejo mundo y en otro un poco más reciente por contener toda la política de la Iglesia Católica. En la actualidad se puede afirmar que aunque no todos los caminos van a Roma, la influencia y poder de este especial Estado político-religioso a nivel global es muy grande, poderosa y rica en todo tipo de valores tangibles, intangibles y terrenales.
Esta institución-Estado extendida por todo el mundo además posee y maneja influencias del más alto nivel de gestión mundial con las que es capaz incluso de desestabilizar pacíficamente países y hacerlos volver al occidental redil —cual ovejas negras de capítulos o versículos bíblicos o eclesiásticos—. He querido acercarme a definir al dueño con la sana intención de llamar la atención acerca de esta ecuación ya resuelta —quizá por monseñor Salazar y Espinoza hace unos 50 años— y a la nueva la posición que se “debería observar” al volver a ordenar esta obra ahora aumentada y enriquecida.
Tesoros desconocidos según Zúñiga, se siente como descubriendo los tesoros de Tutancamón por lo que se ha dicho cree que fueron tres… (Revista, ídem). Para creyentes católicos y para esotéricos creo que hay en este momento una suerte de milagro o mensaje sobre la vigencia de la obra de Peñalba que no deberíamos dejar pasar, aunque para mí ¡coincidencia es! que el Banco Central de Nicaragua esté dedicando en este momento su concurso anual de pintura a la memoria y figura de este maestro de las artes plásticas modernas nicaragüenses, y que el párroco Gustavo Zúñiga está “descubriendo” esos viejos “frescos” en la Basílica de San Sebastián. Son una clara señal que la obra de Peñalba está viva y clama porque en nuestra Patria al menos se haga justicia y se practique ética en el arte nacional.
Desde muy lejos de comunes intereses tangibles e intangibles escribo este artículo con el desinterés de hacer algo por la Patria, pues al “descubrirse” esta parte de la obra del maestro Peñalba —ocultada, censurada o inquisitada— se aumenta el capital artístico patrimonial de la Iglesia Católica y del pueblo nicaragüense.
Sobre el aspecto, figura y personalidad de don Rodrigo tengo poco que decir pues lo vi muy pocas veces en mi vida, jamás hable con él y nunca le vi trabajar. Creo que muchas personas y personalidades nacionales de muchos ámbitos le conocieron bien y pueden hacer afirmaciones profesionales y testimoniales sobre él. Sin embargo creo que los artistas tienen —o tenemos— una suerte de memoria “post mortem” mejor que los demás ciudadanos de un país, pues su obra queda en muchas partes según sean sus cualidades, capacidades y espacios obtenidos. Es por esta razón que voy a acercarme de una manera muy respetuosa y perimetral a la vida y obra de Peñalba, pues cada vez que advierto la presencia de una de sus obras me detengo y trato de adentrarme en ella.
Don Rodrigo Peñalba, desde que regresó de realizar estudios en Italia tenía como propósito hacer algo por las Bellas Artes en Nicaragua, su país de origen y de destino final —aunque murió fuera de su Patria— y es por ello que aparte de probablemente pintar y esculpir se dedicó a la ardua tarea de fundar una escuela que le permitiera proyectar técnicas y teorías de lo aprendido; es decir reproducirse, no imagino cuán ardua fue esta tarea, pero sí estoy seguro que no fue una tarea de “cualquieras”. Don Rodrigo en su vida profesional es politemático, politécnico, poliformático; es además de artista, maestro, promotor, burócrata y aún más en función de establecer en su país la actividad artística a nivel profesional y con su ejemplo propio.
Mucho podemos decir acerca de esta personalidad del arte nicaragüense, pero creo que lo más importante es: Rodrigo Peñalba nunca fue un pintor de oficio, fue artista. Su centro de trabajo estaba ubicado en una casa esquinera de dos pisos frente al parque central de la ciudad de Managua, pero también en el parque mismo pues en ese espacio al aire libre exponía a sus alumnos —en los cierres de año educativo— y se exponía como garante, director y maestro ante todos los estratos de la sociedad. Por su ubicación la escuela de Bellas Artes, única galería de arte de esa época, estaba integrada urbanamente a la actividad productiva y mercantil de esa vieja ciudad y en parte —visión o casualidad de Peñalba— el arte estaba más cercano, integrado y hasta quizá más valorado dentro de la sociedad nicaragüense.
Sin Peñalba quizás no hubiera habido Leoncios, Canales, Urbinas, Izquierdos, Guillenes, Vanegas, Grupos Praxis y tantos otros más que por influencia y cinética nos hemos sumado a la gesta iniciada por don Rodrigo, desde donde hacemos y tornamos día a día en este hermoso ambiente de las Bellas Artes, plásticas, visuales.
Mas si la historia patria es más importante que la historia universal en cualquier país del mundo, si nuestra Constitución está primero que otros documentos de orden mundial —aunque a estos últimos les debamos respeto—, si los demás países se prefieren a sí mismos y diariamente laboran para hacer más grande su riqueza y capital nacional: ¿por qué nosotros inversamente debemos aceptar que se “encarame” una obra de arte ocultando otra, porque no hay nadie que desde la planilla del Estado salga a defender nuestro patrimonio?
El autor es arquitecto, artista plástico y aspirante a analista de arte.