Eduardo Salvador Translateur
Con espanto, con bronca, con esperanza y con acción veo desde mi escritorio a través de mi computadora incendiarse los templos judíos en Cisjordania. Con espanto porque el fuego me marca el poder de una civilización (si es que se le puede llamar de esa manera) nihilista que hace un culto de la destrucción y de la muerte y porque ese país (Palestina), como otros de este estilo, goza de un espacio en la ONU y sedes diplomáticas en el mundo entero. Todavía no escuché una masiva condena internacional.
Con bronca porque los medios internacionales no terminan de mostrar la verdadera cara de estos símbolos, que llaman “ocupación” a la acción israelí y no llaman “barbarie” a estos actos abominables. Pero llamaron “provocación” a la caminata de Sharon por la explanada de Jerusalem.
Espero que ese fuego “caliente” un poco a aquellos que todavía están dormidos y que los judíos no sientan más culpa por existir y no le tengan que dar explicaciones al mundo cada vez que hacen algo ¿O Irán le dio explicaciones luego de condenar a Salman Rushdie a muerte por escribir lo que pensaba?
También espero que los comunicadores comiencen a entender el problema del Islam, y comprendan de que no es una cuestión judía solamente. Y finalmente, me pregunto: ¿hasta cuándo van a esperar para inundar de e-mails, llamados y cartas las editoriales de los medios que contribuyen a afianzar la ignorancia de los pueblos? ¿cuántos más muertos inocentes tiene que haber para dejar de ser pasivos?
Cuando bendiga a mis hijos esta noche, les voy a contar que hay gente quemando templos judíos. Y vamos a decir una bendición juntos. No por los templos que no son otra cosa que edificios, tampoco por las almas de los piromaniacos, ya que no nos corresponde a nosotros rezar por ellos, sino por aquellos que siguen durmiendo, a pesar del calor del fuego, porque, como dijo Martin Luther King, “lo peor no es la maldad de los malos, sino el silencio de los buenos”.