“Si un hombre no marcha a igual paso que sus compañeros, puede que eso se deba a que escucha un tambor diferente. Que camine al ritmo de la música que oye, aunque sea diferente y distante”. Henry David Thoreau (1817-1862).
Esta cita de Thoreau nos recuerda la originalidad de un padre quien siempre marchó a su propio ritmo. La primera impresión que cualquiera se llevaba al conocerle era la rapidez de su hablado, que sólo disminuía ligeramente al cambiar de idioma. A aquéllos que a veces no entendíamos su español, nos sorprendía su audacia en otras lenguas. Más de una vez lo escuchamos en conversaciones a toda velocidad en ingles y francés; en intercambios en italiano, alemán, japonés, y miskito o recitando largos versos en latín, reflejo de una memoria prodigiosa.
Pasando la barrera idiomática, uno descubría a un maestro del arte de la conversación, ejercitado desde muy joven en las ruedas de su ciudad natal de Granada. No importa cuál fuera el tema, nuestro padre siempre tenía alguna historia salpicada con el gran sentido del humor por el que muchos lo recordarán y que mantuvo hasta el último día de su vida. Amante de la broma inteligente, sus anécdotas son interminables. No hace mucho organizó en un hotel capitalino una recepción para un supuesto embajador africano a la que asistió en su silla de ruedas cubierto de medallas. Estamos seguros que muchas enfermeras y doctores recordarán a un señor que bromeaba, contaba historias o hacía trucos de magia aún en ambulancias o en cuidados intensivos.
Su cultura era amplia en temas y alimentada por una gran curiosidad por el mundo reflejada en sus muy diversas colecciones. Llegó a acumular una de las primeras grandes colecciones de estampillas en Nicaragua la que después acompañó con extensas colecciones de monedas del Imperio Romano, de piezas precolombinas, de documentos históricos, de genealogía y de música clásica. Con una cultura enciclopédica en sus áreas de interés, sin embargo, sus preferencias culturales terminaban cronológicamente en música con Puccini; en escultura con Rodin; en pintura con Velásquez y en poesía con Bécquer con una concesión a la rima de Rubén. Visitar la sección de arte moderno de los grandes museos con nuestro padre era el preludio de una larga discusión llena de sus bromas.
Con un doctorado en farmacia, su curiosidad científica no dejaba muy atrás a su erudición en otros temas. El año pasado nos llamaron del hospital de urgencia pues estaba supuestamente en agonía. Cuando llegó el primero de nosotros, le llamó a su cabecera para lo que creímos podría ser su último deseo. “Hijo —preguntó— sé lo que es el efecto Doppler pero explicame qué estaban haciendo con eso en mis piernas”. Más vale ser ingenioso que ingeniero, decía, disfrutando el cuestionamiento de alguna teoría o práctica aceptada. Argumentaba que la curva en beisbol era físicamente imposible o que la fórmula de relatividad de Einstein estaba equivocada, aunque nuestra sospecha era que estos cuestionamientos eran ante todo ejercicios de agilidad mental a los que era aficionado.
En negocios, se destacó tanto por su integridad como en hacer las cosas de una forma diferente con una energía sin límites. Su dominio de nombres, fechas, montos, especificaciones técnicas y asuntos legales así como su capacidad de negociación asombraron tanto a socios como competidores. Como jefe, aunque a veces exigente e impaciente, fue siempre justo y generoso siendo recordado afectuosamente por todos sus empleados.
Un aspecto que no muchos conocieron de nuestro padre fue su generosidad. Nosotros mismos conocimos de muchas de sus ayudas, pero de otras nos enteramos por mera coincidencia. Hace algunos años, por ejemplo, se desmayó en una misa llegando pronto una ambulancia. Hasta después conocimos que uno de los asistentes en la ambulancia era un estudiante de medicina de escasos recursos al que nuestro padre le estaba ayudando a pagar sus estudios.
Su partida nos ha dejado un vacío inmenso imposible de llenar, pero recordaremos siempre al hombre recto, íntegro y tremendamente disciplinado, que con su ejemplo nos inculcó fuertes valores. Sus últimas palabras a nuestra madre fueron “te quiero mucho, pero ya quiero irme a mi casa”. Estamos seguros que en su descanso está ya en la casa del Señor haciendo la prueba de la ceniza o relatando alguna anécdota. Gracias por la madre que nos escogiste. Hasta siempre, papá.
Tus hijos, Eduardo,
Diego y Esilda.