Compasión o interés electorero

Douglas Carcache

Cuando se acercan las elecciones algunos políticos se transforman, parecen más sensibles a la pobreza o tratan de mostrar en público su fe religiosa, sobre todo si alrededor hay periodistas fotografiándolos o filmándolos.

La semana pasada, por ejemplo, apenas se supo que en las comunidades indígenas de Río Coco había unas 40 mil personas expuestas a la hambruna, por consecuencia de inundaciones y plagas, el Vicepresidente del país, José Rizo, salió rápido hacia Waspam, el poblado principal de la zona, para ver qué pasaba y, supongo, para ayudarles.

Ese interés de Rizo no me sorprendería, si ésta fuera la primera vez que se conoce de una hambruna o del abandono en que vive la etnia miskita en esas aldeas. Qué preocupación tan ejemplar la del Vicepresidente, habría dicho, que voló de inmediato hasta el extremo norte de la Costa Caribe para socorrer a esos nicaragüenses en dificultades.

No puedo, sin embargo, pensar así porque sé que las dificultades en el municipio de Waspam han sido graves desde hace rato; y ese viaje de Rizo lo atribuyo más a la cercanía de las elecciones presidenciales que al estado de inanición en que se pueden hallar cientos o miles de niños que habitan en las riberas del Río Coco.

Hace 22 meses, en noviembre del 2003, LA PRENSA publicó que los indígenas miskitos nicaragüenses estaban optando por cruzar a territorio de Honduras para que les atendieran los problemas de salud en los sanatorios públicos de ese país, porque en sus comunidades faltaban las medicinas.

Por ejemplo, los pobladores de la comunidad nicaragüense de Santa Isabel cruzaban el Río Coco, que es la frontera, hasta llegar a Puerto Lempira, en territorio hondureño, para que los medicaran. El sacerdote César Downs relató entonces: “Es triste ver cómo sufren los niños. Cuando llego (a las aldeas) la gente me dice ‘nos estamos muriendo. ¿No trajo pastillas para la malaria?’”

Cuando eso sucedía, ningún alto funcionario del Gobierno fue a ver qué pasaba.

Meses después se desató la epidemia de lo que allí conocen como “grisi siknis” o enfermedad de la locura. La histeria atacaba a varias personas y los líderes de la comunidad recurrían a los sukias (curanderos) para que le sacaran los malos espíritus a los enfermos.

Luego se supo que esas histerias colectivas también eran producto de la desesperación por el abandono y la extrema pobreza.

Especialistas y funcionarios menores del Ministerio de Salud llegaron a ver el caso, pero hasta allí. Los problemas de fondo siguieron igual y ahora las ratas han asolado las áreas agrícolas de las comunidades indígenas.

Para aliviar el hambre de esos nicaragüenses por unos meses hacen falta 25 millones de córdobas, pero el Gobierno sólo ha destinado 90 mil córdobas para darles alimentos. Si el Vicepresidente se hubiera interesado, de verdad, en los problemas de Waspam hace un año o dos, la historia de hoy no fuera tan trágica.

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