En las conferencias de prensa, Ricardo Mayorga acostumbra ofender a su rival. Tony González (Dcha.) se encarga de las traducciones.

¿Se fabrican los ídolos?

Ricardo Mayorga ha logrado impactar en el pugilismo internacional, con un estilo retador y desordenado Edgard Tijerino [email protected] Nietzsche, Schopenhauer, Freud, Hung, han abordado bastante el misterio de la idolatría. Pero, como diría Diógenes, no hay nada certeramente escrito sobre ese fenómeno emocional. De algo estoy claro: los ídolos no se inventan ni se fabrican. […]

  • Ricardo Mayorga ha logrado impactar en el pugilismo internacional, con un estilo retador y desordenado

Edgard Tijerino [email protected]

Nietzsche, Schopenhauer, Freud, Hung, han abordado bastante el misterio de la idolatría. Pero, como diría Diógenes, no hay nada certeramente escrito sobre ese fenómeno emocional.

De algo estoy claro: los ídolos no se inventan ni se fabrican. Saltan al tapete, impresionan, se adueñan de las pantallas, se meten en nuestros corazones y se agigantan, sin proponérselo, incluso —como en el caso de Diego Maradona— sin pretender ser ejemplos ni preocuparse por no serlo.

ALEXIS Y MAYORGA

En esta esquina, ¡Alexis Argüello!, el más grande ídolo producido por el deporte pinolero. En la otra, ¡Ricardo Mayorga!, controversial, imprevisible, nada ejemplar, no un ídolo, pero la más grande atracción de los últimos tiempos, capaz de detener el pulso del país para verlo en acción.

Ya lo hemos dicho, pero bien vale la pena insistir: en la idolatría se juntan, como dijo Hemingway, lo simbólico, lo histórico y lo emocional.

Y en deportes, el boxeo ofrece las mejores posibilidades. Sencillamente porque los ídolos como Rubén Olivares y Julio César Chávez en México, tienen arraigo sólo donde se conoce a diario, y bien, la pobreza y la derrota. Y esto se explica, porque es en esas condiciones tan estrechas, que la victoria alcanza tanta grandeza y llega a ser considerada algo sagrado. Cuando esto ocurre, los pueblos logran volcarse con un impulso impresionante, sin medida y de una forma indestructible.

Cuando me inicié como cronista hace 35 años, yo pensaba que para ser ídolo deportivo, además del exuberante potencial atlético, y extraordinario nivel de rendimiento, se necesitaba ser virtuoso. Y lo pensé, hasta que conocí los casos de Eduardo “Ratón” Mojica y Francisco “El Toro” Coronado.

¿Por qué ellos, de tan complicados comportamientos, se habían logrado incrustar en el corazón del público?

ROSENDO FRACASÓ

Vi como un Campeón del calibre de Rosendo Álvarez, espectacular, mensajero de la violencia, amigo del riesgo, fabricante de impactos, generador de emociones, próximo a lo invencible, no logró graduarse como ídolo.

Me pregunté: ¿por qué la admiración que todos sentimos por Rosendo como pugilista de facultades excepcionales, no se pudo transformar en cariño, en entrega, en esa veneración que Puerto Rico sintió por Wilfredo Gómez, Wilfredo Benítez y “Tito” Trinidad; México por el “Ratón” Macías, Medel, Toluco López, Olivares y Chávez; Argentina por Monzón, Locche y Galíndez; Colombia por Cervantes y Valdés; y nosotros por Alexis?

Lamentablemente, Rosendo se vio atrapado por una confusión, y aunque multiplicó esfuerzos por vincularse con el público, fue fácil captar el rechazo hacia una serie de actitudes… Su enderezamiento ha sido muy llamativo, pero no ha sabido construir su imagen, ha carecido de esa “magia” que cuidadosamente cultivó Alexis atravesando por algunas erupciones emocionales como la de su primer divorcio y dos retiros rectificados… Todos queremos ver pelear a Rosendo y admirarlo, pero pocos acercarnos a él. Un misterio, diría Edgard Allan Poe.

La idolatría es redonda y viene en caja cuadrada. Coronado, me consta, nunca se esforzó por entrar profundo en los sentimientos del pueblo, pero como “El Ratón”, fue más genuino, su sinceridad amortiguaba sus debilidades, su humildad se desbordaba con facilidad, nada en él, fue elaborado.

ALEXIS, LO MÁXIMO

Argüello tuvo la ventaja de contar con Eduardo Román, un eficiente asesor que contribuyó a su formación y, por supuesto, a su imagen, pero lo clave fue la identificación del muchacho de barrio bravo cobijado por la pobreza, con la gente, su vinculación con el periodismo, el tener la valentía para asumir sus responsabilidades, admitir sus fallas y someterlas a corrección. Tan imperfecto como usted y yo, Argüello llegó a convertirse en el espejo en el cual todos deseábamos vernos reflejados en busca de la superación, dibujando un futuro resplandeciente.

De alguna manera, y aún admitiendo que sus golpes “no riman” y su estilo es terriblemente confuso, hay algo poético en Ricardo Mayorga y es su furia, esa desesperación por imponerse, esa forma brusca en que emergió de la nada, ese ritmo frenético inagotable que consigue.

A diferencia de Argüello, este Mayorga no escucha. Todo en él es instinto puro, nada razonado, dispuesto siempre a golpear en las narices a la lógica, sin ningún dominio emocional, pareciendo en todo instante, un original suicida.

¿CÓMO ENTENDERLO?

Su comportamiento fuera del ring ha sido un explosivo cóctel informativo para el periodismo, pero nos hemos resignado a admitirlo con todas sus irregularidades, aunque sin justificarlas.

Posiblemente ninguno de nosotros estaría dispuesto a invitarlo, a compartir con él un rato, a presentarlo, a solicitarle un autógrafo, pero sí, no nos perderíamos una de sus peleas.

Una y otra vez, Mayorga se convierte en material de ocho columnas, no por apuntarse un nocaut, sino por estarse moviendo entre problemas diversos con todos los semáforos en luz roja.

Mayorga nos interesa, pero de diferente forma de como veíamos a Alexis Argüello. En cada dificultad en que se metía el Flaco, la muchedumbre sufría con su dolor, se atormentaba de su tormento, participaba de su calvario, le alentaba y le quería.

Con Mayorga, no nos duelen sus dificultades, ni nos preocupan sus tormentos, pero le seguimos y nos emocionamos, queremos verlo ganar, y por varios rounds, simpatizamos con él, aunque no se esfuerce para captar simpatías.

Argüello y Mayorga son contrafiguras sin confundir nuestros sentimientos, dos de las más poderosas atracciones deportivas que Nicaragua ha producido, al revés y al derecho, en blanco y negro y en colores.

Me pregunto: ¿cómo se puede controlar la idolatría? Muéstrenme los botones para activarlos o desactivarlos.

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