Jorge Eduardo Arellano
El 4 de marzo de 1531 desde Roma, celebrando congregación de cardenales, el Papa Clemente VII ennobleció a León con el título de Ciudad, “para que se llamase en adelante Ciudad de León; y en ella se erigió e instituyó, para siempre, una Catedral bajo la invocación de la gloriosa Madre de Dios” —transcribimos la bula confirmatoria “Equun Reputamos” del 3 de noviembre de 1534—, emitida por Paulo III. Con esta partida de nacimiento de su naturaleza catedralicia, León de Nicaragua como ciudad española no sólo se incorporaba a la cultura occidental a través de la tradición judeo-cristiana, sino que se convertía en protagonista de la institucionalización del catolicismo en el Nuevo Mundo.
Efectivamente, la bula especifica que la Catedral era “para un obispo, que se intitulase: de León o Legionensi, que la presidiese y procurase hacer e hiciese construir sus edificios y estructuras”. Éstas —es necesario puntualizarlo— fueron seis, cinco antes de la definitiva iniciada en 1747 por el obispo Isidoro Marín y Figueroa (1744-48). Sus planos, atribuidos al maestro mayor de arquitectura de Guatemala, Diego de Porres, datan de 1767. Se techaron sus naves durante el obispado de Esteban Lorenzo de Tristán y Esmoneta, quien además erigió la cúpula del crucero y las linternillas sobre las naves laterales; también la bendijo en 1780. El obispo Juan Félix de Villegas le añadió dos tramos y terminó la sala capitular. El prelado nicaragüense Juan Carlos Vílchez y Cabrera continuó la “fábrica” notablemente, gastando de sus fondos personales más de diez mil pesos. Otro prelado nacido en la provincia, José Antonio de la Huerta y Caso, le anexó la capilla del Sagrario con sus piezas de la sacristía y la pila bautismal. La capilla del sagrario se erigió en la parte derecha de la fachada, de acuerdo con el proyecto original; pero en 1804, bajo la administración del deán Juan Francisco Vílchez, había sido volada y demolida. Huerta y Caso colocó sobre el arco de la puerta una custodia labrada ricamente con la siguiente leyenda: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar”, aparte de la imagen del Buen Pastor y el monograma de la Virgen María.
El obispo Nicolás García Jerez (1814-1825) erigió las torres y el frontispicio, concluyéndolo en 1810. Y Bernardo Piñol y Aycinena la consagró el 20 de noviembre de 1860 con el título de Basílica, otorgado por Pío XI. Así concluía el proceso constructivo de la mayor Catedral de Centroamérica y “el monumento más grande construido bajo el sol del trópico en América” —según el historiador del arte Ernesto La Orden Miracle—, postulada oficialmente para ser declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad. Ocupando una manzana entera de forma rectangular, su barroca fachada original comenzó a ser alterada hacia 1906, cuando monseñor Simeón Pereira y Castellón unió las torres con el cuerpo central a través de entablamentos sostenidos por cuatro atlantes —dos bajo cada uno—. Esta intervención volvió pesado y chato el frontis, aunque tiende a afinarse con los remates de las dos torres anchas que miden una treintena de metros cada una. Si la de la izquierda sirve de campanario, la de la derecha ostenta el reloj.
La Catedral tiene cinco naves sostenidas por veinticuatro pilastras, siendo más elevadas las de en medio, en cuyo extremo oriental se eleva la hermosa cúpula. Sus paredes, de solidez insuperable, son de cal y canto (piedra) y en la base se encuentran galerías subterráneas con techos en forma de bóveda del mismo material que el resto del templo, las cuales han servido durante varios siglos de cementerio. Allí se encuentran los restos de Miguel Larreynaga (1777-1847), Rubén Darío (1867-1916), Luis H. Debayle (1865-1938), Salomón de la Selva (1893-1959), Alfonso Cortés (1893-1969) y, desde luego, los del obispo Pereira y Castellón (1865-1921). Si la tumba de éste se halla bajo la estatua de San Pedro, la de Darío bajo la de San Pablo, a la derecha de su nave central, ejecutada por el maestro Jorge Navas Cordonero (1874-1968), quien se inspiró en el león del monumento levantado en Lucerna, Suiza (1792), en memoria de los caídos de la Guardia suiza, obra de los escultores daneses Berthel Thorvaldsen y Lucas Ahorn. Pese a ser una adaptación reducida de un modelo neoclásico europeo, es fiel al espíritu leonés de la época y parece llorar por la muerte del poeta. Además, es uno de los pocos monumentos del mundo al alcance de la mano y representa nada menos que una metáfora de la civilización. Alberto Ycaza observó que ese león blanco pierde su naturaleza salvaje al estar, en reposo, dentro de la Catedral.
Con el fin de contribuir a esa declaratoria, la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua consagró en el último número de su revista un dossier sobre la Catedral, iniciado por un estudio de Germán Romero Vargas. Éste considera que su significado va más allá del lugar y el tiempo que le generaron pasando por el desarrollo de la historia misma, a simbolizar las aspiraciones de una sociedad y a expresar un sentimiento nacional. Porque el orgullo de poseer su magnífico edificio, que se admira desde los cuatro puntos cardinales, trasciende a la ciudad y es asumido y proclamado no sólo por los leoneses sino por todos los nicaragüenses. Así el cantautor chinandegano Tino López Guerra elogia a León, “perfumada por los pebeteros de su imponente y antigua Catedral”.
No olvidemos que constituyó el centro de la cultura eclesiástica de la época colonial (de la cual fue producto la última universidad española surgida en el continente) y de la Diócesis de León que comprendía la provincia de Nicaragua (incluidas las parroquias de Nicoya y Guanacaste) y Costa Rica, sumando 36 sus curatos, los cuales cubrían una extensión de 210 a 230 leguas, 65 pueblos y casi 200 mil habitantes. Y que sus prelados también gobernaron el territorio vecino casi tres siglos y medio, o mejor dicho hasta el 28 de febrero de 1850, cuando fue creada la Diócesis de San José.
En resumen, como se reconoció en la revista Orbe (La Habana, mayo, 1933), “la Basílica de la ciudad metropolitana de Nicaragua, es, sin duda, una de las mejores obras que se conservan en la América Española en materia de templos, y sólo puede ser comparada con as de México y Lima. Tal es su hermosura, magnitud y capacidad”.
El autor es Secretario de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.