Los brazos que faltan a El Cristo roto

Róger Fischer S.

El próximo 18 de agosto en la sala principal del Teatro Nacional Rubén Darío se presentará la obra El Cristo roto, escrita por el jesuita Ramón Cue Romero hace más de seis décadas, e interpretada por Alberto Mayagoita, en esta ocasión.

El Cristo roto es un monólogo que nos lleva por los diferentes caminos del dolor y la tristeza, la esperanza y la redención.

La obra se inicia en la búsqueda de una figura de Cristo crucificado, en tiendas dedicadas a las imágenes religiosas y las artesanías. El ojo del comprador detecta a un Cristo barroco y el vendedor avispado sabe que su cliente está motivado por la figura de un Cristo roto, que tiene despegados sus brazos y piernas, la cabeza no está completa y la cara está desfigurada, pero sin embargo tiene un simbolismo especial para inspirar al comprador.

Ha sido costumbre tradicional que los católicos de todo el mundo quieren llevar la figura de Cristo en una cadena o en una pulsera, o bien colocarla a la cabecera de nuestra cama o adornar con un Santo las casas, o tener una virgen antigua, o simplemente una medalla, pero todos queremos atesorar una figura que remarque nuestra religión.

A veces nos encontramos a hermosas señoras colgando de sus cuellos vistosas cadenas de oro que enseñan un crucifijo o simplemente el Santo de su preferencia. Puede ser vanidad, fanatismo, religiosidad o cualquier cosa, lo cierto es que quien la lleva por costumbre se olvida fácilmente de su simbolismo y también de la caridad. Todas estas costumbres heredadas o imitadas, nada tienen que ver con la necesidad de las personas que por falta de preparación, edad, o discapacidad, transitan a diario por nuestro entorno. Cuando vamos en un automóvil negamos disimuladamente el apoyo a una solicitud requerida por los menesterosos. Nos inquieta la sonrisa de un niño pegado a la ventana del vehículo o el gesto suplicante de un anciano o la pobre actitud de un borrachito.

“Cristo va por las calles flaco y enclenque, Barrabás…” como dice Darío, a diario se solaza en discursos públicos a veces con charreteras y otras con pañuelos de colores políticos. El Cristo roto es una lección permanente a nuestro proceder y al mismo tiempo un camino para comportarnos como cristianos.

El Cristo roto recorre los caminos de la Pasión de Cristo y refleja al mismo tiempo nuestras debilidades como humanos, nuestros diarios pecados, nuestras cotidianas omisiones y la trama de la obra, nos lleva en fin por las distintas situaciones que el hombre y la familia viven todos los días.

La moraleja está precisamente en las formas dispersas de los brazos y manos de los ojos y pies de Cristo, nosotros podemos rehacer una figura de Jesús en nuestras almas y ver con esos ojos a nuestro prójimo, con la dignidad que todo ser humano se merece. Sentir que los brazos faltantes al Cristo roto, pueden ser nuestros propios brazos para apoyar a los desvalidos, a los hambrientos, a los ciegos, presos, enfermos, ancianos y a todos aquellos seres, ricos y pobres que necesitan de nuestra caridad, de una simple sonrisa, o de una medicina, de un apoyo y compañía, o una comida… de nuestros closets llenos de ropa para vestir a los que no la tienen, o de una visita a la cárcel o a un hospicio, o a un hospital. De esas manos y pies que le faltan al Cristo roto y que nosotros podemos convertirlas en nuestras propias extremidades para llevar el mensaje verdadero de Cristo por todos los rincones del país.

Estoy seguro que su contenido calará profundo en el espíritu de muchos nicaragüenses que vivimos momentos difíciles y que sólo la humildad, la caridad y la buena voluntad, aunados a una decisión firme, podrán cambiar las condiciones prevalecientes de Nicaragua por medio de una solución verdaderamente cristiana.

El Cristo está roto en todo Nicaragua, en los templos, en los pastores y los seglares, en las familias y en las calles. Todos estamos politizados, mientras, el Cristo sigue roto… así no llegaremos a ninguna parte.

Los pastores deben regresar a cultivar nuestros espíritus, las universidades a servir con ética, la familia a transmitir valores, los políticos a ser honrados y los nicaragüenses a aprender a perdonar y a amar a nuestros semejantes. Hoy por hoy, el Cristo está roto.

El autor es escritor.

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