Alberto L. alemán Aguirre
Cuando hace 3 años Luiz Inácio Lula da Silva llegaba al poder, lo hacía en medio de grandes expectativas y esperanzas, con la promesa de hacer de lo social el foco principal tras 20 años de reformas económicas neoliberales centradas en la macroeconomía, pero que ampliaron las brechas sociales.
En su vida no faltaron posturas y declaraciones muy radicales.
Los organismos internacionales esperaban el rumbo que tomaría la economía más grande de Latinoamérica con una izquierda que antes no había gobernado. Al frente estaba ahora un hombre que en su día había llamado a no pagar la deuda externa.
Lula y su Partido de los Trabajadores (PT) dieron varias sorpresas, buenas y malas, dependiendo de lo que cada cual esperaba.
Una vez en el poder, Lula y su equipo se dieron cuenta que gobernar no es lo mismo que hacer campaña.
En vez de optar por un peligroso rumbo populista como el de Hugo Chávez, el líder brasileño optó por un camino moderado, responsable y que evidencia que los intereses nacionales de Brasil son más importantes que los parciales o desbocados intereses de grupos de su propia base política.
No dudó en empujar duras reformas económicas, algunas impopulares y que le distanciaron de las bases tradicionales del PT. Comprendió que enfrentar los desafíos sociales, requiere de una economía sana.
Mantuvo un rumbo macroeconómico sensato y honró los compromisos internacionales de Brasil.
Además, bloqueó las negociaciones del ALCA reclamando que Estados Unidos elimine los subsidios a sus agricultores o restricciones a ciertos productos brasileños. Ha forjado acercamientos con otras potencias como China, India, Rusia y hasta con el mundo árabe. Todo esto ha reforzado la posición internacional de su país. Washington le reconoce como un socio muy importante en asuntos hemisféricos.
En una muestra de continuidad de la política exterior, ha seguido pujando por un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.
El déficit principal de Lula es precisamente allí donde en su país despertó las mayores esperanzas: lo social. A pesar de un muy publicitado programa de lucha contra el hambre.
Amplios sectores que una vez le apoyaron, están resentidos con él. Ha faltado más inversión en educación, viviendas —sacrificadas por una ortodoxa política fiscal que busca mantener la confianza de los inversionistas .
El Movimiento de los Sin Tierra sigue esperando la prometida reforma agraria.
Para la izquierda latinoamericana, el gobierno de Lula tenía el desafío de reforzar la idea de que esa fuerza puede gobernar de una manera viable.
Ya lo estaba demostrando el socialista Ricardo Lagos , quien ha hecho avanzar admirablemente la transición y la modernidad de Chile. Uno de sus más admirables logros: un TLC individual con EE.UU. Un magnífico botón de muestra de que los intereses nacionales son más importantes que los acaloramientos antiimperialistas y los demonios del pasado.
Los últimos años, varios gobiernos de tendencia de izquierda —montados sobre un tsunami de descontento con los magros resultados sociales de las políticas económicas dictadas por el FMI y el Banco Mundial— llegaron al poder en América Latina: Venezuela, Argentina, Ecuador, Uruguay.
El hastío con la corrupción jugó un gran papel. El “¡Que se vayan todos!” argentino resonó por todas partes.
Las últimas semanas trajeron revelaciones terribles sobre una asombrosa red de corrupción manejada por allegados a Lula en el PT, donde se evidencian las viejas prácticas del Estado botín.
Sobornos regulares a legisladores a cambio de votos; partidas oscuras, préstamos familiares y a amigos; “generosidad” de turbios empresarios que ganan contratos gubernamentales y a la vez, ¡qué coincidencia!, son contribuyentes del PT. Toda una fantástica danza millonaria con dinero público.
No es de extrañar que la bomba haya estallado a un año de las elecciones presidenciales. Lula busca la reelección y mantiene un apoyo de más del 50% .
Las prácticas denunciadas no son nada nuevo en Brasil. Allí, grandes caudillos locales y regionales siguen moviendo muchos de los hilos del poder, y aún existen enclaves de esclavitud, literalmente. Así hay estabilidad: con plata para los amigos, como decía Somoza.
El escándalo ya hizo rodar cabezas grandes: el superministro José Dirceu, mano derecha de Lula; el secretario general y el tesorero del PT. No se ve aún el fin del embrollo.
¿Serán castigados todos los culpables? Dada la tradición política latinoamericana, es mejor optar por una cierta dosis de escepticismo. Pero al menos el connotado líder de la izquierda tiene una oportunidad de dar otro ejemplo.