Comparto plenamente el mensaje de preocupación de nuestros obispos de la Conferencia Episcopal en el que señalan a los políticos de tener una actitud cerrada y negarse a dialogar de forma sincera, pensando en Nicaragua.
La obstinación, la soberbia, el orgullo y el capricho no llevan a buen fin una crisis, sino que la empeoran. Creerse dueño de la verdad o arrogarse la única representación del pueblo, desechando al contrario, es actuar con arrogancia. Tanta obstinación pocas veces vista no sólo en los diputados sino también en el Presidente, nos ha llevado a un estado de tristeza y al borde del desastre nacional.
En el pasado, la obstinación del que gobierna nos ha causado dolor y muerte. Por ejemplo, a finales de 1978 Anastasio Somoza Debayle rechazó la mediación de la OEA con la oposición y un plebiscito propuesto por la Comisión Interamericana de derechos humanos, y con eso perdió la última oportunidad de evitar la guerra.
Daniel Ortega en 1985 rechazó la mediación del cardenal Obando para alcanzar la paz, diciendo que no era apto o el indicado para ser mediador y que no tenían nada que negociar con la Contra, así la guerra continuó causando más derramamiento de sangre y destrucción del país. ¿Hasta cuándo los políticos van a entender que no son dueños de la verdad absoluta, no son dueños del destino del país, sino que sólo lo administran? Debe privar la razón y no la obstinación para que el reto permanente de la paz y el desarrollo se logren.