Nací en San Rafael del Norte, un pueblecito muy pequeño al que todos los chavalos de mi tiempo le llamamos simplemente “el pueblo”. Estábamos en primaria, todos participábamos en nuestros juegos de niños de una manera normal, siguiendo las reglas. Pero había tres pequeños truhanes: Enoc Pineda, René Úbeda y otro que no tenía nombre: “Culomuco”, era su mote.
Cuando, jugando beisbol, Enoc bateaba, corría sin soltar el bate y amenazaba al que ocupaba la primera posición de darle con el bate en la cabeza si lo hacía out. Los otros dos hacían cosas similares. Decidimos de común acuerdo no permitir que ellos jugaran. Entonces, Enoc, se apoderaba de la pelota y se sentaba en el lugar que ocupaba el receptor, René, armado con cuchillo en el punto del lanzador y “Culomuco” tomaba el bate y decían: “Si no jugamos nosotros, no se juega”. En todos los demás juegos nos sucedía lo mismo. Teníamos dos alternativas, o pasábamos aburridos sin jugar, o accedíamos a hacerlo conforme las imposiciones del trío.
Las condiciones en mi Nicaragua de hoy son similares, con la diferencia de que hay más de tres truhanes. Los candidatos que el pueblo quiere para futuros gobernantes son inhibidos por las aplanadoras, por uno u otro motivo pseudolegal y tratan de imponernos a los que nadie, o muy pocos apoyan, pero que pertenecen a las mismas bandas. Hay varias bandas: la de los quiebra bancos, los de la banda gástrica y otras.
Tienen su propia fábrica de leyes: la Asamblea Nacional, su propio intérprete de las mismas: la Corte Suprema de Justicia. Sus jueces para arbitrar las jugadas: el Consejo Supremo Electoral. Y por si alguien se envasa, tienen a la Contraloría para rematarlo. Por si esto fuera poco, cuentan con la bendición para sus juegos, del supremo intérprete de las leyes de Dios en Nicaragua. Así, aunque sean actos abominables, tenemos que aceptarlos amargamente. Como quien se traga una hostia consagrada por el mismo Diablo.
Igual que nosotros en nuestros juegos de niños, Nicaragua tiene sólo dos caminos: la guerra, que ya nadie quiere, pero la están forzando, o la paz, al costo de tener que poner nuestras manos limpias, para que los que las tienen sucias, les pongan grilletes y nos encadenen.