La Nicaragua que soñó mi sobrino

Róger Mendieta Alfaro

Uno de mis sobrinos salió huyendo de su tierra de nacimiento cuando se entronizó la guerra. Exactamente cuando los adoradores del ex dictador derrotado, dieron fortísimos aldabonazos en las conciencias de Estados vecinos clamando por ayuda militar, con el fin de encarar la tragedia a que condujeron errores políticos y desajustes socioeconómicos de un cambio en el que los nicaragüenses confiamos.

Falló la aventura revolucionaria, se cristalizó la esperanza y el futuro quedó hecho piedra, porque el hombre nuevo de quien tanto se hacía mención, no fue más que una mentira hedionda a berrinche; y lo que pregonó el discurso lo sacó de la abundancia del hígado y nada de la cabeza y el corazón.

El famoso cambio liberador calcó en un nuevo patrón —hubo relevo en la gerencia funesta—, pero persistió la actitud sin esperanza de una salida decente que vino a concretarse en un somocismo sin Somoza. Algo semejante a la independencia del coloniaje, cuando para gobernar los Estados —libres supuestamente de las cadenas—, nuestros gobernadores criollos o mestizos, recurrieron a las mismas leyes y los mismos métodos para gobernar los Estados recurriendo a las mismas mañas, practicando los mismos vicios.

Mi sobrino regresó a su tierra lleno de esperanza, suponiendo que podría insertarse en la vida social y económica en la Patria que había nacido. Pero pronto se dio cuenta que no valían conocimientos para desarrollarse en una sociedad comprometida con la farsa y el miedo, y que el país del sueño continuaba enfrentando una condición de caos social entre remedo de leyes e instituciones sin saberse a quién representan y una Constitución Política —Carta Magna, no como nos la enseñaban en la escuela, cantando el Himno Nacional y saludos a la bandera—, repito: una Constitución Política más remendada que el saco de un pordiosero —reformas llaman a esto los legisladores— para que se ajuste a sus conciencias de reformatorio, que mantienen la calidad de vida del Estado disminuida y atrapada entre venales artificios que condenan el futuro de la nación a una condición de limosnas. Aclaro que cuando doña Violeta Chamorro fue Presidenta de Nicaragua, mi sobrino volvió a su tierra, pero dos años más tarde bajo el desarrapado mandato del doctor Alemán, nuevamente la abandonó.

Este mundo cada día más pequeño y globalizado es amenazante para una sociedad que no camina, que se mantiene marginada como la nuestra. Incluso para las familias de los honorables presupuestívoros tal condición es una amenaza que debiera evitarse, porque después de todo, el tiempo pasa y el enorme tractor de la historia no se detiene, obliga a sus relevos.

Oxigenemos a Nicaragua. Veamos de qué manera negociamos las leyes que nos saquen del caos, que den vida futura a la futura sociedad, que la liberen de la vergüenza de pertenecer a una satrapía gobernada por quién sabe que alma de gentes.

El autor es escritor.

Editorial
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