Alberto L. Alemán Aguirre
Un día de octubre de 1999, viajaba del sur de Nueva Delhi hacia la céntrica rotonda de Connaught Place, para comprar algo a un buen precio en los extensos bazares subterráneos del sitio, dispuesto a enfrentar el ataque de aquel enjambre incesante de vendedores necios, siempre atentos al menor movimiento de los ojos de un potencial cliente.
Me lancé al desafío en un bus del transporte colectivo, una experiencia quizás no muy diferente a la de Managua: los buseros también allá corren muy rápido, las unidades no siempre están limpias o en el mejor estado mecánico, y en las horas pico, van tan llenas que también se puede ver a gente colgada de las puertas. En la mega-urbe india viven 14 millones de personas.
No iba solo. Aquel día me acompañaban Abbah y Appolonia, mis compañeros en el Indian Institute of Mass Communication (IIMC), donde ellos, yo y otros jóvenes periodistas de África y Asia (yo era el único latinoamericano) tomábamos un curso de periodismo de desarrollo. Mis acompañantes eran colegas de Nigeria, muy amistosos y siempre dispuestos a reírse, en especial ella, Appolonia. Por cierto, el nombre de Abbah es Theophilus, pero todos preferíamos llamarlo por su apellido.
No era la primera vez que veíamos algo que nos llamaba poderosamente la atención, pero esta vez también nos admirábamos.
En el bus usualmente va un chofer y un cobrador. Al pagar, uno recibe un boleto, pues hay inspectores municipales que controlan. No hay problema cuando el bus no va lleno; uno avanza hasta el cobrador, éste usualmente se encuentra atrás, o bien llega a donde uno está. Pero cuando hay demasiados pasajeros, no es posible.
El costo del pasaje depende de cuán lejos se va; desde la zona del IIMC —al sur de la capital— al centro, se pagaba entonces unas 4 ó 5 rupias; un dólar equivalía a 44 rupias.
Es mucho lo que se puede hacer con un dólar, pero el PIB per cápita en 2002 era de apenas US$ 470, y el 36-29 % de una población de más de mil millones de personas vive con menos de un dólar al día, según el Banco Mundial. Ya se imaginarán ustedes por qué la industria que exige mano de obra intensiva y barata tiene en la India un paraíso.
Pero vuelvo a mi relato. Cuando el bus viaja repleto, quienes suben hacen pasar las monedas del pasaje a través de una solidaria cadena humana hasta el conductor. Y por la misma vía pasa el boleto.
“¡Eh, mira lo que hace esta gente! En mi país, ya alguien se habría quedado con el dinero o habría salido corriendo”, comentaban Abbah y Appolonia. Debí admitir que en Nicaragua también.
“Si vas manejando por una carretera, y si hallas seis policías, todos te pedirán una mordida”, afirmaban categóricamente mis amigos. “O sino, al menos cinco de esos seis”.
Gracias a esta experiencia de vida, y a anteriores durante mis estudios en Polonia, entré en contacto con la realidad de África, la cual no ha sido para mí una simple colección de trágicas estadísticas o de documentales fascinantes de National Geograpic. Gracias a Abbah, Appolonia, Carlos de Mozambique, Karim de Guinea, a Gesese y Mariam de Etiopía y a muchos otros, África ha sido una desconcertante experiencia —de historias, risas, cocina, bailes y pensamientos— que me enseñó una dimensión distinta del mundo.
Me ha motivado a la reflexión la cumbre del G8 (los siete países más ricos del mundo más Rusia) que se celebra en Escocia. Asumió la presidencia anual el Reino Unido. El primer ministro Tony Blair definió dos temas prioritarios: el combate a la pobreza en África y el cambio climático.
Los ataques terroristas de ayer no cambiarán las prioridades. El líder laborista se ha propuesto lograr en su tercer período al frente del gobierno británico y durante su año de presidencia del G8 que el mundo desarrollado vuelque su ayuda a ese continente. Es el que tiene la mayor pobreza y atraso, el mayor número de enfermos de sida, donde las tasas de mortalidad y los índices de analfabetismo son los más altos. Sus objetivos son justos y África lo merece, moralmente.
EE.UU., Canadá, la Unión Europea y Japón han prometido doblar la ayuda para el 2010, aunque no todos —Washington— prometen destinar el 0.7% de su PIB a la ayuda al desarrollo para 2015, como se acordó hace una década. Hace un mes se anunció el perdón del 100% de la deuda de 18 países —Nicaragua y Honduras entre ellos—, la mayoría del África subsahariana.
Todos los anteriores intentos de promover el desarrollo africano han fracasado. ¿Tendrá éste éxito? No todos los círculos de poder financiero mundial comparten el entusiasmo.
A mi modo de ver habrá varios obstáculos. Uno, es la inexistencia o la fragilidad de la democracia y la inexistencia de instituciones funcionales. Me pregunto si EE.UU. querrá desembolsar dinero a la vieja satrapía del coronel Gadafi en Libia o a otros tiranuelos menores.
Por otro lado, ¿cómo dejar que la gestión de esos flujos quede en manos de grandes cleptocracias como la nigeriana que hacen ver a Nicaragua como un estanque de agua transparente?
Tercero, ¿es posible esperar éxito en países tan inestables como la República Democrática del Congo, Sierra Leone o Sudán, donde existen importantes conflictos olvidados pero no por ello menos sangrientos? ¿Existe una garantía de que no se repetirá el genocidio de Ruanda? No la hay.
Para finalizar, una observación más. Latinoamérica y sus problemas no está en el radar del mundo rico. Y la cooperación ve cada vez menos hacia acá. Nos tapa la sombra de África. Que tomen nota allí por el viejo cine González.