La primera batalla de Rivas contra Walker

Jorge Eduardo Arellano En conmemoración del Sesquicentenario de la Batalla de Rivas, la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua ofrece los siguientes documentos y testimonios. Las precede un resumen de las cinco horas de combate que duró la acción, en la cual se destacaron los cívicos Emmanuel Mongalo y Nery Fajardo. Además, las complementan […]

Jorge Eduardo Arellano

En conmemoración del Sesquicentenario de la Batalla de Rivas, la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua ofrece los siguientes documentos y testimonios. Las precede un resumen de las cinco horas de combate que duró la acción, en la cual se destacaron los cívicos Emmanuel Mongalo y Nery Fajardo. Además, las complementan breves semblanzas de su militar victorioso —el desconocido Coronel Manuel G. del Bosque— y de los cívicos que decidieron la pequeña pero significativa batalla.
Jaime Incer Barquero /Presidente /AGHN

Cuando William Walker arribó al puerto de El Realejo, el 16 de junio de 1855, circulaba el rumor de que los jefes militares de los partidos en pugna estaban a punto de entenderse. Los generales José Trinidad Muñoz (democrático) y Ponciano Corral (legitimista) pretendían consumar un simultáneo golpe de estado a los gobiernos civiles de sus respectivas ciudades, encabezados por Francisco Castellón en León y José María Estrada en Granada. Esta hipótesis la desarrolló el aficionado a la historia Francisco Vijil en su folleto Muñoz en 1855 (Granada, Ediciones de El Diario Nicaragüense, noviembre de 1935).

Al margen de ella, lo cierto es que el general Muñoz advirtió de inmediato el peligro que significaba para Nicaragua el filibustero, contratado por Castellón. A éste le comunicó Walker que si servía a su gobierno, nunca lo sería bajo las órdenes de Muñoz. Castellón ordenó que se sumaran a los 57 hombres de Walker 200 leoneses, dispuesto ya a lanzarse sobre la ciudad de Rivas. Cuando se aprestaba a partir de El Realejo hacia Rivas, el Vicecónsul inglés Thomas Manning dio aviso en Managua a Corral.

Éste ordenó al coronel Manuel G. del Bosque, un español con muchos años de residencia en Granada, que fuese por esta ciudad para recibir alguna tropa destinada al gobernador del Departamento Meridional, Eduardo Castillo, en Rivas. Sesenta cívicos y un escaso parque era toda su fuerza. Embarcado en una goleta de Granada a San Jorge, Del Bosque llegó a Rivas el 27 de junio a mediodía. Horas después Walker, con su “Falange” mercenaria y 110 democráticos al mando de Félix Ramírez Madregil —leal a Muñoz— desembarcaba en El Gigante.

El 28 de junio Walker, en una escaramuza, tomó al pueblo de Tola, tras haber sorprendido jugando naipes a los 20 hombres que habían enviado desde Rivas a vigilarlo; al día siguiente entraba en Rivas y era rechazado por las tropas legitimistas que constaban de 120 hombres. A los diez cívicos de la ciudad se habían sumado los sesenta procedentes de Granada y 50 más reclutados en los alrededores. Además, el coronel Del Bosque había construido barricadas y dispuesto sus defensas.

Walker tomó el camino hacia Granada para atacar Rivas por el Norte y apoderarse de dos fincas de cacao (San Esteban y Santa Úrsula) que constituían ventajosas posiciones estratégicas. Al divisar las primeras casas, el filibustero dispuso enviar a sus oficiales Kewen y Crocker abrirse campo hasta la plaza, y ordenó a Ramírez Madregil que fuera con su tropa a cubrir los otros caminos por donde el enemigo podría escapar. Nunca dudó en que tomaría la plaza sin la ayuda de los democráticos.

Mientras tanto, los alertas legitimistas esperaban al enemigo y a la una de la tarde, bajo lluvia, lo recibieron con fuego; pero la descarga filibustera les hizo estragos. En ese instante, los defensores aumentaban sus hombres con la fuerza —procedente de San Juan del Sur— del capitán Manuel Argüello. Éste atacó a los filibusteros por la retaguardia obligándolos a concentrarse en la casona cerca de Santa Úrsula, propiedad de Máximo Espinosa, y en otra situada a una cuadra. De aquí fueron desalojados por la descarga de un joven Castillo —sobrino del gobernador de Rivas, Eduardo Castillo— y seis hombres de tropa. Walker quedaba reducido, entonces, a la casa de Espinosa, conocida por Mesón. Por eso era necesario desalojarlo también de allí.

Con este objetivo, se decidió prender fuego a dicha casa, ofreciendo la suma de 50 pesos a quienes lo lograsen. Para ejecutar la temible acción, se presentaron los cívicos legitimistas Emmanuel Mongalo, subteniente, y Nery Fajardo. Ambos se lanzaron a toda carrera, llevando el primero una lanza —en cuyo extremo iba una manta empapada en petróleo— que clavó en la casa contigua a la de Espinosa y los filibusteros tuvieron que abandonarla. Al salir por una puerta trasera, se enfrentaron al destacamento de Jerónimo Leal que trató de impedirles, en vano, la retirada. Luego dieron un rodeo cerca de la costa del Lago para llegar a San Juan del Sur y embarcarse de nuevo a El Realejo.

En su parte final, el coronel Del Bosque informó: “Hasta las seis de la tarde pudimos lograr el triunfo. La victoria fue completa; empero tenemos que llorar la infortunada muerte del segundo jefe teniente coronel don Estanislao Argüello, la del intrépido joven teniente don Francisco Elizondo, la del teniente don Salvador, subteniente don Teodoro Villachica y treintiún héroes más dieron su vida en defensa del gobierno y del orden: además de veintiocho heridos entre los cuales hay muy pocos de gravedad. Los enemigos perdieron mucha gente y no se les pudo perseguir por estar nuestras tropas demasiado cansadas… En el campo de batalla han quedado catorce americanos muertos y doce del país, muchos rifles y pistolas…”

Por su parte, el gobernador Castillo ponderó la acción de Mongalo y de Fajardo, aludiendo al premio de cincuenta pesos y agregando: “…ganando éste por los cívicos referidos, el señor Mongalo se ha hecho aún más digno de la consideración pública, porque rehusó la parte que le cupo a favor del gobierno…” Mongalo tenía 21 años y se ganaba la vida como maestro de escuela; Fajardo, en cambio, era un humilde joven granadino.

En realidad, más que una batalla, el 29 de junio de 1855 se dio en Rivas un combate entre nicaragüenses del partido Legitimista contra filibusteros apoyados por escasos democráticos leoneses —como el temible Mariano Méndez—, pues la mayoría de ellos se marcharon con su jefe Ramírez Madregil, en el momento crucial de la acción, hacia Costa Rica. Aún Walker no actuaba totalmente por su cuenta —era subalterno de Castellón—, pero la derrota que sufrió en Rivas, o rechazo más bien a sus fuerzas por los legitimistas, la sintió mucho. No por el número de las bajas (pasaron de quince entre muertos y heridos —apunta en su libro La Guerra de Nicaragua—), sino por “la pérdida irreparable” —así lo consigna— de sus aguerridos oficiales Kewen y Crocker. Y la resumió con estas palabras: “Después de semejante jornada, los legitimistas no tenían muchas ganas de perseguir a los que acababan de darles la primera lección de cómo se maneja un rifle”.

La desigualdad de las armas hay que tomarla muy en cuenta en esta acción. Porque los rifles Winchester y los revólveres Colt de los filibusteros tenían mayor poder de fuego que los fusiles de chispa de los improvisados defensores de Rivas. Y también sus consecuencias: más del cuarenta por ciento de los legitimistas quedaron fuera de combate: 35 muertos y 28 heridos, exactamente.

Esta información se localiza en los siguientes dos partes de guerra, dirigidos desde Rivas —uno al general Ponciano Corral y el otro al ministro Mateo Mayorga, ambos en Granada—, publicados en el número 56 del periódico EL DEFENSOR DEL ORDEN (Granada, julio 10 de 1855) y consultables en la RAGHN (Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, tomo XXXII, enero-junio, 1967, pp. 309-313). Hemos respetado la ortografía de la época, desarrollado sus abreviaturas y omitido algunas líneas para facilitar su lectura. También colocamos entre corchetes palabras aclaratorias y complementarias.

PARTES OFICIALES

1. De Manuel G. del Bosque, comandante en jefe de las fuerzas [legitimistas] del departamento de Rivas … nos presentamos y pusimos a la orden del Señor Gobernador [Eduardo Castillo] después de nuestra llegada [a Rivas] que fue el 27 a las doce del día. El Señor Gobernador de este departamento [Eduardo Castillo] me nombró Comandante en jefe de las fuerzas del mismo. Por mi segundo, nombró al valiente e infortunado Teniente don Estanislao Argüello; y por tercero al Teniente Coronel don Juan Ruiz.

Al momento procedí al examen y revista de la fuerza que se hallaba en esta ciudad, y encontré que eran sesenta cívicos. Seguidamente dispuse que el Teniente don Marcos Cruz con un piquete de veinte hombres fuera a colocarse a la rada de Brito, con el objeto de vigilar la costa y dar parte si los filibusteros ejecutaban su desembarco; pero siendo el tiempo tan lluvioso, se vio precisado dicho Teniente a quedarse en el pueblo de Tola. A las ocho de la noche fue sorprendido, derrotado y hecho prisionero por los filibusteros y democráticos. Esta noticia la tuvimos a las doce de la noche del día 28 por uno de los soldados derrotados; e inmediatamente mandé tocar generala y reunir a los patriotas con los cuales y los cívicos se formó un cuerpo de doscientos hombres. Concurrieron al cuartel todos los patriotas de los pueblos circunvecinos desde el primer llamamiento que les hice, y con esta prontitud han dado una prueba de fidelidad al Gobierno; pero no pudieron ser armados a tiempo por la falta de este artículo que se había pedido a Granada. Al mismo tiempo el Señor Gobernador mandó orden al Capitán Comandante del puerto de San Juan del Sur don José Manuel Argüello, para que con la fuerza de su mando pasara a esta ciudad a cooperar en su defensa.

“…ASOMÓ EL ENEMIGO EN LA RONDA DE LA CIUDAD”

La lluvia continuó toda la noche del día 28 y mañana del 29, y a la una de la tarde del mismo día asomó el enemigo en la ronda de la ciudad, viniendo a su vanguardia los americanos. Con los cívicos que tenía a mis órdenes empecé el combate. La primera carga del enemigo fue terrible. Muchos de mis soldados cayeron heridos, y mi caballo muerto; pero la Providencia dispuso que en este momento llegara la fuerza del capitán Argüello, a quien mandé que con ella atacara a la retaguardia del enemigo, cuya operación fue ejecutada por dicho capitán con la prontitud y valor que le son características.

El combate fue reñidísimo. Empezó a la una de la tarde, y hasta las seis de la misma pudimos lograr el triunfo. La victoria fue completa; empero tenemos que llorar la infortunada muerte del segundo jefe Teniente Coronel don Estanislao Argüello, la del intrépido joven Teniente don Francisco Elizondo, las del Teniente don Salvador Guerrero, Subteniente don Teodoro Viachica y treintiún héroes más que dieron su vida en defensa del Gobierno y del orden. Además de veintiocho heridos entre los cuales hai mui pocos de gravedad.

Los enemigos perdieron mucha gente y no se les pudo perseguir por estar nuestras tropas demasiado cansadas. Sus heridos habrán podido salvarse en el monte, protejidos por un fuerte aguacero. En el campo de batalla han quedado catorce americanos muertos y doce del país, muchos rifles y pistolas que se quitaron al enemigo, las que por no ser armas de ordenanza he permitido a la tropa disponga de ellas. El Señor Gobernador y [el] tercer jefe Teniente Coronel don Juan Ruiz se han portado noblemente y se han distinguido con un patriotismo ejemplar. El joven Felipe Ibarra que, sin embargo tener el brazo derecho quebrado, se ha distinguido grandemente en las funciones de Ayudante, a pesar de su padecimiento, siendo el único de mis Ayudantes que me quedará por haber muerto el Subteniente Viachica y estar herido gravemente el Sargento don Clemente Gallar, a quien nombré Subteniente para que me sirviera de Ayudante.

“TODOS SE HAN DISTINGUIDO CON INTREPIDEZ ENTRE LOS VALIENTES”

Debo recomendar el valor, decisión y patriotismo que los oficiales y soldados, ya milicianos, ya cívicos, ya patriotas han demostrado en estas jornadas; pero son acreedores a la consideración y premio del Supremo Gobierno los recomendables servicios con que se distinguió el Señor Capitán graduado Comandante del puerto [de San Juan del Sur] don Manuel Argüello, el de igual clase don Dionisio Ruiz, el mui distinguido y valiente Teniente José de Jesús Góngora, el intrépido Teniente don Nicanor Gámez, el Subteniente don Juan José Lacayo y el incomparable Subteniente don Felipe Ibarra, los Sargentos brigadas Silvestre Rivas, [Clemente] Gallard, Dolores Gómez y Salamanca, Pedro Montalbán, Gregorio Silva, Simón Pantoja, Gregorio Guadamuz y soldados Juan Espinosa y Pedro Almanza. Todos se han distinguido con intrepidez entre los valientes. La tropa que he tenido el honor de mandar no ha dejado que desear en el cumplimiento de su deber, y a este esfuerzo la patria debe a sus hijos en este departamento una victoria completa sobre Walker y sus infames asociados […]

Felicito al Supremo Poder Ejecutivo y permítame me haga yo el honor de repetirme de Su Excelencia [José María Estrada] el Señor Presidente y de Vuestra Señoría humilde servidor.

Manuel G. del Bosque

Conforme. Cuartel general en Managua, julio 3 de 1855. Corral

2. De Eduardo Castillo, Gobernador del Departamento de Rivas.

Señor Ministro de la Guerra del Gobierno de la República de Nicaragua. Rivas, julio 1, de 1855. Del Gobernador militar de este Departamento.

Aunque hasta ahora no he podido reunir todos los datos necesario para el detallado informe que ofrecí a dar a Vuestra Señoría en mi comunicación de anteayer, porque he tenido que sacar varias partidas de tropas por distintas direcciones en persecución del enemigo, he creído no obstante de verlo hacer con los que tengo adquiridos y paso a verificarlo en la siguiente relación.

DESPOJOS AL ENEMIGO

6 rifles, 2 fusiles fulminantes, una espada sable con ciertas piezas de lujo, 2 bayonetas, una caja de guerra, 22 fusiles nacionales, un botiquín con surtido de medicinas, un anteojo de larga vista en bolsa, una muestra de relox, una galápago, un par de espuelas y un freno de mui fina hechura, una caja cerrada con parque de rifle, medio cajoncito más del mismo, un bote lata con fulminantes de agua, 2 chifles, una carterita de mano, cinco camanitas de cargar parque de rifles, como 40 saquitos de creguela, unas alfojas cuero charolado con la correspondencia alusiva a la expedición de que se ha remitido una parte a usted y lo demás del resto ahora, entre cuya remisión se encuentra el tratado que el mentado Gobierno provisorio celebró con el agente de la titulada compañía de colonización y una porción de patentes para redistribuir las acciones de las 400 caballerías de tierra comprometidas en la República.

Juzgo muy conveniente indicar a Vuestra Señoría que por varias circunstancias […] el aventurero Walker es muerto o por lo menos es uno que va gravemente herido. Se me ha informado que llevan en un tapesco una partida como de 30 filibusteros que precisamente ha dormido anoche en la hacienda Colama como a tres leguas de esta ciudad, para donde al amanecer ha marchado el Señor Coronel don Manuel del Bosque al mando de 100 hombres con el fin de darle alcance. También se me informó de un modo inequívoco que el faccioso [Mariano] Méndez y Feliz [Ramírez] Madregil a la cabeza como de 30 hombres han tomado el camino para el Guanacaste por no haber hallado en el puerto de San Juan [del Sur] ni un bote en que embarcarse; y sin perjuicio de que Vuestra Señoría, si lo cree conveniente excite al Supremo Gobierno de Costarrica, para que los persiga en su territorio, he puesto un esprofeso al Señor Gobernador militar del Guanacaste con el intento dicho.

Son las 10 de la mañana, hora en que he hecho salir un piquete de 25 hombres para la costa del Sur a perseguir 9 filibusteros que se me acaba de asegurar van como perdidos buscando el rumbo por donde desembarcaron.

Ayer a las cuatro de la tarde ha sido capturado el traidor conocido con el apodo de Ñato Colegial. Después del tiempo absolutamente preciso para su confesión sacramental, ha sido pasado por las armas, en cumplimiento de los crueles deberes en que me hallo colocado.

Nada otra cosa considero digna por ahora de comunicar a Vuestra Señoría, respeto de las ocurrencias a que me vengo refiriendo, que recomendarle como de justicia, al Subteniente don José Góngora que el día de la acción fue uno de los que más se distinguieron por su valor; al Subteniente cívico don Emmanuel Mongalo que en unión de un soldado también cívico de los que vinieron de esa ciudad [Granada], clavaron un mechón encendido en la casa de Máximo Espinosa, donde fueron últimamente reducidos y rodeados por todo el contorno los filibusteros, y se hacía precisa la operación del incendio. Más como ya presentaba un peligro nada menos que de la vida para su ejecución, se ofreció un premio de 50 pesos al que la realizase, y ganado éste por los dos cívicos referidos, el Señor Mongalo se ha hecho aún más digno de la consideración pública, porque rehusó la parte que le cupo en favor del Gobierno […]

Quiera Vuestra Señoría dar cuenta con lo espuesto […] D[ios] U[nión] L[ibertad] Eduardo Castillo.

Conforme. Ministerio de Relaciones y Gobernación de la República de Nicaragua. Granada, julio 4 de 1855. [Mateo] Mayorga.

El coronel Manuel G. del Bosque y su rescate

¿Y Manuel G. del Bosque? ¿Qué participación tuvo después en la guerra contra el filibusterismo? El referido Francisco Vigil intentó rescatarlo en otro interesante folleto: Una gloria olvidada (Granada, Ediciones de El Diario Nicaragüense, 1935). De esta fuente tomamos los siguientes datos.

El 30 de junio de 1855 el Coronel Del Bosque remitió el parte de la batalla de Rivas al general Ponciano Corral. Cuando la noticia llegó a Granada, El Defensor del Orden —periódico oficial del Gobierno de Estrada— comentó los hechos pasando por alto el nombre e hizo dar a entender que la victoria se había debido al recuerdo de Fruto Chamorro. Al realizar Walker intentó su segunda invasión a Rivas, Del Bosque —considerándose jefe natural de la defensa— lanzó el 16 de julio de 1855 una proclama. En ella exaltó la gloriosa acción del 29 de junio y, aludiendo a sus compañeros y subalternos, les dijo: “SALVASTEIS LA INDEPENDENCIA DE NICARAGUA Y CON ELLA LA DE CENTROAMÉRICA, haciendo morder el polvo a una turba de piratas…” (Las mayúsculas son de Vigil).

La jefatura del ejército legitimista, sin embargo, nombró jefe de operaciones al general hondureño Santos Guardiola, más por razones políticas que militares; poco después, el 3 de septiembre, Guardiola era derrotado por Walker en La Virgen.

Francisco Vigil dejó escrito: “Decepcionado por las inconsecuencias de sus jefes, el Coronel Del Bosque se retiró al Guanacaste, donde ofreció sus servicios al gobierno de Costa Rica. El 24 de enero de 1856 se le dio de alta en el ejército de aquella República y el 29 de febrero se le nombró jefe de la segunda división destinada a combatir a Walker. Por esta razón, asistió en Rivas a la batalla del 11 de abril”. Y prosigue:

“Cuando la peste del cólera morbus diezmaba al ejército costarricense [Del Bosque], acompañó al general [José María] Cañas en su retirada al Guanacaste. El 2 de noviembre volvió a la carga como segundo del mismo Cañas en una columna de 400 hombres que tomaron posesión de San Juan del Sur, y del mismo mes. Fue después a Rivas a entenderse con el coronel Ramírez para cortar el camino del Tránsito. Del Bosque tomó parte en el combate de Rancho Grande. Después siguió a los costarricenses en todas las operaciones contra Walker”.

“Apareció después en León —continúa Vigil— con el grado de General desempeñando una comisión del ejército aliado en San Jorge ante el Presidente [Patricio] Rivas. Entonces suscribió un manifiesto a los centroamericanos con fecha 25 de diciembre, como representante del ejército costarricense, con [Mariano] Belloso de El Salvador, [José Víctor] Zavala por el de Guatemala y [Tomás] Martínez por el de Nicaragua. Poco después regresó a unirse con las fuerzas del general Cañas”. Y termina la fuente citada:

“Concluida la guerra nacional, Del Bosque acompañó al ejército costarricense y se quedó en Liberia, donde a fines de mayo de 1857 el Presidente (Juan Rafael) Mora le nombró comandante de la provincia de Moracia y le condecoró con medalla de oro, atendiendo a los leales servicios que en las campañas de 1856 y 1857 ha hecho a la República y a la causa centroamericana”.

Emmanuel Mongalo: Dos veces héroe

Poco se sabe de este hombre que hizo época, modesta y calladamente, a lo largo de su corta existencia. Había nacido en Rivas el 17 de junio de 1834. Y falleció el 1 de febrero de 1872. Su padre se llamó Bruno Mongalo y procreó en dos matrimonios 22 hijos; Emmanuel era de los mayores y pudo instruirse gracias al empeño de su progenitor, a quien le rindió el agradecimiento filial en el prólogo a su Compendio de Geografía (1861), editado en Nueva York y uno de los primeros textos escolares de autores nicaragüenses.

(Según Francisco Vijil, Mongalo estudió con su hermano Salvador en los Estados Unidos y sus hermanas Domitilia y Mercedes fundaron un colegio de señoritas en Granada, pero no existen pruebas documentales al respecto. También Vijil afirma que era “un católico práctico ferviente” y que “una ligera inclinación prematura de su pecho indicaba la futura víctima de la peste blanca”).

En ese prólogo revela que su padre siempre le recordaba enseñar a sus hermanitos y servir a la patria, creyendo haber cumplido con su deber. Y así era: Mongalo había hecho época formándose en medio de dificultades y cumpliendo siempre con el alto deber de enaltecer a su patria a través de la enseñanza, de su ejemplo magisterial; pero que, en un momento oportuno, actuó en un acto bélico —la batalla de Rivas del 29 de junio de 1855— para transformarse, al mismo tiempo, en un hombre-acontecimiento.

Se trata, en perspectiva, de la primera derrota del expansionismo esclavista de los Estados del Sur de los Estados Unidos, representado por William Walker, entonces al servicio de los “democráticos” leoneses; y de una acción ejecutada por el maestro de escuela, convertido en cívico: prender fuego a la casa donde se había concentrado la fuerza invasora. Y ese destino, para el que estaba preparado desde su primera juventud, lo asumió con otro cívico, un humilde joven granadino Nery Fajardo, logrando el desalojo y obteniendo el triunfo de la resistencia “legitimista”.

Mongalo se hizo más digno de la consideración pública al rehusar la ofrecida suma de 50 pesos de premio y ofrecérsela al gobierno constituido, actitud generosa que se explica y por su entrega a la niñez y su arraigada convicción patriótica. Entrega y convicción que dejó plasmadas, además, en su citado Compendio de Geografía, cuyo objetivo no era otro “que la de servir a mi patria, a quien deseo ver colocada al nivel de las naciones ilustradas”, según palabras suyas en el prólogo referido que deben constituir el ideal de los maestros nicaragüenses.

Resumiendo: Emmanuel Mongalo —escribió el profesor José Salomón Pérez Palma— fue dos veces héroe, en las dos maneras que se puede serlo. “En la espectacular digna de laurel y del bronce, y en la silenciosa, digna del mármol. En el momento fugaz de avanzar, rápido, con la antorcha de la libertad en la mano, desafiando las balas enemigas; y también en el lento correr de los años, en los días grises, escondidos, de las tareas escolares, iluminando mentes infantiles con una luz que arde con más prolongado fulgor que la tea misma del 29 de junio de 1855”.

Y Luis Alberto Cabrales dejó este boceto de Mongalo: “Definitivamente vencidos los filibusteros, y pacificada Nicaragua, el maestro vuelve a las tareas escolares, olvidado de su hazaña, sin orgullo alguno, ni inmoderado deseo de reclamar honores y privilegios. Murió en Granada y sus restos reposaron durante muchos años en la Iglesia de La Merced, habiendo sido inhumados y trasladados a la ciudad de Rivas, en ocasión de cumplirse el 250 aniversario de su fundación. Sus cenizas descansan al pie del monumento consagrado en conmemoración de su gloriosa gesta.

Emmanuel Mongalo es héroe por excelencia”.

Testimonio de José Arcia

(Dictado en Rivas a Luis Cuadra Cea el 15 de febrero de 1992)

El primer fuego en que pelié [así pronuncia él] fue en el combate del 29 de junio de 1855, cuando Walker vino la primera vez. Me presenté al cuartel. Tenía entonces como 18 años de edad. Pelié el lado del Convento de San Francisco, contra los soldados de Méndez. Walker se metió a Santa Ursula y la casa del General don Máximo Espinosa, hoy de los herederos del doctor don Donoso Maliaño. Aquí en Rivas se sabía que Walker venía a atacar. Se despachó a Alejandro Evans [así pronuncia él, y se refiere al Coronel Alejandro Eva, que pelearía en San Jacinto] con 25 hombres; pero se rompió un ojo con una vara en el camino (caminaba de noche y ésta era obscura). Por eso se despachó en su lugar a Marcos Cruz, que ocupó a Tola.

Este Marcos Cruz murió junto con su hermano “Inocente” junto a unos leones de madera que había en el combate del 11 de abril de 1856, a la entrada de la iglesia parroquial. Walker desembarcó en Gigante y sorprendió a Marcos Cruz, derrotándolo. Rafael Obando que vivía de este lado de los Cruces del Río de Tola, en cuanto oyó el tiroteo se vino a avisar. Tardó una hora en venir a caballo. También vino a dar aviso un poco después un Víctor alias “Chocoyito”, que vivía en el trepón al lado de Las Gavetas, o sea en el Alto de La Presa. Dolores Bendaña, de Potosí, era policía aquí, y fue despachado a San Juan del Sur a traer a Manuel Argüello donde estaba con 150 hombres.

Se puso en libertad a los presos del Cabildo, entre los que estaban Fermín Vázquez y Tiburcio Vázquez alias “Gavilán”, ambos de Veracruz y hermanos, quienes pasado el combate huyeron porque creían que los iban a volver a echar presos. A este Gavilán lo hizo Cabo primero Evans, diciendo: “Éste fue uno de los que ayudaron a derrotar a Walker, y por esa acción merece que se le premie de cualquier modo”. También Evans hizo Teniente a aquel Obando que vino a dar la noticia de que Walker estaba en Tola. Otra comisión se fue a La Virgen a traer a don Dolores Chamorro (padre de los Chamorro Salvatierra de aquí de Rivas) que estaba de Comandante allá. Vino con su guarnición a tiempo; pero no tomó parte en el fuego porque era muy gordo. Ese día sobró gente. Se reunieron como ochocientos hombres; pero no pelearon todos porque faltaron las armas.

Méndez con los leoneses cargó bien y se metió hasta la esquina de la iglesia de San Francisco. Allí lo atacó Manuel Argüello que acababa de llegar de San Juan del Sur (como a la una del día). Méndez huyó cogiendo por Guadalupe el camino de Las Piedras. A la llegada de Argüello, los de aquí ya iban retrocediendo sobre la Calle Nacional para salir de huida a San Jorge. Walker estaba en Santa Úrsula y la esquina de Espinosa. El Oficial Pacífico Santamaría lo atacó desde el potrero que ocupa ahora la casa de Maliaño; llevaba un cañón y todo el presidio, pero como no tenían artilleros no pudieron hacer nada contra la casa. Allí iba mi hermano, Juan Arcia, que era Cabo del presidio, y murió del cólera en Granada.

Como no pudieron hacer nada con el cañón, dispusieron pegarle fuego a la casa. Manuel Mongalo y el Fermín Vazquez, reo de Veracruz, le dieron fuego al Mesón de Espinosa. Ya con la casa quemada, los yanques se lanzaron sobre la tropa de Pacífico Santamaría, agarraron a un hombre desconocido y le dijeron que los llevara a San Juan del Sur. Llegaron a Colama, donde tiraron una vaquillona y se la comieron. Ese hombre vino en la noche escapado y contó todo eso. Quedaron como doce yanques muertos y se les prendió fuego. En ese combate murió el Coronel Estanislao Argüello que le decían “Mostacilla” porque era bajito. Murieron como cinco mandadores; el mandador de Santa Úrsula, llamado Jerónimo Leal; Juan Díaz, viejo, mandador; Gregorio Muñoz, algo macizo, mandador; el señor Bejarano, padre de los Bejarano; el señor Macoba, maestro músico; Chico Elizondo, cívico; Chico don Cruz, que le decían así por ser hijo de casa de don Cruz Abarca, murió al disparar su rifle.

Un Lezama venía con los filibusteros y días después fue mandado a traer y se le fusiló detrás de la ermita de Guadalupe. Este Colegial fue el que soltó a Marcos Cruz cuando los yanques lo dejaron amarrado en Tola. Lo denunció el mismo Marcos Cruz, y también fue fusilado en la pared de atrás de la ermita de Guadalupe, algunos días después del combate del 29.

[Fuente: Protocolo núm. 4 del notario Ramón Romero, iniciado el 2 de enero de 1922; fotocopia facilitada por el Ing. Jaime Chamorro Cardenal. El testimonio, íntegramente, se reprodujo en la RAGHN]

Nery Fajardo, alias “corcheta”

José Bárcenas Meneses

El Capitán don Policarpo Rocha, veterano de la Guerra Nacional, me contó que él, muy joven, estuvo presente en el incendio del Mesón [de Rivas]. Que el jefe de las tropas de que él formaba parte, ofreció $25.00 a quien quemara el edificio, pidiendo diera un paso al frente quien quisiera hacerlo. Que inmediatamente lo dieron dos hombres: Emmanuel Mongalo y Nery Fajardo, acometiendo juntos la empresa. Que terminada ésta regresaron a filas y entonces el Jefe quiso entregar a Mongalo y Fajardo la cantidad prometida. Pero el primero no quiso recibirla, diciendo que él había incendiado el Mesón por patriotismo, no por dinero. Pero Nery Fajardo dijo: “Yo sí la recibo porque la necesito”.

Yo conocí bien a Fajardo, a quien apodaban “Corcheta”. Era zapatero y vivía [en Granada] en una huertecita cerca del puerta de la Calle Atravesada, al poniente del Hotel Haroll, y tuve, aunque muy niño, oportunidad de conversar mucho con él, porque era compadre de mi madre, y llegaba mucho a mi casa.

Fajardo es el soldado desconocido a que alude el jefe de la plaza de Rivas [el gobernador Eduardo Castillo] en el parte de la acción en que fue incendiado el Mesón. Me parece muy justo que se haga algo por su memoria.

(Carta a Felipe Rodríguez Serrano, del 5 de octubre de 1955, publicada en Revista de la Academia de Geografía e Historia, tomos XXVI y XXVIIm, núms. I-IV, enero a diciembre, 1963, p. 5).

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