Jorge Eduardo Arellano*[email protected]
Ahora que LA PRENSA ha iniciado la promoción del Diccionario de la Lengua Española en diez tomos, conviene puntualizar que esta obra, única en su género, no puede, ni pretende ser el gran diccionario descriptivo del español actual. En efecto, consiste en un diccionario general que continúa y fortalece una larga tradición de la Academia de Madrid y cuenta con los aportes de las academias asociadas de América. Se trata de la vigésima segunda edición del 2001, muy superior —en calidad y cantidad—, a la precedente de 1992.
De hecho, el diccionario general es un imposible porque no puede existir un diccionario verdaderamente exhaustivo de ninguna lengua moderna. Sin embargo, la nueva planta del DRAE (o sea su macroestructura y microestructura), aprobada en 1997, rehizo por completo el sistema de normas que regulan su organización e incorporan importantes novedades que la técnica lexicográfica ha producido en las últimas décadas. Esto lo condujo a transformarse en más descriptivo de lo que era y a ingresar más de 40,000 entradas o artículos.
Así, sin perder su esencia normativa, contiene elementos de los diccionarios descriptivos. En primer lugar, incorpora el doble de los americanismos —o voces propias de las variantes americanas del español— registrados en la edición de 1992. Ahora éstos suman más de 28 mil, cifra que aumentará a 140 mil dentro de algunos años cuando salga a luz el DAA (Diccionario Académico de Americanismos), proyecto en que se está trabajando intensamente en la Asociación de Academias de la Lengua. En la de Nicaragua, se inició con el DUEN (Diccionario de Uso del Español de Nicaragua), elaborado por su Comisión de Lexicografía y Gramática que integran el suscrito y los colegas Francisco Arellano Oviedo (coordinador), Enrique Peña Hernández y Róger Matus Lazo. Con ello el DRAE (siglas del Diccionario de la Real Academia Española, impropias porque no designan un título exacto sino a la autoría del Diccionario de la Lengua Española), adquiere más que nunca un carácter panhispánico. Es decir, refleja no sólo el español peninsular, sino el de todos los hispanohablantes. No en vano sólo un diez por ciento de ellos vive en España.
En segundo lugar, esta última edición del DRAE tiende a ser más sincrónica al prescindir de voces desusadas, las cuales tienen su lugar en el Diccionario histórico y en el Nuevo tesoro lexicográfico, dos de los otros diccionarios que ha editado —y continúa ampliándolos— la Corporación. Por eso se suprimieron 6,008 artículos (lemas o entradas de vocablos), 17,337 acepciones obsoletos (o significados que perdieron vigencia) y 2,131 formas complejas. Esta vitalidad sincrónica ha tenido su principal fuente en uno de los dos productos del banco electrónico de datos que dispone la Real Academia Española: el CREA: Cuerpo de Referencias del Español Actual (el otro es el CORDE: Corpus Diacrónico del Español). En esa dirección, el Diccionario Académico no permanece estancado. Desde el 2001 se ha enriquecido con adiciones y enmiendas que todo el mundo puede consultar electrónicamente.
En tercer lugar, esta vigésimo segunda edición se caracteriza por una mayor apertura hacia los extranjerismos y neologismos, el vocabulario científico y técnico, las palabras que se habían desdeñado por el criterio pudoris causa, etc; siempre conservando o respondiendo a lo que se ha llamado “el genio del idioma”. Más resulta insuficiente para servir de modelo único a diccionarios descriptivos tanto peninsulares como americanos. En este sentido lo supera el de Manuel Seco Diccionario de uso del Español Actual: dos respetables tomos —con ejemplos tomados de libros y publicaciones periódicas, entre otras fuentes—, como también los ya famosos de María Moliner y el VOX, dirigido por Samuel Gil y Gaya y luego por Manuel Alvar Esguerra.
Con todo, los materiales léxico de los dos últimos DRAE —que aún no habían aparecido— dejaron de ser los mismos de la antepenúltima edición: la de 1970. Como fue indicado, obtuvo un progreso cualitativo y cuantitativo. En lo que respecta a “pinolerismos”, si en la edición de 1992, figuraban 292, en la del 2001 se registran 1,012; un aumento del 344 por ciento. Recurro al término “pinolerismo” para designar los vocablos de uso actual y exclusivos de Nicaragua, o compartidos en otros ámbitos del Istmo centroamericano o del continente hispanohablante; pero —y esto es lo decisivo— que no se dan en la península o tienen allá una acepción distinta, aparte de la común del español patrimonial. Un ejemplo significativo es gallo pinto (comida típica de consumo diario: arroz con frijoles revueltos y fritos) que aparece con la marca Nic, aunque sin la definición transcrita —procedente del DUEN— y descomponiéndose en dos palabras: gallo (sustantivo) y pinto (adjetivo).
Por tanto, no opto por los polémicos “nicaragüensismos” (de acuerdo con la norma, se deriva de nuestro gentilicio nicaragüense) y “nicaraguanismos” que ha sido impuesto por el uso. Fue Anselmo Fletes Bolaños (1878-1930) quien comenzó a utilizarlo en 1909 y lo consagró, en su inventario de 1939, Hildebrando A. Castellón (1876-1943), nuestro primer diccionarista. En mi nuevo libro, Del idioma español en Nicaragua, profundizo el tema.
Entre los 1,012 “pinolerismos” (o americanismos con la marca de Nicaragua) figuran los siguientes 25. A saber: la interjección ¡chófiro! (para expresar asombro). Cinco verbos: chuchar (realizar el coito), corcholear (despedir del trabajo /interrumpir las relaciones con una persona), empericuetarse (acicalarse, vestirse con esmero); tapinear (entre los jóvenes, ingerir bebidas alcohólicas) y turquear (pegar, maltratar a golpes /insultar, ofender con palabras o acciones). Diez sustantivos: chacuatol (revoltijo, conjunto de cosas sin orden), chimiscolazo (trago de bebida alcohólica), encabe (error cometido por una persona), guayola (mentira, expresión contraria a lo que se sabe), moclín (violador de niñas) y sobaqueado (baile en que se agitan ritmicamente los brazos). Y nueve adjetivos: azopilotado (de color oscuro), balurde (de mala calidad), cholenco (dicho de un caballo: viejo y cansado), churepo (dicho de una persona: que tiene los labios gruesos y la boca hundida), cuechero (cuentista, que acostumbra contar chismes), gallogallina (indeciso, irresoluto), guatusero (hipócrita), mancuncho (dicho de una persona: que tiene algún defecto en un brazo) y patango (regordete).
En suma, los “pinolerismos” están bien representados en el DRAE, hasta el grado que las expresiones creadas por nuestro pueblo abundan más que los regionalismos de siete países con una mayor cantidad de hispanohablantes. Pero no sólo los académicos nicaragüenses hemos contribuido a esta magna obra. También en otras tres: el Diccionario panhispánico de dudas (de carácter normativo), el Diccionario del Estudiante y la Nueva Gramática de la Lengua Española. Arellano Oviedo ha sido el colaborador de la primera y Matus Lazo el de las otras dos.
* El autor es director de la Academia Nicaragüense de la Lengua