¿Crisis en el euro?

Javier Gómez Biscarri yAntonio Moreno Ibáñez Estamos en horas bajas del proyecto europeo. Tras el no de Francia y Holanda a la Constitución Europea, el Reino Unido ha decidido congelar su propio referendo y ya algunos países empiezan a plantearse más o menos seriamente "más bien ‘menos seriamente’ en el caso más relevante, Italia" el […]

Javier Gómez Biscarri yAntonio Moreno Ibáñez

Estamos en horas bajas del proyecto europeo. Tras el no de Francia y Holanda a la Constitución Europea, el Reino Unido ha decidido congelar su propio referendo y ya algunos países empiezan a plantearse más o menos seriamente "más bien ‘menos seriamente’ en el caso más relevante, Italia" el abandono del euro. ¿Qué pasa con el proyecto de Europa?

Ante todo, es bueno hacer una lectura desapasionada de lo que está pasando a nivel europeo, aunque esto quiere decir, probablemente, en Francia, Italia, Alemania y el Reino Unido. No nos engañemos. El principal problema que ha generado el rechazo de la Constitución europea no es su contenido. Como se ha reiterado en los medios, el contenido del documento se refiere fundamentalmente al funcionamiento de las instituciones de la Unión Europea (UE) y a su relación con las instituciones nacionales. Muchos de nosotros no seríamos capaces de explicar, incluso después de una lectura detenida, todos los órganos decisorios y procedimientos relevantes ahí desarrollados. Así, no parece que el descontento de los ciudadanos holandeses o franceses provenga de su desacuerdo con el texto constitucional. De hecho, como ya es sabido, Francia salía ganando, desde un punto de vista de peso político, con la nueva Constitución.

El consenso general es que los rechazos a la Carta Magna Europea se han originado fundamentalmente como voto de castigo a los gobiernos nacionales y, como mucho, como llamada de atención a un proyecto de construcción europea que, para muchos ciudadanos, ya es demasiado amplio y estaba intentando llegar todavía más lejos.

Este último punto es en cierta manera comprensible. Una vez que los países más ricos de Europa forman parte de la UE, sucesivas adiciones de países generan un empobrecimiento medio de Europa, con lo que las zonas menos avanzadas de la vieja Europa pierden ciertas ventajas. Esto está pasando en España e Italia, por supuesto, pero claro, si en su momento los dos países nos beneficiamos de unirnos al grupo de países ricos… ¿por qué ahora nos molesta que otros lo hagan? ¿No deberíamos haber aprovechado estos años para arreglar lo más posible las disparidades internas?

Luego está el problema de que los países nuevos que vienen "ojo con Turquía, cuya posible incorporación puede haber sido el desencadenante final de la crisis!" son países abundantes en mano de obra barata. La teoría económica básica dice que esto generará flujos de personas hacia los países más ricos "abundantes en capital" y tenderá a bajar los salarios medios en estos países. Y esto no nos gusta.

Y después está el problema de la integración real de los mercados, especialmente el de servicios, que es probablemente la principal tarea restante al mercado único. Todavía recordamos la reunión del Consejo Europeo en la que se suavizó el Pacto de Estabilidad y a la vez se paralizó la directiva de liberalización del sector servicios… ¡para intentar que en Francia los ánimos se calmaran!

Al final, llegamos realmente al tema de fondo que es la fuente real del miedo a una integración profunda, y de que muchos ciudadanos en Francia, Alemania, Italia y, menos, en España, hayan perdido la ilusión por el proyecto europeo. No queremos asumir que no estamos preparados para unirnos con otros países y cosechar todas las ventajas de esa unión: los países de la vieja Europa necesitamos reformas profundas y urgentes.

Primero, se mantiene un sobredimensionamiento del estado de bienestar. Las cuentas públicas de casi todos los países europeos están muy maltrechas ya que hay mucho gasto comprometido "salvo por el milagro español, que ahora parece que queremos deshacer" y esto resta capacidad a los gobiernos para utilizar la política fiscal en épocas malas. No nos pilla de sorpresa que se proyecte un cuatro por ciento de déficit del PIB en el caso de Italia y que su Gobierno no sea capaz de sacar su economía de la recesión. Claro, esto hace especialmente doloroso para algunos países el haber abandonado la política monetaria independiente al entrar en la zona euro.

Segundo, seguimos teniendo una necesidad imperiosa de medidas económicas estructurales. Europa no compite, y no compite porque no ha llevado a cabo las reformas necesarias en determinados sectores productivos. Esto no sólo hace referencia a los servicios que hemos mencionado antes. En España, por ejemplo, hay muchos sectores industriales que todavía no se han recuperado de los efectos del mercado único y en otros países todavía luchan con las consecuencias de cambios como, por ejemplo, la reunificación alemana (lo cual muy probablemente le costará a Schroeder la siguiente elección de la misma forma que a Chirac le ha costado el referendo). ¡Y para qué hablar de los mercados de trabajo!

En definitiva, el problema de los ciudadanos europeos con Europa es fundamentalmente consecuencia de haber manejado hasta ahora el proceso de unificación a medio gas, no poniendo las reformas estructurales por delante de cualquier otra política, y no siendo capaces de afrontar los sacrificios de corto plazo "reconversiones industriales, cambio en la estructura productiva, medidas de fomento de la competencia, reformas laborales" por conseguir los beneficios a largo plazo. Queríamos los beneficios, pero no los costes. Y así, es normal que los políticos hayan tenido que hacer equilibrios muy inestables, que al final les están pasando factura. Y seguirán.

Los autores son profesores de la Universidad de Navarra.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí