Leonel Lacayo Maliaño
En los últimos días del dictador Anas-tasio Somoza (Tacho), un grupo de rebeldes fuimos urgidos por el G2 del Frente Sandinista a marchar al frente de batalla. Teníamos tres días de estar en enfrentamientos en la base rebelde "El Pelón" al mando de un sobreviviente de la Guinea, de seudónimo "Antolín".
Caminamos hacia territorio nicaragüense en un lugar que llamábamos Tierra de Nadie. Allí probamos nuestras armas, nos aperamos de pertrechos, municiones y otros. Junto a una hondonada de un río fronterizo donde disparábamos nuestras armas, meditabundo curiosamente había un rebaño de ganado. Creo que eran vacas heridas de charneles de morteros, lánguidas y enflaquecidas augurando el futuro triunfo de la revolución de nuestra Patria.
Tres días después con la misión voluntaria de llevar municiones al frente de batalla, llegué lleno de lodo por las fuertes lluvias, estaba exhausto y confundido de tanto caminar, ahí se encontraba alguien que dijo conocerme y me ofreció ayuda. Él era Richard Lugo (comandante Saco), me alentaba diciéndome que faltaba poco para derrotar a Somoza, que íbamos a triunfar y que me quedara en la frontera.
Me senté un momento, cerré los ojos un instante cuando fui interrumpido por muchos fotógrafos que se apiñaban disparando su cámara fotográfica. Al mirar allende observé los rostros que había visto en los periódicos cuando era estudiante de la secundaria. Uno de los fundadores del Frente Sandinista y la Dirección Nacional, los observaba maniobrando sus armas, los fotógrafos aprovechaban para tomarles fotos. Pedí irme a casa. En el vehículo viajaba conmigo Daniel Ortega, Tomás Borge y Jaime Wheelock.
El chofer puso en marcha el vehículo y nos dirigimos hacia Liberia, yo iba en el asiento trasero y junto a mí Daniel Ortega dormía cabeceando en mi hombro, mientras en la conversación que yo tenía con Tomás Borge le decía que para que el conflicto terminara en sana paz era necesario la intervención de la Organización de Estados Americanos (OEA), y me preguntó que cuántos años tenía y le contesté, 18 años. Él me dijo que todavía era un niño y que el problema se resuelve entre nicaragüenses. Irónicamente lo demás es historia.