Por Jorge Eduardo Arellano
1. ÁLVAREZ OSORIO Y LA CREACIÓN DEL OBISPADO
Como institución, la Iglesia se implantó durante la tercera década del siglo XVI en Nicaragua, cuando el territorio constituía una provincia integrada a la corona española. Ésta, en virtud del Patronato real, controlaba la
administración eclesiástica en las tierras ultramarinas recién descubiertas recibiendo los beneficios de la misma. De ahí que elegía directamente a los religiosos que ocupaban las dignidades canónicas y se preocupaba por el bienestar de los indios, gestores de esos beneficios.
Para ilustrar el primer aspecto, veamos el caso del presbítero Juan Jiménez, escogido de acuerdo con real cédula para el cargo de curador de ánimas y administrador de los santos sacramentos con un sueldo de cincuenta mil maravedís anuales hasta que se erigiera el Obispado. Y para ejemplificar el segundo, recordemos otra real cédula, fechada el 2 de mayo de 1527, en la que se informa al padre Diego Álvarez Osorio, recién llegado a Nicaragua, del mal trato y mucho trabajo exigido a los indígenas, lo que estaba causando disminución entre ellos, pues los encomenderos no guardaban las leyes y ordenanzas:
“Siendo (Nicaragua) tan poblada o rica, avemos acordado de enviar una persona de conciencia para que sea protector y defensor de los dichos indios, y mire por el buen trato, conservación y conversión de ellos y no consienta que se le hagan agravios sin razones y se guarde con ellos las ordenanzas hechas para su buen tratamiento… Es nuestra merced y voluntad (…que) vos seas Protector y defensor de los indios de la dicha Provincia y tierra de Nicaragua”.
Así inició su tarea Álvarez Osorio, ex chantre de la Catedral de Panamá, quien desempeñaría el cargo de Protector de los indios. En efecto, fue autorizado para traer libre de impuestos ocho arcas de vestidos, doce colchones y demás elementos necesarios par las camas, dos cajas de lienzos y ropa blanca, cincuenta arrobas de aceite, treinta de vinagre, quince pipas de harina, seis de vino, cuatro alfombras, sillas, mesas y cosas de cobre y madera, etc., poner multa hasta por la suma de diez mil maravedís a los españoles que se negasen ayudarle y sostenerse de una encomienda.
Pero ésa era la única manera de comenzar su trabajo que consistió en promover efectivamente la evangelización y en visitar encomiendas para impedir los generalizados abusos de los encomenderos. En la que realizó a los indios de Mistega y a un galpón o cacique de dicha plaza, según los autos de la misma el 26 de agosto de 1529, encontró que el licenciado Francisco de Castañeda tenía trescientos veintiún indios de servicio, sin incluir mujeres y niños, cifra que no coincidía con el repartimiento que se le había concedido.
Activo y responsable, Álvarez Osorio ejercitaba su apostolado y de ello dan cuenta los documentos, por ejemplo el que consigna el primer matrimonio cristiano celebrado en Nicaragua entre el español Juan Lozano y la india Elena, “hija de don Christobal de Mena, natural de Chiangalpa de la plaza e provincia de Managua”; matrimonio que tuvo lugar el 20 de agosto de 1528 y fue bendecido por él. Otro ejemplo imprescindible es el de la enseñanza del catecismo, ayudado por tres despabilados niños indígenas, a quienes había adquirido como esclavos en 1531: Perico, Gorgico y Dieguito que hablaban español al igual que, respectivamente, las principales lenguas aborígenes: nicaragua (o náhuat), chorotega (o mangue) y chontal (probablemente matagalpa).
Otros documentos informan del reconocimiento de los reyes a los frutos de su mismo apostolado: en cédula del 4 de abril de 1531, la reina el comunicaba “la buena orden y la cordura con que habéis entendido en lo que el Emperador, mi señor, y vos encargó y mandó acerca de la protección y buen tratamiento de indios y su instrucción a nuestra santa fe católica, lo cual os tengo en servicio y a vos encargo y mando lo continuéis teniendo por cierto que en ninguna cosa su Majestad y yo podremos recibir más agradable servicio de vos que en esto por ser cosa tan conforme a nuestra religión cristiana, ya que todos tenemos tanta obligación, y vos particularmente la tenéis, para cumplir vuestro oficio pastoral y con la confianza que tenemos de vuestra persona descargamos en esto con vos nuestras reales conciencias”.
Su buen servicio queda confirmado en la misma carta de la reina, donde aceptaba la sentencia que Álvarez Osorio había dado contra Diego Núñez privándolo de sus indios encomendados por los daños que les provocaba. Pero también en esa carta la reina le pedía que, aunque su actitud no coincidiese con la del gobernador, siempre estuviesen de acuerdo “en cosa que no sea contra el buen tratamiento y libertad de los indios porque no estando en conformidad pocas veces se podrían hacer en aumento y población desa tierra”. En conflicto, pues, con el sucesor de Pedrarias Dávila, Francisco de Catañeda, el protector de los indios fue nombrado obispo.
SU HUMANISMO PATERNALISTA
De manera que Álvarez Osorio inició la Diócesis de Nicaragua, erigida por Clemente VIII el 26 de febrero de 1531. Presentado por la reina a Su Santidad el 20 de abril del mismo año, no tomó posesión sino hasta 1532. En ese alto cargo siguió protegiendo a los indios y preocupándose por convertirlos al cristianismo. Cuando fray Bartolomé de las Casas pasaba por Nicaragua con otros sacerdotes dominicos, los instó a ocupar el recién abandonado convento de su orden en León que fue restablecido en 1535 con tres de los sacerdotes que acompañaban al célebre dominico: Pedro de Angulo, Luis Cáncer y Domingo Rodríguez de Ladrada.
Natural de América, el primer obispo de la provincia protagonizó varias disputas con los conquistadores y/o encomenderos en defensa de los aborígenes, compartiendo el humanismo paternalista de De las Casas. Así, para el 30 de noviembre de 1531, se hallaba en serias dificultades económicas, angustiado no sólo por su situación particular, sino por la de los indios. Por eso en esa fecha expuso a los reyes sus gastos y deudas, suplicándoles que le atendiesen. En otra parte de su carta refería dos tragedias colectivas (una terrible hambruna y una peste), padecidas por los indios:
“En esta gobernación hay muy pocos indios como ya otras veces le he informado a vuestra Majestad porque con el hambre del año 1528, murieron y ahora por marzo de 1531 hubo tan grande mortandad que casi se han asolado los pueblos de dolor de costado y de estómago, y como tres o cuatro años no se ha entendido otra cosa sino sacar a los naturales de la tierra herrados y por herrar, está al cabo que muchos de los vecinos la dejan y se van al Perú y otras partes viendo el poco remedio que aquí tienen para sostenerse”.
SUS DEUDAS Y ABANDONO
Su situación era desesperada: debía tres mil pesos oro, por lo que tuvo que solicitar dos o tres adelantos de su salario anual por adelantado —en vista de que los mercaderes no le querían fiar— e irse a vivir al hospital de León. Allí permaneció hasta su muerte en 1536. Elemento clave de la fundación del obispado, Álvarez Osorio fue un fiel servidor de la Corona; pero también un ejemplo vivo de celo evangélico, recibiendo en consecuencia miseria y odio de parte de los otros representantes reales en la provincia y, en especial, de los conquistadores. Hasta tal grado llegó, su defensa de los indios que Castañeda resumió con estas palabras su tesis: “Entremeterse el protector en decir que de caso de yndios no he de conocer”.
2. LOS MENDAVIA: EL OBISPO FRANCISCO Y EL DEÁN PEDRO
Al venerable Álvarez Osorio siguió en el obispado fray Francisco de Mendavia, de la orden de San Jerónimo, presentado en cédula del 18 de abril de 1539 que determinaba la forma en que debían colectarse y entregarse los diezmos, al igual que su cantidad: quinientos mil maravedís anuales. Tal era el sostén básico del Obispado y su aparato eclesiástico que se completaba, —ya que de hecho aquella cifra era hipotética— con los productos de algunos indios de servicio. Por eso la misma cédula autorizaba a Mendavia heredar los indios de su antecesor o rescatarlos, en caso de que los tuviese algún vecino.
Nombrado también protector de los indios, Mendavia empleó los diezmos durante el tiempo que estuvo vacante el Obispado, en buena parte para construir la primera Catedral de León, intentando consolidar económicamente la Diócesis. Pero no lo consiguió por haber fallecido al poco tiempo, no sin nombrar notario eclesiástico a su hermano Sebastián y recomendar a su otro hermano Pedro para deán de la catedral. Mejor dicho: Mendavia inició el nepotismo administrativo dentro de la Iglesia en Nicaragua.
UN ADMINISTRADOR FRAUDULENTO Y CONFRONTATIVO
Peor destino le tocó al deán Mendavia, su hermano Pedro, que no sólo resultó fraudulento, sino intrigante y codicioso. Nombrado deán el 16 de mayo de 1538, tenía que ocupar dicho cargo en quince meses; de lo contrario quedaba vacante. Pero Mendavia no apareció en León hasta el 5 de octubre de 1540, un día antes de la muerte de su hermano el obispo, quien le dio posesión en esa fecha. Entonces se hizo cargo de la Diócesis, ocupó los diezmos y la encomienda de indios del obispo, ejerció de juez eclesiástico —incoando numerosos procesos de inquisición— y protagonizó varios enfrentamientos con autoridades reales.
Dichos enfrentamientos, que incluyeron excomuniones individuales y colectivas impartidas por él y procesos en su contra, obedecían únicamente a sus ambiciones personales, pues siempre estaban en el fondo del asunto sus reclamos de los diezmos y encomiendas, hasta el punto de falsificar una cédula de la Audiencia de los confines —autoridad superior del Reino de Guatemala— que resolvía los procesos a su favor. Constantino Láscaris refiere estos hechos otorgándoles su debida importancia:
“Con esta cédula falsificada se presentó en Granada. Son curiosísimas las declaraciones de los testigos que cuentan cómo la leyó sorpresivamente en la Iglesia, durante un funeral; los regidores la acataron. Luego, se fue a León y pretendió hacer lo mismo. Cuando los regidores le pidieron verla despacio para poder acatarla, les contestó a gritos y no la dejó ver. Le pidieron un traslado (por escribano) y le negó, dándose por injuriado. Reunido el Cabildo le exigieron que la presentase, lo que no hizo. Se la exigieron de oficio. Entonces los excomulgó nuevamente./El obispo de Panamá escribio al Cabildo y lo hizo como si la cédula fuera auténtica. Cuando se supo la falsificación se le abrió proceso por ello”.
“BIBA LA SANTA YNQUISICION”
Por su parte, Mendavia regresó a Granada para enfrentarse a Pedro de los Ríos —entonces su principal enemigo— que gobernaba en León y era el gestor del proceso. Entonces, armado de treinta hombres, el deán marchó a León y el 12 de mayo de 1543, por la noche, cayó sobre la casa del gobernador cogiéndolo prisionero —en compañía de algunos miembros del cabildo de la ciudad— y trasladándolo al Convento de la Merced al grito de “biba la santa ynquisicion e Dios e mueran los traydores”.
Mientras tanto, las autoridades reales y demás vecinos intentaron liberar a de los Ríos gritando “biba el rey”, a lo que respondió la gente de Mendavia, dentro del convento, matando a un Pedro Mexía y a un negro, hiriendo a un regidor y a varios vecinos, y amenazando con degollar al gobernador si continuaba el ataque. Ante esta situación, los sitiados esperaron el día siguiente. Durante la noche, Mendavia firmó una “capitulación” con el gobernador y los regidores, quienes aceptaron el compromiso de pagar al deán todo lo que se le tenía embargado (mil doscientos pesos en oro, que le pagaron) y de entregarle los diezmos, lo mismo que la promesa de no entrometerse “en cosa ninguna tocante a la yglesia” ni perjudicar las encomiendas de los mercedarios, entre otras garantías. Puesto en libertad Pedro de los Ríos, la situación quedó aparentemente en paz.
Pero ante la noticia de que venía de Granada una fuerza de treinta hombres —encabezada por el cura— en ayuda del deán, el gobernador armó ciento cincuenta hombres, prendió al deán que andaba por la calle y asaltó el convento de los mercedarios. Apunta Láscaris: “Hubo combate serio, en el cual murió un franciscano sacerdote, fray Pedro de Chaves, que defendía el convento, (además) hubo varios heridos, y prendieron a trece o catorce partidarios del deán: (varios lograron escapar a Granada y luego a Panamá)”.
Al siguiente día, el gobernador y el cabildo hicieron ajusticiar a cuatro de los mendavistas, exponiendo sus cuerpos a la salida de la ciudad. En cuanto a Mendavia, la Audiencia de los Confines ordenó prenderlo y secuestrar sus bienes por falsificación, y desmanes; de esta forma estuvo encarcelado tres meses antes de ser remitido a Castilla. Entregado al provisor de la inquisición en Sevilla, y encerrado en la cárcel arzobispal, luchó para no ser enviado al Consejo de Indias y permanecer dentro del fuero eclesiástico. Esto lo consiguió, al igual que su liberación bajo fianza y el nombramiento de canónigo de Calahorra en la península, donde debió morir. Toda su violenta historia se dio en 1543.
3. EL OBISPO VALDIVIESO Y SU MARTIRIO
En mayo del año siguiente (1544) llegaba a León como obispo electo, y acompañado de ocho frailes, el dominico fray Antonio de Valdivieso, de suprema importancia en la historia eclesiástica de la provincia. Para entonces, ésta experimentaba el impacto socioeconómico engendrado por las Leyes Nuevas —emitidas en 1542— que suprimían en parte las encomiendas y, radicalmente, la esclavización de los indios con el fin de convertirlos en vasallos de la Corona. O sea: en tributarios, ya que los conquistadores impedían a la misma sacarles un mayor provecho. En la pugna entre conquistadores y Corona, los obispos desempeñaron el papel de hacer cumplir las leyes que perjudicaban a los primeros y favorecían a la última.
Dentro de este contexto hay que ubicar a Valdivieso —tercer obispo de Nicaragua y el más significativo del siglo XVI— que presenta un ejemplo sostenido de predicación en pro de la libertad de los indios y de condena a los conquistadores. Por eso éstos le manifestaron enorme encono, principalmente los representantes de la familia dueña de una buena parte de las encomiendas. Hablamos de los Contreras.
LAS DOS CARTAS FIRMADAS CON DE LAS CASAS
La figura de Valdivieso está ligada a la De las Casas, quien lo consagró obispo —con Francisco de Marroquín y Cristóbal de Peraza— el 8 de noviembre de 1545 en la sede de la Audiencia de los Confines: Gracias a Dios. Más aún: ambos firmaron allí dos extensas cartas: una el 19 de octubre de 1545, dirigida al Consejo de Indias, cuyo Presidente fundador y organizador era el dominico fray Pedro de Loaysa, confesor del Emperador Carlos I y por tanto su hombre de confianza; la otra el 25 del mismo mes y año, al Príncipe don Felipe. En ambas exponen su pensamiento que historiadores de las ideas enmarcan dentro del humanismo paternalista.
¿Qué elementos operan en ellas? Indiscutiblemente, una compasión por los indígenas de raíz cristiana, pero unida a su actitud de funcionarios reales (como eran obsesionados), preocupados por la aplicación de las Leyes Nuevas. “En lo referente a los indios —informan— no han dado éstos ningún remedio ni alivio. Más bien, por no cumplir las ordenanzas tan justas que su Majestad a dado para remedio y paz de estas Indias y de estas tierras, han sucedido y suceden cada día más agravios y opresiones a estas gentes, y mayores injusticias aún contra estos indios…”
Ahora bien, dos eran las soluciones que planteaban para hacer efectivas dichas leyes: la entera libertad de los nativos de estas Indias (“para que les podamos predicar, adoctrinar y atraer al conocimiento de su Dios y Creador”), condición sine qua non para llevar a la realidad su método alternativo de evangelización; y el fortalecimiento de su autoridad (“que Vuestra Alteza —le decían a Felipe II— mande que nuestra jurisdicción sea guardada y no usurpada, y la obediencia que se nos debe, lo mismo que los privilegios y libertades eclesiásticas, no sean violadas”).
En esa dirección, De las Casas y Valdivieso pedían al Príncipe monarca —a quien le recordaban que, en virtud de las bulas pontificias, era dueño de las Indias— el pago de sus salarios. “A mí, el Obispo de Chiapa (…) —especificó el primero— que se me libren los quinientos mil maravedíes en la misma Ciudad Real, y lo que allí no pudiesen darme, que me lo paguen en Guatemala, o aquí en esta provincia de Gracias a Dios… y al Obispo de Nicaragua, que cobre aquí, en ésta de Honduras, lo que no se pudiese pagar en la provincia de Nicaragua…”.
LOS CONFLICTOS ANTECESORES
Para entonces, Valdivieso había protagonizado serios conflictos. Uno, por cuestiones de jurisdicción, con el propio Presidente de la Audiencia, licenciado Cerrato, un legista consumado; otro, con el Tesorero Pedro de los Ríos, concuño del gobernador Rodrigo de Contreras y, como éste, pedrarista, o sea, continuador de Pedrarias. ¿La causa? Los diezmos que se le debían a la Iglesia, cuya consolidación económica Valdivieso nunca dejó de empeñarse en lograrla. Un tercer conflicto lo había tenido con el cabildo de la ciudad de León por haber elevado los estipendios de su clero.
Pero el más apasionado era el cuarto: con, o contra el gobernador Contreras, quien había traspasado sus 37 encomiendas (algo más de un tercio de los existentes en la provincia) a su esposa e hijos, al igual que el resto de sus bienes y derechos. Dejemos, sin embargo, al historiador de los dominicos, fray Antonio de Remesal, para ajustar la palabra a los hechos. Citamos: “Tenía Hernando de Contreras —el primogénito del gobernador— enemistad con don fray Antonio de Valdivieso, Obispo de Nicaragua; y algunos afirman que por diferencias que había tenido con Rodrigo de Contreras, su padre, aunque otros son de opinión que la enemistad que Hernando Contreras tenía con el obispo era pasión particular, y que fuese la causa la una, o la otra, es cierto que entre ellos había enemistad. Y Hernando Contreras y su hermano Pedro de Contreras tenían sospecha, y aún sabían que el Obispo era contrario a su padre en los negocios de España”.
Continúa Remesal: “Añadióse a esto las malas voluntades hacia el Obispo que creó dos alguaciles, uno suyo y otro de la Inquisición, y les dio varas sin diferencia alguna a las de los alcaldes ordinarios. Lo cual ellos sintieron y repugnaron, y no se las consintieron traer, así en la ciudad de León, donde el Obispo residía, como en la ciudad de Granada. A los de León excomulgólos sobre el caso, y porque enviando a llamar con censuras a los alcaldes de Granada, no comparecieron ante él, los declaró como excomulgados, y pasó a poner cesación ad divinis, sin quererla alzar, aun en días tan solemnes como el Corpus Christi y el de San Juan Bautista”.
Y prosigue: “Los padres de Santo Domingo favorecían al Obispo, y hubo mucha turbación sobre el caso. El rey escribió tres cartas a la Audiencia de los Confines, la una a diez y seis de mayo, y otra a diez y siete de setiembre, y otra a veinte y seis del mes de diciembre del año de mil quinientos y cuarenta y ocho, todas fechas en Valladolid, secretario Juan Vásquez, para que apaciguase estas diferencias. Escribió también su Majestad al licenciado Cerrato, presidente de la Audiencia, par que entre él y el obispo hubiese toda paz, guardándose todavía el respeto a las leyes y ordenanzas reales en lo de las varas. Es la fecha de la carta de Valladolid a los nueve de octubre de mil quinientos y cuarenta y nueve, secretario Juan de Samano”.
El historiador de los dominicos en Centroamérica añade: “Otra pesadumbre muy grande tuvo el obispo, así como los vecinos de León y Granada, como en todo el Obispado, por el excesivo estipendio que señaló a los clérigos por las misas cantadas y rezadas, y todos los demás oficios eclesiásticos, vigilias, aniversarios, responsos, etc. Tanto, que el negocio fue a Consejo, y su Majestad por una carta suya fecha en Valladolid a veinte y seis de setiembre de mil y quinientos cuarenta y ocho años, secretario Juan Vázquez, manda al licenciado Cerrato, presidente de la Audiencia de los Confines, que lo modere. Porque según parece por otra Cédula Real, dada en Valladolid a veinte y nueve de abril de mil y quinientos y cuarenta y nueve, secretario Juan de Samano, eran tan grandes los derechos del entierro de un hombre de mediana hacienda, que era más lo que llevaban los clérigos, según el arancel del obispo, que la otra parte de hacienda que quedaba para su mujer, e hijos”.
“Membiaron a dezir (…) que me darían de puñaladas”
“Con estas ocasiones —observa Remesal antes de relatar pormenorizadamente el asesinato de Valdivieso— había crecido el odio y aborrecimiento del obispo, y ya le habían amenazado con la muerte, y él dio noticia a su Majestad de ello…” Y así era. Refiriéndose a los encomendados, escribió Valdivieso al Príncipe Felipe y al Consejo de Indias, desde Granda, el 8 de marzo de 1546: “…menbiaron a dezir que si entendía en cosas de inquisición o lo pensaba, me darían de puñaladas, y hubo gente armada para venírmelas a dar…” En otras palabras, cuatro años antes de su martirio, “por servir a Dios y a su Majestad” —como se presentó en esta carta— Valdivieso ya lo presentía y anunciaba. A ese destino, como auténtico mártir, siempre estuvo dispuesto.
Fue innegable, pues, su oposición al gobernador Rodrigo de Contreras, mas las “diferencias” entre ambos se debían a las posiciones opuestas: el primero pretendía mantener la explotación esclavista de los indígenas en contra de la nueva política de la Corona y el segundo la defendía preocupado, a su vez, de la situación lamentable de los indios en virtud de su profundo sentimiento cristiano. Por tanto, su preocupación por los naturales fue constante y sus ataques a los Contreras obsesivos. En efecto, delataba: “tienen los Contreras (el gobernador) en cabeza de su mujer e hijos, más de la tercera parte de los pueblos principales de esta provincia… La sola mujer de Contreras tiene a Nicoya que es un pueblo de indios en que puede haber diez u once repartimientos”.
Como se ve, Valdivieso luchaba por la libertad del indio, y en base a principios del derecho natural. Sin embargo, iba perdiendo la esperanza en el bienestar de sus ovejas, dada la violencia opresora del gobernador Contreras. Y a pesar del peligro que significaba su posición, insistía en ella informando siempre al rey las injusticias cometidas en sus mismas ovejas y sin temor alguno. De ahí su permanente convicción de que le iban a dar “de puñaladas” y la aceptación de la muerte. Ésta, que fue de hecho un martirio, le llegó a manos de los hijos de Contreras, en complicidad con unos aventureros, el 26 de febrero de 1550. En suma, la principal causa de su muerte no fue otra que su lucha en defensa de los indios y de las Leyes Nuevas, impulsadas por la corona española. Así murió, mártir de la caridad cristiana, Antonio de Valdivieso, cuya causa de beatificación nunca ha sido comenzada, pero bien la merece.
Los restos óseos de monseñor Diego Álvarez Osorio, fray Francisco de Mendavia (Jerónimo) y fray Antonio de Valdivieso fueron descubiertos en el presbiterio de la primera Catedral de León Viejo, en diciembre del 2000, por los arqueólogos Edgard Espinoza y Ramiro García, durante la administración de Clemente Guido Martínez como Director General del Instituto Nicaragüense de Cultura.
Se trata de los tres primeros obispos de Nicaragua, todos españoles, que condujeron los pasos iniciales de la Iglesia en medio de grandes dificultades que les ocasionaron muchos sufrimientos. Álvarez Osorio gobernó la Diócesis de 1531 a 1536, Mendavia sólo cuarenta días de 1540 y Valdivieso de 1543 al 25 de febrero de 1550, fecha de su asesinato.
En su comunicado del 16 de marzo del 2001, la Conferencia Episcopal de Nicaragua interpretó este descubrimiento “como una llamada de Dios a la Iglesia Católica de nuestro país, para que su trabajo evangelizador hacia el Tercer Milenio se intensifique y se realice con la fidelidad y entrega de la que estos obispos dieron ejemplo”.
“Ennobleció el pueblo llamado León (…) con el título de ciudad (…) y en ella erigió, para siempre, una Iglesia Catedral (…) para un Obispo, que se institulace: de León o Legionense”
(Extracto de la Bula “Equum Reputamus”, 3 de noviembre de 1534, de Su Santidad, el Papa Pablo III)
“(…) con data, es a saber: del día cuatro de las Kalendas de marzo del año octavo de su Pontificado (1531), habiendo el dicho Nuestro Predecesor (el Papa Clemente VII) celebrado Congregación de los Cardenales, que éramos entonces, de la Santa Romana Iglesia (de cuyo número éramos) y, deliberado sobre esta materia con toda madurez, con acuerdo y consejo de los mismos Cardenales, satisfaciendo los ardientísimos deseos y humildes súplicas del referido Carlos, Emperador, rendidamente expuestas al mismo Nuestro Predecesor, para mayor alabanza gloria y honor de aquel Señor (Jesucristo) cuya es la tierra con toda su plenitud y todos los que habitan en ella, para júbilo de la Celeste Curia, exaltación de la misma Fe y salud espiritual de las Almas de los citados habitantes y moradores, (el papa Clemente VII) ennobleció el pueblo llamado: León, sitio en la dicha Provincia de Nicaragua (donde habitan algunos fieles) con el título de ciudad, para que se llamase en adelante: Ciudad de León, y en ella erigió e instituyó, para siempre, una Iglesia Catedral bajo la invocación de la gloriosa Madre de Dios, siempre Virgen, María, para un Obispo, que se intitulase: de León o Legionense, el que la presidiese y procurase hacer e hiciese construir sus edificios y estructuras, y que, asimismo, en ella, en la Ciudad y Diócesis que se designase para la misma Iglesia, (el Señor Obispo) predicase la Palabra de Dios, convirtiese (a) los habitantes, (a los) infieles y gentes bárbaras, al culto de la Fe Ortodoxa; (y,) a las así convertidas, las instruyese y confirmase en ella (en la fe), y les administrase la gracia de Santo Bautismo; y que, así, a éstos ya convertidos, como a todos los demás fieles que en dicha Ciudad y Diócesis habitasen, o a ella se acogiesen, cuidase administrar los Santos Sacramentos de la Iglesia y demás cosas Eclesiásticas; y que igualmente, en dicha Iglesia, Ciudad y Diócesis dichas, pueda ejercer, obrar y hacer la Episcopal Jurisdicción, Autoridad, Potestad y demás que los otros Obispos, en sus Diócesis respectivas, pueden y deben ejercer, obrar y hacer”.