Corea y su promesa

Edgard Rodríguez [email protected] Desde que su brazo se comenzó a afectar a finales de los años 90’s, yo no había visto a un Freddy Corea tan fuerte, certero y con la adrenalina tan alta, como se presentó la noche del miércoles ante Rivas en el Estadio Nacional. Era un Corea, con puntos de contacto con […]

Edgard Rodríguez [email protected]

Desde que su brazo se comenzó a afectar a finales de los años 90’s, yo no había visto a un Freddy Corea tan fuerte, certero y con la adrenalina tan alta, como se presentó la noche del miércoles ante Rivas en el Estadio Nacional.

Era un Corea, con puntos de contacto con aquel joven, angosto y potente lanzador derecho que impactó con la Selección Nacional en las giras de 1995.

Armado de una poderosa bola rápida, un devastador pitcheo de tenedor y una habilidad de veterano para atacar la zona de strikes, Corea fue la gran revelación en aquel exitoso 1995 durante el Preolímpico de Edmonton y luego en la Copa de Cuba.

Iba rumbo a los 23 años, con 6’4 pies y 185 libras, el material necesario como para seducir a Mike Brito, el mismo scout que firmó a Fernando Valenzuela. Pero no hubo acuerdo y Freddy se unió al San Fernando.

Se volvió el tiro seguro de las Fieras, registró una campaña de leyenda, pero lo trabajaron en exceso y su brazo flaqueó, mientras salía del escenario y parecía que de forma definitiva.

Pero regresó con Granada, pasó por el Bóer y el Estelí, y aunque sus cifras lo situaban al frente de los ganadores, no se le reconoció a lo inmediato.

“¿No sé qué más tendré que hacer, para que se deje de decir que mi brazo no está bien? Pero yo sigo lanzando y me siento bien”, señaló Corea el miércoles.

Los bateadores del Rivas deben estar de acuerdo con sus palabras. No pudieron descifrarlo. Es tiempo que se reconozca el regreso de Corea al más alto nivel.

Pero además de poder y control, Freddy tenía algo más entre su material esa noche. Lanzó con el corazón porque había prometido una victoria a su padre.

El papá de Freddy fue sepultado el martes y un día después, el carabinero estaba sobre el box. Y lo hizo para cumplirle la última promesa que acordó: una victoria para él.

Así que no importó que la lluvia parara el juego durante 2 horas y 20 minutos. A Corea no lo paraba nadie.

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