El columnista del periódico estadounidense en español El Nuevo Herald, Andrés Oppenheimer, escribió en su columna de esta semana que “si el gobierno del presidente George W. Bush no deporta al exiliado cubano sospechoso de terrorismo Luis Posada Carriles, la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo perderá toda credibilidad en el resto del mundo”.
Tiene razón Oppenheimer. El caso de Posada Carriles es una oportunidad para que Estados Unidos demuestre que en realidad su lucha contra el terrorismo es integral, que en ésta no hace diferencia entre amigos y enemigos, porque en cualquier caso todos los terroristas son criminales despiadados que merecen el castigo más severo.
Contra Posada Carriles —un cubano contrarrevolucionario que recientemente fue capturado en Estados Unidos a donde entró ilegalmente— pesa la acusación de haber colocado una bomba terrorista en un avión de la aerolínea Cubana de Aviación, en 1976, que estalló en vuelo y mató a 73 personas, terrible delito por el que también es acusado y reclamado en Venezuela. Además Cuba culpa a Posada Carriles por el estallido de varias bombas en La Habana, en 1977, una de las cuales mató a un turista italiano, y de preparar un atentado para matar a Fidel Castro en Panamá cuando el tirano comunista llegó a ese país a fin de participar en una Cumbre Iberoamericana.
Ahora los gobiernos de Cuba y Venezuela exigen la extradición de Posada Carriles, este último inclusive con la amenaza de romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos si no le entrega al prisionero. En este caso, el dilema para Estados Unidos es que no puede actuar bajo chantaje pero tampoco debe entregar a Posada Carriles a un país en el que no hay justicia independiente —como es el caso de Cuba comunista—, donde no existen las garantías para el debido proceso que se merece cualquier individuo, de acuerdo con los principios universales de derechos humanos.
El Gobierno estadounidense debe resolver este problema de manera tal que para la opinión pública internacional quede completamente claro que no hace diferencias entre “terroristas buenos” y “terroristas malos”, como sí lo hacen el régimen cubano y la izquierda internacional, que condenan el terrorismo que sufren los regímenes comunistas o procomunistas pero justifican el que se practica contra Estados Unidos y sus aliados.
Todos los terroristas son igualmente criminales que deben ser justamente castigados, independientemente de cuáles sean las razones políticas e ideológicas con las que traten de justificar sus delitos de lesa humanidad. No hay terrorista bueno de la misma manera que tampoco hay asesino bueno. Tan condenables son quienes asesinaron a Anastasio Somoza Debayle en Paraguay, y sus autores intelectuales, como los que asesinaron a monseñor Oscar Romero en El Salvador, igual que los autores intelectuales de tan horrendo crimen. Y tan criminales son los terroristas que volaron las Torres Gemelas de Nueva York, en el año 2001, como los que derribaron el avión cubano cargado de pasajeros, en 1976.
De manera que también Cuba debe ser presionada para que entregue a los terroristas de otros países a quienes ha acogido como si fuesen héroes. Al respecto el mismo Oppenheimer asegura que hay “77 terroristas y otros criminales buscados por el FBI que viven en Cuba protegidos por el régimen de Castro, así como también los cientos de otros requeridos por otros países”. Y como ejemplo menciona a la norteamericana Joanne Chesimard, “que huyó a Cuba después de escapar de una prisión en Nueva Jersey en 1979, y que —a diferencia de Posada Carriles— ha sido sentenciada por terrorismo. Chesimard fue hallada culpable por el asesinato de Woerner Foester, un policía de caminos de Nueva Jersey que había detenido el auto de la acusada por tener un faro de atrás roto”. Y menciona también Oppenheimer al puertorriqueño Víctor Manuel Gerena, “un miembro del grupo terrorista Macheteros de Puerto Rico, quien está en la lista de los más buscados por el FBI”.
En todo caso, aunque Fidel Castro no entregue a “sus” terroristas, Estados Unidos debe extraditar a Posada Carriles. Estados Unidos tiene que demostrar con este caso que para los países y personas genuinamente democráticos, el terrorismo y los terroristas son igualmente criminales, quienes sean y de donde sean.