Alberto L. Alemán Aguirre
No solamente en su partido, sino en toda la clase política, nadie le aventaja en carisma y en capacidad de lucir bien en los medios. A pesar de sus ideas de izquierda, optó por hacer lo que creyó más conveniente para los intereses de su país, por muy polémico que fuese invadir junto a Estados Unidos un estado árabe a miles de kilómetros de distancia con argumentos dudosos.
Ningún político laborista en la larga historia democrática de Gran Bretaña había antes logrado ser primer ministro tres veces consecutivas. Tony Blair es simplemente un fenómeno excepcional de la política, como lo ha sido Bill Clinton.
Ambos enfrentaron cuestionamientos que les hicieron tambalearse por momentos. Aunque Blair no se ha visto envuelto en un escándalo sexual como el ex Presidente norteamericano, sí se ha cuestionado su credibilidad por el caso de la invasión en Irak, sobre todo en la reciente campaña; según publicaciones de la prensa británica, tanto el Gobierno británico como el de George W. Bush retocaron cierta información sobre una amenaza y la ajustaron a sus propósitos de acabar con Saddam Hussein, aunque no necesariamente se ajustara a los hechos sobre las armas prohibidas del dictador iraquí.
En el caso británico, Blair obvió también las objeciones jurídicas a la legalidad de esa guerra puestas por el propio fiscal general del reino. Es decir, para la prensa británica hubo una clara manipulación que, desde luego, ambos gobiernos niegan.
Sin embargo, es casi seguro decir que cualquier otro Ejecutivo británico, ya fuese laborista o tory (conservador), hubiese acompañado a Estados Unidos en una aventura como ésta. Ambos países comparten una larga alianza estratégica cimentada en momentos difíciles de la historia, tienen tantos intereses comunes y es inimaginable pensar que cualquier líder inteligente hubiese puesto en riesgo esa relación privilegiada.
Blair debe la nueva victoria de su partido al desempeño económico del Reino Unido: tasas de crecimiento mayores a la media europea, dinamismo económico y bajos índices de desempleo, especialmente si se les compara con los de Francia y Alemania. Y esos logros se deben a la continuación en términos generales de las políticas económicas liberales de la conservadora “Dama de Hierro”, Margaret Thatcher.
No obstante, la guerra le pasó una factura a Blair: su precaria mayoría parlamentaria se apoya ahora sobre apenas unos 60 escaños.
Realmente admirables son dos elementos en el laborismo británico. A pesar de su tradición de izquierda (en términos europeos), Blair y su futuro probable sucesor Gordon Brown, supieron hacer suyas las experiencias positivas de la política económica thatcherista que favoreció a Gran Bretaña.
Y en segundo lugar, pese a su procedencia política opuesta a la de Bush, ha mantenido la estratégica relación con Estados Unidos porque eso dicta la razón de Estado británica.
Subrayo todo esto porque al echar una mirada a la izquierda de Centroamérica no puede uno dejar de constatar el desolador panorama ideológico y práctico.
En Nicaragua, la retórica de izquierda es solamente un simple instrumento para mantener engañada a la clientela tradicional, puesto que los líderes que aún se dicen revolucionarios se han convertido en la antítesis misma contra lo que una vez lucharon. Es el FSLN un partido del establishment nica, preso del caudillismo y del reparto del Estado-botín.
A nadie en Europa Oriental le cabría en la cabeza que los viejos dirigentes comunistas de la guerra fría tuviesen la opción real de volver al poder, pero en Nicaragua, el mismo viejo líder de la época del mundo bipolar sigue impidiendo la renovación del liderazgo. Su hondo antiamericanismo amenaza con volver a enfrentarnos a EE.UU. Y cualquier análisis sensato muestra que un país como Nicaragua no puede permitirse antagonizar de algún modo a Washington.
En Honduras, las fuerzas de izquierda son muy pequeñas, débiles, con escasas posibilidades de presión y aún no le hacen sombra a los partidos tradicionales.
En Guatemala, la antigua guerrilla, aunque convertida en partido político, no ha alcanzado la dimensión de una fuerza de masas, como el FSLN o el FMLN.
El caso salvadoreño guarda algunas similitudes con Nicaragua. La ex guerrilla es hoy una fuerza política vigorosa y con mucha influencia, que dispone de una gran bancada parlamentaria, gobierna la capital y muchas alcaldías, y a veces logra bloquear las iniciativas del Gobierno. Y también está controlada por una cúpula ortodoxa que rehúsa democratizar a lo interno.
Un común denominador de estas fuerzas es su antiamericanismo y la oposición al DR-Cafta y a todo lo que venga de EE.UU. Muchas veces por que sí y ya. Nadie duda que el DR-Cafta tiene tantas oportunidades como peligros, pero no entrar al tratado es una alternativa mucho peor que hacerlo, cerrar las puertas a una singular oportunidad de modernidad.
La alternancia en el poder es necesaria para la salud democrática. ¿Pero cómo llegar a ello si no hay nuevas propuestas ideológicas, sin democracia interna y sin realismo político?